21 de noviembre de 2010

Derechos Humanos

Una temporada de terror en Florida

En 1951, unos niños dieron con restos humanos cuando jugaban en un baldío lindero a la Avenida General Paz. En el vecindario ya habían llamado la atención las desapariciones, que fueron silenciadas por gran parte del arco político de la época. Un nombre clave en el caso de los ciudadanos picaneados y muertos en la seccional 2ª de Vicente López es el de Roberto Miguel Nieva Malaver. Este subcomisario, quien condujo aquella dependencia policial entre octubre de 1950 y mayo de 1951, había llegado para “limpiar” la zona de Florida de “elementos de mal vivir”. Fatídicas razzias nocturnas derivaban en detenciones, vejámenes y torturas inenarrables contra los detenidos. Pero Florida no fue el único lugar que por aquellos años tuvo desaparecidos. Investigación e informe por Ariel Kocik.


Argelia Reyes, hija del gremialista Cipriano Reyes, afirma que “hubo desaparecidos en la época de Perón”. Coincide con Juan Ovidio Zabala, torturado en 1951 y gran conocedor de los presidios. Pero entonces se los llamaba personas “con paradero incierto y situación procesal inexacta”, según el diputado Santiago Nudelman. La jovencita radical Yolanda J. V. de Uzal salió de la sección Orden Político como una desaparecida y un compañero la salvó de serlo por más tiempo. El propio Reyes consignó: “¿No éramos acaso, argentinos y pueblo, los hombres y mujeres que en todas las latitudes de nuestro país fuimos implacablemente perseguidos, calumniados, vejados, torturados, encarcelados y muchos desaparecidos o asesinados?”.

La indiferencia de los diputados peronistas ante las torturas denunciadas en el recinto, la prensa controlada y la complacencia de la justicia conformaron un manto de sombras al que contribuyó la “amplia y generosa amnistía” dictada por el presidente Arturo Frondizi en 1958, como corolario del cierre de las investigaciones, que comprometían a intereses concentrados, incluyendo a empresarios involucrados con el régimen. Baste recordar que el ministro de la Corte Suprema Felipe Pérez señaló en 1954 que “los jueces que no estén a tono con la doctrina peronista, no pueden continuar en el cargo”. Magistrados como Francisco Meneghazzi promovían las torturas como vía para conseguir ascensos, como recuerda Ovidio Zabala. El juez Miguel Vignola fue denunciado como cómplice de infinidad de abusos por las víctimas y por el diputado Alfredo Ferrer Zanchi. Afirmó el doctor Santiago Nudelman: “Los casos aportados por nosotros a la Cámara, no representan sino una ínfima parte de los que tenemos conocimiento”. Y Raúl Lamas lamentó la “angustia muy amarga” que producía saber que “solo una mínima parte de los asesinatos perpetrados ha salido a la luz”. No son pocos, de todos modos.


Los cadáveres de Florida

El caso de los ciudadanos picaneados y muertos en la seccional 2ª de Vicente López, en la balnearia Florida, a cargo del subcomisario Roberto Miguel Nieva Malaver, entre octubre de 1950 y mayo de 1951, fue reflejado con espanto por medios como Crítica después de la caída de Perón, cuando salían a la luz hechos como “el engranaje de terror y persecución que tenía sentados sus reales en el primer Estado argentino”. Señaló con acierto El Día que allí, en la provincia, imperó un terrorismo policial que hasta proveyó de “especialistas” a los torturadores de la comisaría tercera de la capital, donde se picaneaba ante un cuadro de Sarmiento, en una casa que fue de Sarmiento. La brigada de San Martín fue una cantera de esbirros. Hubo personajes como el sargento Ricardo Aguilera, apodado “el doctor”, por su especialidad en crueldades. Al comisario de Boulogne, Juan Simón Etchart, más de una víctima “se le fue” mientras torturaba en plena borrachera, como recuerda su víctima Juan Ovidio Zabala. Los boxeadores Alberto y Guillermo Lowell eran de la zona sur, pero las víctimas los denunciaron torturando en la capital. El obrero radical Américo Romero, del gremio de la madera, señaló que Lowell le arrancó la dentadura en la Sección Especial, junto a Lombilla y Amoresano. En Quilmes, la gente del cabo Toledo, Rasseti y Santoro, torturó a obreros como el mercantil Juan Alberto Lanutti, el cervecero Mario Aldo Rodríguez, Ernesto Carlos Borras y Jacinto Saltó (ambos del gremio de la construcción).

