06/06/2014

Dos pájaros de un tiro

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A Gabriel “Willy”Gutierrez lo mataron horas después de declarar en contra de la policía de la comisaría 18 de Neuquén en el juicio por el asesinato de Braian Hernández. Su testimonio comprometió aún más al oficial homicida Claudio Salas, que fue condenado a cadena perpetua por el crimen del niño de 14 años. Willy dijo que tenía miedo, pero declaró igual. El lunes comienza el proceso contra el joven que le pegó los tiros de la mafia policial, impune por este hecho. Por Soledad Arrieta. Foto: Cecilia Maletti


Willy había estado preso. Cumplió la condena que la justicia le impuso y salió en libertad. Durante esa libertad (usándose en este caso el término solo como “estar fuera de los muros carcelarios”) hacía lo que la mayoría de los jóvenes hace. Jugaba al fútbol, salía, paseaba. Era papá de dos niños. Y era amigo de Braian antes de que Claudio Salas le disparara en la nuca asesinándolo.

El 29 de noviembre, Willy declaró en el juicio contra el asesino policial del pequeño de 14 años. Él era el conductor del auto en el que viajaban los jóvenes la noche en que la bala estatal se metió por la luneta directo a la cabeza de Braian. Y fue el único que pudo escapar antes de que se los llevaran a la comisaría para amedrentarlos con el objetivo de que mintieran sobre lo ocurrido. Contó que esa noche aceleró la velocidad del vehículo porque siempre que lo agarraba la policía de la 18 le pegaba y porque los mismos uniformados le habían dicho que si lo veían “por ahí” lo iban a matar. Estaba nervioso. Se le notaba en la voz, en el movimiento de los pies, en el miedo que verbalizó.

Esa noche fue a lo de la madre de sus hijos, en el barrio Almafuerte, y al salir recibió seis balazos. La ambulancia tardó una hora en llegar. Murió por desangre. Pobre. En un barrio pobre. Ex preso. Sobreviviente del sistema carcelario. Víctima del sistema económico y social.

Horas después del asesinato, funcionarios e incluso el fiscal que interviene en la causa se apresuraron a desvincular el hecho de sus declaraciones en el juicio por Braian Hernández y del accionar represivo de la policía provincial. Hablaron de un “ajuste de cuentas” por drogas.

Una enfermera atestiguó que antes de morir ““y después de haberse estado desangrando en la calle durante una hora, curiosamente- el joven dijo “fue el gordo Seba”, responsabilizando a otro joven del barrio. Esa noche, Willy le había dicho a sus amigos: “si me pasa algo, fue la policía”; pero esa parte del relato no fue tomada en cuenta.
Sebastián González es el único imputado en el juicio que comienza este lunes. También es víctima del sistema económico y social. Será juzgado por homicidio agravado -por el concurso premeditado de dos o más personas y por el uso de arma de fuego-por un jurado popular que determinará su culpabilidad o inocencia. Del aparato represor detrás del presunto autor material nada se dice. Es más práctico meter a un pibe del barrio a la cárcel que asumir que a Willy lo mataron por ser valiente, que lo mandó a matar la policía terciarizando su violencia, como lo hizo con el asesinato de Cristian Ibazeta dentro de la U11.

A Willy lo mataron por decidir no callarse, buscando anticiparse ante quienes pretendan declarar en contra de la institución. Hace dos semanas, fue condenado otro asesino policial, Héctor Méndez, por el homicidio del adolescente Matías Casas. Días más tarde, uno de los testigos fue secuestrado y golpeado por uniformados en el marco de una represión en el barrio Cuenca XV: mientras lo torturaban le hacían saber que era “por declarar contra la policía”. Los mensajes son explícitos, la justicia burguesa es la única que hace oídos sordos.
Willy era pobre y había estado preso. Que más sencillo que meter preso a otro pobre por su asesinato, que seguir escondiendo la verdad, que seguir dándole rienda suelta a la represión policial y a la militarización de los barrios.

El homicida de Willy, como el de Matías, como el de Braian, como de Cristian, es el brazo armado del Estado. Es el Estado que se pone su uniforme asesino para criminalizar con impunidad. La policía sigue matando pibas y pibes, con sus armas o terciarizando la crueldad. Condenar a otro joven al padecimiento carcelario en su nombre es seguir poblando las unidades penitenciaras con la misma gente, es seguir dándole la razón a las y los funcionarios apresurados por proteger a los verdugos de la sociedad, es darle pase libre a la prensa manipuladora que habla de inseguridad para seguir metiendo más y más jóvenes pobres dentro de los muros para no cruzarse a diario con la realidad.

A Willy lo mató la policía. Y la única que puede pagar su crimen es esa institución.


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