2 de julio de 2013

Especiales

La Plata: Igualito

Siempre juntos. Como sus caballos. Así vivieron 30 años, hasta el 2 de abril, cuando el agua apagó a una mitad y el llanto de todo River la enterró en Pehuajó. La historia de Nico y Nacho. Gemelos y guerreros. Hasta en los sueños. Reproducimos la nota de Josefina López Mac Kenzie, publicada en Revista La Pulseada


—La bermuda, ¿la lavo o la quemo? Me parece que la quemo.

Dentro de esa prenda, ahora toda sucia y maldita, Ignacio Guerrero llegó congelado al oscuro hospital Español de La Plata el 2 de abril, cerca de las 11 de la noche. En una secuencia dramática, con el agua a las rodillas, junto a cinco vecinos, por cinco cuadras fatalmente iluminadas, interminables, había cargado el cuerpo de su gemelo.

—Yo tuve que aprender a llevar a mi hermano como peso muerto. Un S.O.S. y un chetito así hablando por teléfono con una camioneta parada no nos ayudaron —suelta Nacho—. Y después, gente que pasaba al lado mío y yo le decía “¡Ayudame!”, me miraba como si llevara un perro. Un perro muerto.

Nacho blande palabras económicas. Las extrae con esfuerzo en el departamento nuevo, al que aún no se acomoda. Hay poco más que una camiseta de River, una TV que escupe noticias policiales, dos fotos familiares y una pava. Pasaron casi tres meses del desastre. No entiende si es mucho o poco. Y sabe que “hay que seguir”.

—Un día voy a volver a darle las gracias a la viejita que me dio una frazada para llevarlo mejor en el trayecto —promete—. Todavía no me animo.

Con esa manta enrollaron bajo la lluvia a lo que estaba dejando de ser Nicolás y llegaron a la guardia del Español:

—Lo atendieron rápido. No había nada de luz en el hospital. Nada. Afuera sí.

Lo confirma Daniel, vecino (y un poco padre) de los Melli, que tardó una semana en volver a abrir su almacén de 11 y 38, y a casi tres meses sigue siendo un destrozo que casi no puede pero necesita hablar:

—Tres veces paramos a descansar en el camino. Lo apoyamos sobre tres autos. Con el agua no se podía avanzar. En el hospital fue la desolación total. Sin luz. Gente refugiada apoyada contra las paredes. Y tardaron como 15 o 20 minutos en traer un equipo para reanimarlo, desde la otra punta del hospital. En el camino de ida habíamos visto una ambulancia flotando en 10 y 35.

Escaleras en penumbras, ascensores parados, respiradores computarizados que cedían paso a los antiguos, pacientes alumbrados con celulares, directivos que empezaban a planificar traslados, teléfono caído, vecinos refugiados y agua copando el subsuelo.

En ese caos, cuando entre las 22.30 y las 22.45 Nacho entrega la mitad de su vida envuelta en una frazada, por falta de luz no le pudieron coser a él la mano que había estrellado contra un vidrio al saber que el sujeto de “¡Auxilio, un hombre se electrocutó!” era su gemelo de 30 años. Tampoco conseguía prestado un celular para mandar a Pehuajó la peor noticia.

Para variar, el certificado de defunción de Nicolás Serapio Guerrero es inexacto. Dice que murió el 3 de abril. Murió el 2.

Esa noche

Se corta el cable y “desde arriba vemos un montón de gente… Yo sacaba fotos y la subía en Facebook —reconstruye Nacho—. Cuando vimos gente que ya estaba en la escalera refugiándose les dijimos ‘pasen al baño, tomen agua, hagan lo que quieran’. Yo me saco la ropa, me pongo esta bermuda… ahora la quiero quemar. Nico baja a ayudar a Daniel, que quería cerrar su almacén inundado. Yo voy a ver el desagüe de casa. Cuando vuelvo me pongo a ver en el teléfono las fotos de YPF, que se estaba quemando”.

Abajo, con las heladeras desenchufadas, Nico, Daniel y su hijo, Martín, acomodan un poco todo y se disponen a salir del local. Nico recibe una descarga cuando estaba llegando a la puerta de calle. Martín también pero sobrevivió.

—Cuando escucho que Martín grita que un hombre se electrocutó pensé: Daniel no, porque hubiera dicho “papá”. Nico no porque era ‘el Melli’. Pero le digo: ‘¿Es mi hermano?’. Ahí me metí con todo en el local, lo agarré, lo abracé. Le pego una piña al vidrio y lo rompo todo. Y me dice la médica vecina que había que llevarlo al hospital de urgencia porque tenía poco pulso.

Las palabras se le meten. La saca con fuerza, decidido a narrar.

—En 11 y 35 ya ahí teníamos el agua hasta la cintura. Cada vez más agua. En 9 y 35 en un momento nos llegaba al pecho y seguía habiendo luz en la calle. Pasabas y estaba la luz de obra ahí nomás…. Dios no quiso que nos mate más. Lo que no tenía luz era el hospital.