Respecto a los asesinatos de Florida, advirtió Raúl Lamas: “No atinamos a decidir si es mejor que las nuevas generaciones ignoren que hubo un argentino como el comisario de este proceso o si es preferible que lo sepan, para impedir -a cualquier precio y por cualquier medio- que esa figura siniestra resucite, reencarnado en los sicarios de otro gobernante sin ley”. El Día señaló el “sadismo a toda prueba” de seres contados “entre las peores alimañas de la creación” que provocaron “sanguinarias torturas que desembocaron en horribles homicidios”, afirmando que ciertos horrores y vejámenes no podían contarse periodísticamente. Cierta fama había alcanzado ‘sotto voce’ el caso de “los cadáveres de Florida”. En el vecindario llamaron la atención las desapariciones. En 1951, unos niños dieron con restos humanos cuando jugaban en un baldío lindero a la Avenida General Paz. Fueron apareciendo más cuerpos. El periodista Américo Barrios supo del tema y al parecer quiso difundirlo, pero recibió presiones para no hablar, que fueron acatadas. Por entonces se creyó que los cadáveres pertenecían a obreros ferroviarios torturados con motivo de la huelga de 1951. Se tejieron muchas hipótesis. La prensa habló de suicidios.

El escenario

El oficial Nieva Malaver había llegado para “limpiar” la zona de Florida de “elementos de mal vivir”, que merodeaban por los bares y tugurios de la ribera. Al parecer, seguía órdenes del subjefe de policía José Nicasio Dibur y de su hermano, el comisario Arturo Dibur. Como recogió El Día, Malaver contó con la ayuda de su amigo Ricardo Luis “Fito” Pirlot y de Carlos Segundo Doro, un vigilante de la residencia presidencial, quien asistía a diario a colaborar con la sádica tarea. También actuaban personajes como el cabo Eduardo Doyhenard y los agentes tránsito Gutiérrez y José Hermenegildo Moratello. Lo hacían “con toda impunidad al amparo del régimen”, afirmó El Laborista.

Hacían fatídicas razzias nocturnas que derivaban en detenciones, vejámenes y torturas inenarrables contra los detenidos. ¿Simples excesos policiales? Por citar unos pocos casos, Guillermo Solveyra Casares lideró la Gendarmería del Chaco que torturó brutalmente a 65 campesinos en 1945. Allí hubo cinco muertos, entre ellos los ucranianos Zdeb y Ramón Pastozuk, y la señorita Leonor Quaretta. El torturador Cipriano Lombilla decía que Solveyra Casares había matado a más de cuatro personas en menos de un mes, “méritos” que en su opinión le valían el cargo como jefe de Control de Estado que le otorgó Perón. Un informe firmado por el diputado Arturo Illia reza: “El gobierno premia con felicitaciones públicas a los delincuentes torturadores”. Solveyra Casares, mano derecha de Perón, felicitó al comisario Lombilla cuando torturó a las obreras telefonistas en abril de 1949. Se nota la mano de Illia detrás del documento, pues condena sin piedad a Juan Perazzolo, el interventor del gremio telefónico (quien antes carnereó la huelga del 17 de octubre). Perazzolo era un ferroviario de Cruz del Eje. Illia era un médico del ferrocarril de ese pueblo cordobés (de allí provenían sus modestos ingresos, pues son cobraba a sus pacientes) y sin dudas lo conocía.

El tétrico Lombilla no reportaba a nadie más que al Presidente, cuya foto firmada exhibía en su despacho. También por entonces, el detenido Nicolás Martínez apareció muerto en la comisaría de Zapallar en la provincia del Chaco. Y el detenido Mariano Zelic sufrió brutales castigos en Rosario. El abogado Atilio Librandi agrega que ese año hubo obreros muertos durante una huelga salteña. El diputado Raúl Uranga señaló que, si los torturadores de la capital recibían premios, los del interior se veían estimulados. El constitucionalista Carlos Sánchez Viamonte explicó que las fuerzas de seguridad adquirían un privilegio como el que correspondía en el Oriente antiguo a la casta militar, protegidas por un fuero policial propio. El horror de Florida acontecía en un escenario propicio.

