2 de julio de 2013

Especiales

La Plata: Historias mojadas que aún gotean el dolor después del temporal

A tres meses de la catástrofe climática la realidad de aquella fecha permanece húmeda en el sentimiento y en las imágenes de cada una de las víctimas. La “ciudad planificada” se diluyó. Ahogó vidas e ilusiones. El caso dramático de Mariela Torres, que caminó seis horas con el agua por la cintura. Una correntada la “devoró”, pero logró sobrevivir. Historias mojadas que provocó la inoperancia. Por Dolores Valdez


Como una pintura de acuarela, La Plata agregó otra estampa a su catálogo turístico. Es el 19 de noviembre de 1882 y el 2 de abril de 2013. Son dos fechas que ya están gravadas en la historia de la ciudad, y selladas en el sentimiento de cada platense.

La primera corresponde a una significación constructiva y glamorosa. En cambio la segunda a una destructiva, manchada con dolor, desamparo, mal trato. Es el día que La Plata lloró su abandono.
El desenlace ocurre a partir de que lograron adulterar el ADN con que nació la ciudad. Lastimaron el corazón mismo de sus principios fundacionales.

El perfil tan suyo de ciudad planificada con valores higienistas, de progreso, modernidad, hicieron agua. Se explica porque desde enfrente avanzó con ímpetu un río de mezquindades, abandono, desinterés, ineptitud, incapacidad, corrupción y demás cosas. Y estas fueron la fórmula perfecta para que sus componentes encaucen a la Ciudad en manos de los caprichos del azar y con ella, también, la memoria de Rocha, Benoit y equipo.

Con la imagen desgastada, La Plata inauguró una nueva página en su agenda turística. En su circuito inédito, ya tiene agendado que el 2de abril el agua arrastró su continuidad histórica y abrió otro relato.

Es que ese día, el almacén de agua abrió sus puertas y se explayó por las calles con absoluta impunidad. Salió con todo el poder destructivo como sabe hacer cuando está enojado. Con la furia incontenible de un león rugiente, arrolló, destrozó y arrancó cuanto le molestó a su paso. Hasta se atrevió a robarse lo más preciado que posee una persona: su vida. Enlutó a muchas familias platenses. Justo a ellos, que con orgullo contaban al mundo que fue unas de las pocas ciudades planificadas antes de nacer, de su trazado perfecto, de su patrimonio arquitectónico y urbanístico.

Fue un temporal implacable. No admitió resistencia y a quien se le opuso, lo hizo difícil. “Vi la muerte de cerca”, dijo Mariela Torres, de 32 años, que por poco la inundación le hace pagar con su vida.

Como nunca, ese día la ciudad de las diagonales mudó sus calles en un laberinto submarino que la entrampó durante seis horas. Mientras intentaba encontrar una salida, una bocanada hambrienta de la corriente de agua ensayó devorarla. Afortunadamente no pudo con ella.

Estudió enfermería y fue convocada a trabajar, por sus excelentes calificaciones, por el Hospital San Juan de Dios. Allí ejerce en la sala de pacientes con HIV.

Todavía con el recuerdo hidratado y el trago con sabor pestilente del agua sucia y contaminada, gustosa se animó a reconstruir lo que le tocó vivir aquella trágica noche del 2 de abril, un mes después, la vez que La Plata salió a protestar.

“Fui a tomar el micro cerca de las 17.30hs en 70 y 31 o Circunvalación”, contó.

“Como no pasaba, caminé hasta la parada siguiente, en 66 y 31. Estaba completamente empapada y el agua todavía me llegaba a los tobillos. Allí habré estado unas dos horas y el agua ya alcanzaba el cordón. Los micros paraban pero no levantaban. ‘No sé adónde voy, no sabés lo que es el centro’, nos decían”, explica Mariela.

“Yo quería llegar a casa, mi esposo, David, me esperaba. En esa parada llegó Luís, un chico que iba a 18 y 32 y estaba desesperado por que sus dos hijos quedaron solos en la casa. Teníamos la misma meta, llegar a 32. Así que arrancamos juntos”.

Mariela tenía claro que dependía de su capacidad resolutiva, por eso “en todo momento me mantuve calma para poder tomar decisiones acertadas”.

Inició así un periplo que le exigió deambular 49 cuadras en seis horas, literalmente bajo el agua. Aunque, a decir verdad, habría que duplicarlas “porque como no podíamos pasar, porque la corriente nos llevaba o era muy profunda, volvíamos. Es decir que íbamos y volvíamos todo el tiempo”.

Por cierto la situación fue dramática para Mariela que, para enfrentarla tuvo que diseñar su propio circuito, el de la sobrevivencia.