A Nacho le cosieron la mano a la mañana siguiente en el sanatorio Argentino. Se la hicieron difícil: le pedían el carnet de la obra social o plata, cuando no andaban los cajeros. El que lo ayudó en todo fue su amigo Diego Sánchez, que lo acompañó en todos los trámites desde la noche del desastre, cuando “se cruzó todo el agua desde 1 y 32 y llegó con una velita y un platito”.

El gerente de Edelap le dijo después a la familia Guerrero que no habían cortado el suministro porque ignoraban que la zona estaba inundada.

Daniel sabe que la empresa distribuidora necesita orden oficial para cortar y que sin móviles suficientes de bomberos, Defensa Civil y demás no era sencillo asegurar la ciudad. Pero también sabe que casi todo estaba inundado.

Además, en su almacén llovieron otras historias sobre el drama de la electricidad en barrio Norte. Sabe de paredes y rejas (como la del súper chino de 37, 10 y 11) que dieron corriente. Atestiguó un edificio con ascensores funcionando en paralelo a cajas de cables tapadas de agua. Y oyó a un bañero profesional que aún no duerme porque no pudo rescatar a dos viejitos en Tolosa. “No te tenés que culpar, porque esto no es una playa, es una ciudad”, lo contuvo Daniel, que no puede reponerse de lo de Nico.

—Diez años de convivencia fueron —alcanza a delimitar Daniel, la voz cada vez más baja y los ojos bien húmedos, mientras cuenta monedas—. Yo siempre les decía a los Melli “¡abríguense, che, ¿cómo van a salir así?!”. O “¡No tomen tanta cerveza!”. Para mí fue terrible. Esto no te lo saca nadie Nunca viví algo así.

Daniel dice que en La Plata “tener luz o no parece un aborto de la naturaleza que queda librado al azar”. Que “no hay nada planificado”.

Esas noches

A Nico le faltaban tres materias para recibirse de abogado. Trabajaba en el call center de Arba. Y se iba a Cancún en junio.

Nacho va a ser astrónomo y trabaja en una inmobiliaria.

Separados sólo estuvieron en 2001 (cuando Nacho no entró a Astronomía) y el último cumpleaños, que fue el 12 de enero de 2012:

—Él trabajaba y yo me fui para el campo. No sabés lo raro que era llamarlo y decirle “feliz cumpleaños”. Nunca nos dijimos feliz cumpleaños. Era como la misma persona. Pero ahí nos lo tuvimos que decir porque no nos veíamos.

—¿En quiénes te apoyás?

—La gente que siempre estuvo: Facundo, la mujer, Tato, que es bostero pero no importa, los chicos de Arba, los de River del Movimiento (José Luis Luna), el de acá a la vuelta, ése que cuando pasás te chiflan los vagos. Ahí éramos muy queridos. No sé si por ser gemelos o qué.

El Movimiento hizo una gran bandera para Nicolás y acompañó a la familia en el entierro.

—¿Sabés las veces de estar ahí sentados viendo tele y sacar el mismo tema los dos a la vez? Pasaba muchísimo. O soñar lo mismo y al otro día y “soñé esto”. “¡Yo también!”. O a la noche charlas. En el campo también conversábamos. Mi hermano se reía muchísimo. Con mi hermano Luciano también. Por ahí nos levantábamos y ni nos hablábamos. Pero la noche la compartíamos…

Carlos, que tiene la carnicería al lado del almacén de Daniel, abajo del edificio donde vivían los Melli, no abrió el 2 de abril. Volvió el 3 a algo que “parecía Hiroshima” y a anoticiarse de lo peor. “Eran unos chicos buenísimos, venían siempre —recuerda ahora—. ¡Yo me agarraba unos pedos con esos Melli! ¡Nunca sabía cuál era cuál! ¡Me boludeaban!”.

—Qué sé yo, mis amigos sí nos conocían… la expresión… el hablar… era hasta que te acostumbrabas —dice Nacho, que al barrio no pudo volver, mientras pasa fotos en el teléfono, que es el de Nico. El suyo naufragó—: Todavía me estoy acomodando yo.


—De adolescentes nos veíamos más como una competencia… ¡Si una mina se fijaba se fijaba en los dos! Pero bien. Acá vinimos con mis hermanos más grandes, Florencia y Luciano. Cuando se fueron convivimos juntos.

—¿Y, qué tal?

—Y… Nico me decía “limpiá” y yo le decía “limpiá”. Teníamos nuestras peleas. Pero llegaba la noche y nos tomábamos una cervecita. Y nuestros amigos terminaron siendo de los dos.

—¿Tenía novia?

—¡Era un Casanova! Estaba medio saliendo con una pibita. Y yo me veía con la hermana. Para variar.