Un “sadismo a toda prueba”

El Día, El Laborista, Raúl Lamas y todo el conjunto de fuentes señala que Pirlot perfeccionó la picana eléctrica con un regulador de electricidad. Los detenidos eran hacinados de pie, en cantidad superior a cincuenta, en un calabozo de 3 x 4 metros, sin quedar asentados en los libros del lugar, es decir, como desaparecidos. Las paredes pintadas con brea impedían usarlas como respaldo y era obligatorio estar parado durante toda la noche. A altas horas se picaneaba a obreros, vagabundos, rateros y detenidos políticos, según El Mundo. Ciudadanos como Teodoro Baziluk fueron muertos por la picana eléctrica y la privación de comida. Malaver contaba con la ayuda un perro feroz (cruzado con hiena) entrenado para lo peor, que respondía al nombre de Tom. En su libro Tortura, Roberto Estrella consignó la existencia de un perro usado para tormentos que la imaginación rechaza admitir. Toda la prensa que cubrió el tema coincide en el detalle. Hasta Malaver admitió su uso, aunque señaló que Tom “era bravo, pero no feroz”. Estrella y Lamas trazaron descripciones dantescas sobre las acciones del animal y los esbirros en la noche de las barrancas de la zona norte, tan cerca la quinta presidencial de Olivos. El animal también habría sido usado para martirizar a los detenidos, atados a los árboles al fondo de la comisaría, consignó El Laborista. El agente Moratello, domador de perros, declaró que nunca vio uno tan feroz.

Raúl Lamas señaló que algunas personas “eran muertas por Malaver mediante una violenta descarga de corriente que se lograba dándole tensión a la picana, sobreviniéndoles un síncope”. Por entonces, el coronel Adolfo Marsillac esbozó una queja. Pidió que ‘los de la capital’ dejasen de “tirar fiambres en la provincia”, porque ese juego no le gustaba nada. Aunque otros hechos no asustaban al citado jefe de la policía bonaerense. Fue Marsillac quien advirtió al carnicero Adolfo Tasso: “Si no conocés la ‘parrilla’, la vas a probar. Los muchachos te van a tratar bien”, a lo que siguieron las sesiones de tortura, como también relata Lamas. Cuando los hechos de Florida salieron a luz y Malaver estaba prófugo de la justicia, El Día señaló que sería fácil identificarlo por su ojo de vidrio y su pulsión a ocultarlo con la mano. No tardó en aparecer en Córdoba.

En el sumario de 1955, Malaver negó ser el autor de los asesinatos pero reconoció que se produjeron en su jurisdicción en 1951. Incluso aseguró que luego de su retiro de la zona siguieron apareciendo cadáveres en Florida. Es decir que los muertos, por una simple cuenta, sumaban decenas. El Día de La Plata ya había titulado: “Impresionantes contornos rodearon la perpetración de crímenes en masa”. El Laborista señaló que “Sádicos torturadores policiales son los autores de los crímenes misteriosos de Florida en el año 1951”. En tanto El Mundo señaló: “Cerca de veinte detenidos fallecieron torturados en la comisaría de Florida”. Crítica sacó en tapa la trágica comprobación. Cada semana surgían revelaciones sobre “las torturas que se aplicaron durante los doce años que duró el régimen depuesto”, cuyo sistema de represión era señalado como heredero de la dictadura de 1930.

Por si fuera poco, Malaver reconoció la morbosidad de Doro utilizando la picana eléctrica. Siguiendo a Lamas, una vez apresado en Córdoba, el subcomisario Malaver fue llevado el 29 de octubre a La Plata, conducido ante la presencia del coronel Julio Moreno, presidente de la comisión que investigaba las torturas. El policía fue interrogado por el juez del Crimen Dr. Abel Viglioni, durante la noche del 5 de noviembre hasta la madrugada del día siguiente de 1955. Tres de sus subordinados coincidieron en acusarlo. Malaver admitió la existencia de elementos que lo comprometían. Se le mostraron seis fotografías de las personas muertas y dijo no reconocerlas.

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Emilio Gibaja, ex presidente de la FUBA, torturado junto a Félix Luna en 1951

Las víctimas

Luego de un arduo trabajo de reconstrucción a cargo de los inspectores Saúl Mocoroa, Prudencio Chávez y Héctor Durand, que incluyó el recorrido de miles de kilómetros, algunas víctimas fueron identificadas y sus crímenes aclarados.