“Seguimos por Circunvalación. Ya había sectores a oscuras. Caminamos por la rambla, que había menos agua, pero subía rápido. Volvíamos a cruzar a la vereda, donde había menos agua, después otra vez a la vereda y así sucesivamente. Era agua, todo agua”, acentúa, y es la frase que más repite, como queriendo convencer que no fue una pesadilla, tampoco imaginación. Es que Circunvalación era un desierto cubierto de agua. La soledad y la angustia por lo que podría suceder se apoderaron de ambos. Estuvieron en un escenario de no ficción protagonizando una catástrofe que nunca imaginaron. La oscuridad se cerró en sí misma y volcó la lluvia que les caía con fuerza de plomo; el agua negra y por poco espesa les castigaba como si ellos tuviesen la responsabilidad de su rabia. El sentimiento de desamparo y desprotección se rompía con el ruido estruendoso de las correntadas que iban apuradas quien sabe adónde, aunque después se supo adónde. “Era agua, todo agua”, recalca, por si las dudas.

La escena generaba temor. “Teníamos miedo, me descalcé, el asfalto estaba resbaladizo, me tropezaba, me caía, pero Luís me ayudaba. Además con el riesgo de pisar vidrios, alambres, un pozo o una boca de tormenta; caminaba apoyándome en las paredes o en las rejas”.

Realmente fue un avance heroico, porque cada paso pudo haberles significado un paso al vacío. No hay que olvidar que Mariela estuvo trabajando seis horas en el hospital. Rato después, el contexto le presentó un desafío, la caminata por la vida, auspiciada por la mezquindad y la irresponsabilidad.

“Buscábamos zonas donde había menos agua. Cuando llegamos a 31 y 38 era imposible pasar, me llegaba hasta el pecho y la potencia me tiraba, donde mirabas, era agua”, insiste, marcada por el asombro de poder estar contándolo.

Pero se ilumina el rostro cuando recuerda que, “nos cruzamos con gente que venían de uno u otro lado y nos pasábamos información respecto de qué zonas eran más, o menos transitables”. Esas fueron, justamente, las primeras gotas de solidaridad que comenzaban a acompañar el silencio irresponsable.

“En 38 no se podía cruzar, entonces bajamos hacia 30, 29, 28; queríamos llegar a 32; íbamos tipo escalera, cuando no podíamos avanzar, volvíamos, era el único modo”.

De manera notable, Mariela registró el largo, la profundidad, el ancho y la altura, la velocidad y dirección de las correntadas y cuáles eran las zonas más peligrosas. En el término de seis horas, que le resultó una eternidad, recogió información, que en años la incapacidad no lo hizo.

Pero a Mariela todavía le pesa el dolor de “escuchar a la gente gritar, esos gritos que das cuando estás en peligro o a punto de perder a un ser querido. No podíamos acudir por auxilio porque nos llevaba la corriente, es triste no poder hacer nada”. Rompe en lágrimas, habituada en su trabajo a acudir por ayuda cuando la necesitan.

Gritos, dolor, miedo, oscuridad, desesperación le dispararon a Mariela en aquel momento imágenes de la película Titanic. “La chica que iba por el pasillo y no sabía por dónde entrar, me sentí así en las calles sin saber por dónde ir, tal cual”.

“Cuando llegamos a 25 y 38 y diagonal 73 -continúa- no te imaginás la fuerza con que impactaba en el punto en que se unían las tres arterias, daba miedo”. De todos modos, arremetieron contra el líquido vital que, a esa altura de los hechos, se había convertido en el líquido mortal. Fueron horas dramáticas, las suficientes como para que Mariela le haya tomado el pulso a la catástrofe, “ vi pasar muchas cosas, puertas, autos, más los gritos, imaginé que ya habría muertos”.

“Cruzamos por allá -señala a la vez que se dirige hacia el centro de la Plaza Alberti- donde no estaba tan tapado. Pero decidimos volver hacia 37, en el frente de un edificio donde pedimos ayuda, teníamos el agua por la cintura, nos miraron pero no nos abrieron. “A lo mejor por la inseguridad”, razona Mariela que de solidaridad entiende. Forma parte de un voluntariado internacional y para facilitar su tarea estudió lenguaje de señas que a su vez le valió una especialización en México. En la carrera por la vida no se sienta a esperar que el agua le pase por encima, tampoco a los demás. Sumó esfuerzos para tener una presencia útil en la sociedad. Pero la ineptitud de unos, la tuvo encerrada. Casi le hace perder su libertad.

En término de tres horas el agua dominó la ciudad. Le dieron zona liberada y salió como cobrándose venganza. Es que fueron muchos años pidiendo ayuda y nunca le prestaron los oídos. Pero esta vez se hizo oír. Zozobraron familias, y muchas. Otras pagaron con la muerte, muchas, por la desidia de pocos. En cada hogar el temporal dejó una historia por lo menos no grata, como la que detalla Mariela, “nos encontramos con una señora que su hija estaba en la calle cuando empezó a llover, el esposo salió a buscarla y no regresó, a su vez la esposa salió con el otro hijo a buscarlo y no tenía noticia ni del esposo ni de la hija”.

Desde el edificio de 37 “continuamos por 38, yo tenía las piernas y los brazos acalambrados, estaba hipotérmica, extenuada, llevaba un montón de horas mojada. Llegamos a 19 y de ahí hasta 33 donde la correntada era muy, pero muy fuerte, venía de 25 hacia 19 y se dirigía hacia13. Nos quedamos un rato sentados, Luís me advirtió ‘tenemos que descansar un rato porque sino no vamos a poder cruzar’. Por una reja nos subimos a un techito, el agua subía rápido”.