¿Acaso no matan a los caballos?

—¿Le hicieron autopsia?

—Sí. Dio que murió electrocutado. Yo al principio no quería. Y el fiscal me decía hacéla, hacéla. Yo me lo quería llevar a Pehuajó.

—¿Te lo decía como sugerencia o como orden?

—Como sugerencia.

­—O sea, si vos le decías que no…

—No se hacía. Igual lo tenían que llevar hasta la morgue; el fiscal se portó re bien, y la municipalidad de Pehuajó también, porque fue el primero que sacaron. Igual fue a las 10 de la noche. Y lo llevamos para Pehuajó.

—¿Quién lo recibió?

—Mi hermano. Lo velamos. Acá por casa pasaron más de 100 personas a saludarme. Los chicos del Movimiento, que tenían sus casas inundadas pero fueron 17 en una combi que puso River. ¡Debe ser la primera vez que el club nos da algo! Es que votamos al contrario… Y los amigos de Arba…

—¿Cómo se iban enterando?

—Yo tenía luz y tel fijo. Llamo primero a Facundo, el mejor amigo de Nico, y a Diego. Facundo se desmayó cuando le avisé. La mujer me llama y me dice “¿Nacho, qué pasó?”. Le digo: “Este pelotudo se murió”.

—¿Lo podés creer?

—No sé. No te puedo explicar. Yo lo soñaba todos los días. Que trataba de salvarlo. Y un día lo sueño que trataba de salvarlo con el caballo de él. Todo el mismo trayecto. Y llego al hospital y lo salvo. Y se me levanta de la camilla donde estaba y me dice: “Nacho, no seas pelotudo que estoy bien. No me trates de salvar”. Me dijeron que me levanté todo así, que andaba todo sacado. Yo no me acuerdo.

—¿Cómo más lo soñás?

—Común. Como antes. Yendo a la cancha. Cualquier boludez. Siento algo que no sé explicar. Yo a Nico no lo quiero olvidar. Y si yo tomo algo o me mamo todos los días es para olvidarlo. Y yo no lo quiero olvidar. Yo no me quiero escapar de esto. Tengo un vacío. Me falta algo. No sé lo que siento.

—Te pasó de todo… ¿La bronca contra quién la apuntás?

—Siempre va a ser contra los gobernantes o a Edelap. ¿Por qué todas las cuadras estaban cortadas y la de casa no? Es más, con Daniel cortamos la luz antes de bajar. No cortó evidentemente. Tenía una falla. Y yo sé que en nuestra cuadra nunca se cortaba la luz porque es la misma línea que va al hospital. Pero… el hospital estaba sin luz y yo hasta las 2 de la tarde del otro día que pasó lo de Nico estaba cargando el celular…

Nacho no quiere dinero:

—La Municipalidad todavía nos está llamando para que vayamos a cobrar el subsidio… Si yo voy a hablar con Bruera se la pongo en la jeta. ¿Para qué hablar? Cuando volví del entierro me quedé en lo de mi primo, que es en 12 y 65. Y pasaba caminando por la Municipalidad y pensaba “¿no me lo cruzaré acá a Bruera y le digo ‘eh, Bruera, un abrazo, un apoyo’…”. Qué sé yo… a veces uno busca culpables… Y después, bronca… le tocó a mi hermano porque le tocó.

—¿Y eso de los caballos que soñaste?

—Mi papá a cada uno nos regaló un caballo. Él tenía el Bayo y yo el Tobiano. Andaban todo el día juntos. Como nosotros. Cuando volvíamos del campo al pueblo, 5 km, por camino de tierra, a caballo, atábamos las riendas arriba del cuello e íbamos sin manos. Los caballos competían a ver cuál de los dos llegaba primero. ¡Pero entre ellos competían! ¿Entendés? Mi mamá siempre dice: el caballo de Nico tiene la personalidad de Nico, que era más eléctrico… yo soy más… calmado. Más pasivo. Y mi caballo tenía esa personalidad. El Tobiano quedó ciego y se murió, y al poco tiempo se murió el Bayo. Y están enterrados juntos.

—¿Ahí en el campo en Nueva Plata?

—Sí. Juntos. Es más, el mío un día en el medio del campo le gritaba “¡Tobiano!”. Y vino, me saludó, puso la cabeza acá y cuando tuvo ganas se fue. Se despidió. Y al poco tiempo…

Donde más duele, Nacho se tatuó lo que más le duele, al volver de Pehuajó. Explica: “El tatuaje tiene: las letras de Rata Blanca, porque éramos fanáticos; Igualito porque yo le decía siempre a Nico así; y Serapín porque se llamaba Serapio de segundo nombre. Y River”.

—No sangró mucho. Pero ¿¡quién dijo que no duele!? Es impresionante lo que duele.

Publicado en Revista La Pulseada




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