El ciudadano polaco Teodoro Baziluk, peón de la cochería Sierra de Florida, acusado de un delito que no se comprobó, fue detenido en diciembre de 1950. Al parecer por ser afiliado comunista, fue alojado en un placard diminuto, durante tanto tiempo que le creció la barba. Ya lo apodaban “el barbudo”. Fue picaneado reiteradamente pero su buena constitución física le permitió sobrevivir. Entonces lo hicieron morir por inanición, sin darle agua ni alimentos. Finalmente, su cadáver fue arrojado al arroyo Morales, en el distrito de Matanzas, atado a una viga de cemento. Habría sido conducido en un auto conducido por Pirlot, en compañía del jefe Malaver. Su cuerpo sin vida salió a flote el 7 de febrero de 1951. (En paralelo, por esos días era asesinado el obrero gráfico Roberto Núñez frente a los talleres de La Prensa, en medio de la pelea del gobierno por apropiarse del diario).

El también polaco Estanislao Kosiky fue asesinado y tirado a unos matorrales en la Avenida Internacional, hallado el 17 de febrero de 1951, pasado como de “muerte natural”. Curiosamente, en las órdenes secretas de Juan Perón al abogado Román Subiza, podría leerse textualmente: “Extranjeros enemigos o indeseables, preparar su represión y economía cerrada.”

José Natalio Lettieri, argentino, murió por las aplicaciones de picana en Florida. Lo narró otro detenido torturado. El auto de Pirlot habría servido para el traslado. El cadáver fue arrojado a las aguas desde el puente de la Avenida Derqui y la Avenida General Paz. La Policía Federal halló el cadáver un tiempo después.

Otra víctima conocida como Horacio Pérez falleció por el excesivo voltaje, pero Malaver obtuvo un certificado falso de “muerte por síncope cardíaco”. Fue sepultado en el cementerio de Vicente López.

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Las víctimas y los torturadores

El joven Pedro Moreno también fue ultimado en la comisaría y su cuerpo hallado el 17 de abril de 1951 en Vélez y Castellano, distrito de Vicente López. Se intentó pasar el caso como suicidio, dejando un frasquito de veneno a su lado. Un cadáver no identificado fue enterrado en el antiguo vivero Constantini, en la jurisdicción de General Rodríguez. Previamente se le había cavado una fosa, que fue vista por un jinete que iba a Luján, primero vacía y luego cubierta. El testigo avisó a la policía, se inició un sumario y se cerró sin llegar a nada.

Otra víctima fatal, Martín Graneros, de 23 años, murió luego de sobrecogedores tormentos y fue sepultado en un despoblado, según El Mundo. Se estableció que a otros detenidos, luego de las torturas que los dejaban moribundos, en un rasgo de sadismo estremecedor, les introducían una lezna desde la nariz que aceleraba su final. Lo hacía el propio Malaver, según El Laborista. Los cadáveres eran desfigurados para dificultar su reconocimiento. Al menos cinco muertos fueron enterrados en el vaciadero de basuras de la calle Zufriategui esquina General Paz, en Florida, y otros no se sabe dónde. Se acusó a Pirlot de ser el conductor de los viajes en un auto de marca francesa para arrojar los cadáveres, en su mayoría de personas de “tierra adentro”, cuyos familiares estaban lejos. Moratello vigilaba los entierros con un silbato de alerta. La principal fuente de estos datos son los propios policías torturadores, además de ex detenidos torturados sobrevivientes, que vieron perecer a otros.

El gobernador de la provincia era Domingo Alfredo Mercante, llamado el “corazón de Perón”. El mismo año 1950 habían sido asesinados en Quilmes los comunistas Jorge Calvo y Pedro Zelli. Y fue torturado de manera más que salvaje (picana, golpes brutales, fuego en sus dedos) el líder comunista paraguayo Obdulio Barthe. Ya en 1946 había sido muerto de un balazo en la nuca el simpatizante comunista Aurelio Gutiérrez, a manos de los aliancistas, anota Hubo Gambini. En 1947, en un acto socialista, perdieron su vida Carlos Delconte, Mario Roberto Port, Juan Orsi e Isidoro Lorenzo Callejos, como consecuencia del estallido de una bomba. En aquellos días fue muerto el taxista Ignacio Fontán, en un atentado contra el laborista Cipriano Reyes. El obrero laborista Manuel “el negro” Mustafá ya había sido asesinado en Berisso. Por otra parte, el militante Lucas López fue baleado y muerto en el mitin radical del 10 de noviembre de 1947, en Rosario de la Frontera. Allí el diputado nacional Tomás González Funes recibió lateralmente una bala en el cuello.