Ante la realidad que se le presentó a Mariela, no pudo descansar sino pensar en la posibilidad de superar ese tramo que se veía muy difícil, “me faltaba una calle para estar un poco a salvo”.

De pronto “apareció un hombre con una cuerda. La ató a un poste y al otro extremo un bidón con agua y lo tiró al otro lado de la calle, donde estaban otros chicos. Después de varios intentos pudieron agarrarlo y lo ataron a otro poste, ¿ves aquello?”, lo muestra con firmeza, dando cuenta del protagonismo de distintos elementos que sirvieron de recursos para poder sobrevivir. Como nunca dependían del valor del ingenio, pero el de ellos y el de los vecinos.

“Yo quería salir, no quería morir acá”, dice mientras observa el lugar, ya con un poco de distancia. Después el hombre dijo “el que se anime, que cruce, el que no, se queda”. La frase tuvo el tono de una sentencia mortal porque el “agua iba subiendo, ahí llegó hasta casi el techo. Yo ya estaba jugada. O me quedo y el agua me tapa, o trato de cruzar. Si muero, por lo menos muero tratando de no morir”, y soltó las lágrimas expresando su pertinaz coherencia de apego a la vida.

“Primero pasó un hombre -continúa- con mucha dificultad. Tenés que ponerte de frente, porque de espalda la corriente te levanta los pies y te lleva. Después pasó Luís, que hasta ahí me acompaño, muy preocupado por sus hijos. Luego otro chico que lo llevó la corriente pero lo rescataron. Y llegó mi turno. Traté de cruzar parada con el pecho de frente, pero no pude”, se vuelve a quebrar. Hace una pausa para retomar el relato más duro que le tocó padecer aquella noche del 2 de abril, en la ciudad que nació pensada con criterios modernistas.

Entre tanto, Isabel, mamá de Mariela, también cede a las lágrimas. Es el dolor por lo que vivió su hija y la alegría por lo que no sucedió. “Ella es muy fuerte, siempre me da ánimo y fuerzas para seguir adelante”, dijo.

“La idea era pasar flotando -sigue Mariela- pero agarrada de la cuerda, porque el agua me llegaba hasta el cuello. Puse todo el esfuerzo que me quedaba pero la correntada me dio con tanta potencia en la cara que me mandó al fondo, tragué agua, me solté, me tiró y me arrastró. No sé nadar”.

Fueron las instancias más agudas que la hicieron pensar como las últimas de su vida. Se enfrentó cara a cara con la muerte. Sabía que en esto no hay empate, o se gana, o se pierde. O es vida, o es muerte.

Pero no estaba en ella cederle a la voracidad del agua sus proyectos, su vida. Fue leal a sí misma, “intuitivamente saqué la cabeza y pude hacer pie, empecé a tirarme hacia el costado; en eso vi un poste de numeración, tiré las manos, lo agarré y quedé flotando. No obstante “ya no podía seguir, la correntada me seguía tirando, no tenía fuerzas, me quería soltar. Mi resistencia había terminado”. Pero la solidaridad, aquella que brota de lo mejor de la sensibilidad de las personas, llegó en el preciso momento. “Escuché que me decían ‘espera, te saco’, le dije que se apurara”. Ya fuera de peligro, “caminé doblada y semi-ahogada”, el estado de schok no la dejó recocer a quien minutos antes la había salvado. “Alguien me preguntó si me sentía bien y le comenté que en la cuadra anterior estuve a punto de morir, ‘yo te salvé’, me dijo, y le agradecí”. Se relaja. Hubiese deseado que su relato fuese sólo el argumento para una película. “Vi la muerte de cerca, no sólo de mi lado, sino la de la gente”. Mariela y su familia dicen que la historia no cerró. “Queremos conocer a Luís, qué pasó con sus hijos, al chico que la sacó y a todos los demás que colaboraron”. Desean dar las gracias por el brazo extendido que en la noche del desamparo se dieron unos y otros, entre vecinos. Sin ellos, la historia sería diferente.

El día después quedó estampado en la superficie como fiel testimonio del despojo, el desgarro, la desolación, el dolor típico de una expoliación planificada.

Es el nuevo relato de la ciudad de La Plata y no va haber lluvia que lo pueda cambiar. Porque cada platense tiene ahora el suyo, como el de Mariela, más, o menos.

Algunos harán su propio relato, cabalgando sobre la prepotencia altanera y con botas de lluvia bañadas con soberbia.

Otros, relatarán acerca de la solidaridad vestida con donaciones, pero con nombre y apellido ajenos. En realidad es usufructo con el dolor del prójimo.

Otros, relatarán que han “sacado mugre”. No se llama mugre. Fueron las pertenencias de los inundados que después de años de esfuerzo y sacrificio el aluvión los inutilizó. Mugre es lo que se lleva adentro, encallado hasta los huesos. Y eso, ni el agua lo quiso llevar. Por eso el 2 de abril de 2013, la ciudad de La Plata, llorando, relató su verdad.




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