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Obdulio Barthe, líder del PC paraguayo, torturado con picana y fuego
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Ignacio Fontán, obrero de taxi asesinado en La Plata en 1947

“Ha desaparecido el derecho a la vida”

Afirmó Raúl Lamas: “Así procedía ‘la mejor del mundo’ en los suburbios del Gran Buenos Aires, para satisfacer los apetitos morbosos de una banda de sádicos... ¿Cuántos Nieva Malaver gustarán desviados placeres bajo el amparo de un uniforme o de un carnet? He ahí el interrogante que estremece”. (1)

Hacia 1955, habían sido reconocidos 11 cadáveres. La comisión investigadora, a cargo del coronel Moreno, había movilizado al personal, recorriendo muchos kilómetros para esclarecer los crímenes, que no bajaban de 13 asesinatos aclarados, pero la magnitud era mucho mayor. “Sigue la investigación de otros lugares donde es posible que hayan sido arrojados otros cadáveres”, señaló Lamas en 1956. De hecho, en la comisaría balnearia hubo superpoblación durante la fatídica temporada de Malaver, lo que motivó el uso de los baños para alojar a los detenidos. El libro de asientos fue “robado”.

Estos hechos guardan plena correspondencia con un documento de denuncia emitido el 30 de junio de 1951, adscripto por una personalidad como Crisólogo Larralde, donde se afirma: “Un sistema de terror procura la intimidación popular. Bajo la vigencia de un régimen represivo, ha desaparecido el derecho a la vida y a la integridad moral y física; aparecen cadáveres desfigurados que no se identifican, y el plan de persecuciones se contempla mediante sistemáticos secuestros y torturas. No quedan vestigios de libertad de prensa ni de información, y como en los tiempos primitivos o en los regímenes totalitarios, las noticias deben difundirse por transmisión oral.”

El intransigente Moisés Lebensohn, amigo personal de Eva Duarte, denunció la muerte del obrero tucumano Carlos Aguirre, torturado junto a decenas de trabajadores en la Casa de Gobierno de su provincia. Moisés no consideró un hecho inusitado que la policía desapareciera el cadáver desfigurado en un bosque santiagueño, como anota José Bielicki. Esa denuncia le valió la cárcel. Entre infinitas anécdotas sobre el tema, el comisario Cipriano Lombilla explicó al médico testigo Alberto Caride que cuando un torturado no volvía en sí, lo hacían “cruzar la calle”. Esto es, lo atropellaban en la vía pública. No hay razones para no creerle. La lista es demasiado extensa. Caride también declaró: “La más espantosa historia la relató Amoresano, sobre un preso que sufría del corazón. Cuando el infeliz fue arrestado en la Sección Especial, se advirtió que no estaba en condiciones de sufrir mucho castigo. Amoresano lo sentó en una silla y comenzó a torcerle las muñecas, pero el hombre no habló. ‘yo tenía otro trabajo que hacer’ -dijo Amoresano- ‘así que perdí la paciencia y le golpeé el corazón. Murió instantáneamente.’ Terminó riendo su relato.”

En febrero de 1953, fue asesinado Carlos Campanino, militante del gremio canillita, en La Plata, y la CGT regional impidió su velatorio. Siguieron los casos. “En mayo de 1953, fueron detenidos obreros de la empresa SIAM, de Avellaneda, quienes fueron torturados con picana y golpes. El obrero Pedro J. Caillaud, padre de tres criaturas, único sostén de su modesto hogar, fue martirizado de tal forma que tuvo que ser trasladado al Hospicio de las Mercedes, donde falleció el 22 de mayo. Otro obrero, Silvestre Chernisiuk, había fallecido el mes anterior, denunciándose también torturas”, señala Alfredo Villalba Welsh en su libro sobre la Liga por los Derechos del Hombre. En el pueblo de San Javier, Misiones, ocurrió la tortura y muerte del líder del sindicato de oficios varios, Alberto Da Rosa, apuñalado y envuelto en bolsas de cereal de la Gendarmería regional.

El líder del 17 de octubre de 1945 quedó preso hasta 1955. Un periodista de Crítica lo entrevistó al salir y señaló: “la fuerza moral está incólume en Cipriano Reyes, pero su físico exhibe las huellas del ensañamiento de los torturadores y siete años de encierro”. Advertía el cronista: “Es un sobreviviente que bien pudo estar entre los cadáveres encontrados en el baldío de Florida o en el crematorio de la Chacarita”.

En línea con esos datos sugerentes, consta en testimonios judiciales que el comisario Eugenio Benítez le dijo a Vicente Centurión, mientras lo torturaban en 1953, que si no declaraba “lo haría tirar a la quema, donde ya habían mandado a muchos”. Luego Centurión fue interrogado por el comisario Camilo Racana y por el Jefe de la Policía Federal, Miguel Gamboa, obligado a declarar falsedades. (2)

Tanto el militante radical Juan Ovidio Zabala como el trabajador agrario Ángel Rodríguez, ambos detenidos y torturados, relataron que en los establecimientos penales a cargo de Roberto Pettinato se dejaba morir a los enfermos sin brindarles atención médica. Ángel Rodríguez sufrió brutales torturas con picana en la cárcel de Olmos. Señaló públicamente como culpable al Colorado Marciano Suárez, el jefe del penal, hombre de Pettinato (3). Y Raúl Lamas dedicó un capítulo a la “navidad trágica” de 1952, cuando las mujeres de la cárcel de Olmos fueron salvajemente reprimidas con gases y golpes, dejando un espantoso cuadro de desmayos por asfixia y dos chicas muertas que fueron desaparecidas.

En 1955, solo en una primera instancia, se presentaron 300 torturados y familiares para declarar, incluyendo a las madres del juvenil ingresante a la UBA, Aarón Salmún Feijóo, del estudiante de Ingeniería Jorge Bakmas, del obrero radical Alfredo Prat, del trabajador canillita Enrique Schira, y la esposa del médico comunista Juan Ingalinella, todos asesinados durante el régimen de Perón (4). Se agregan a la lista de víctimas fatales el estudiante Julio Rivello, el doctor Eugenio Luis Ottolenghi, el adolescente Enrique Blastein, el joven trabajador Alberto Beltrán, el estudiante de medicina Eduardo Crocco, el joven Benito Curri y el anciano sacerdote Jacobo Wegner. El doctor Santiago Nudelman agrega el nombre de otra víctima fatal: Javier Astrada. El profesor e ingeniero Pablo Dellepiane, torturado en 1953 en la comisaría tercera, murió a causa de los castigos recibidos, explicó el ex policía Jorge Colotto. Según el diario Crítica, el número de torturados “se calcula en 10.000 en todo el país”. En un Congreso celebrado en noviembre de 1954, el presidente de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre señaló que desde 1952, “más de seis mil ciudadanos sufrieron injustamente la cárcel”.

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Jorge Bakmas, estudiante asesinado en Bernal
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Julio Alberto Rivello, asesinado en Bernal

Víctimas olvidadas

Curiosa coincidencia, también serían detenidos en Florida (Vicente López) en junio de 1956, los hombres que serían fusilados en el basural de José León Suárez, popularizados por el escritor Rodolfo Walsh. En el caso de los primeros, ni siquiera quedaba el pretexto de sofocar una revolución o evitar una guerra civil, que alegó el general Pedro Eugenio Aramburu. Se trataba simplemente de personas humildes que fueron detenidas sin registro, sufrieron torturas despiadadas y una vez muertas fueron abandonadas en baldíos, calles y basurales.

Estas víctimas fatales del régimen peronista se sumaban a otras como las del etnocidio ocurrido en el ex Territorio Nacional de Formosa en octubre de 1947, cuando la Gendarmería Nacional, bajo las órdenes del ministro del Interior Ángel Gabriel Borlenghi, fusiló y remató a más de novecientos miembros de las etnias pigalá, wichi y mocoví, matanza que se extendió durante semanas, sin contraorden y sin castigos. Algunos sobrevivientes de la denominada masacre de Rincón Bomba hablan de 200 desaparecidos. De los hechos se desprende una conclusión inocultable. El peronismo fusiló y enterró a más personas que la Revolución Libertadora -sin contar a las víctimas de la Triple A- aunque la mitología política sea más fuerte que la realidad.

Volviendo a febrero de 1951, mientras ciudadanos como Lettieri sufrían la picana, morían y eran arrojados a la vía pública, un alto funcionario del gobierno, el abogado Román Subiza, redactaba por encargo de Perón un plan denominado “Medidas de carácter político necesarias para afianzar al Partido Peronista”, donde proyectaba la destrucción de los partidos opositores y la sumisión política de los empleados públicos mediante la amenaza del despido. Fue la semilla del posterior memorándum de 1952 donde se habló de “aniquilar al adversario”, teoría coincidente con la de Karl Von Clauzewitz, autor que Perón enseñó en el colegio militar.

En junio de 1951, la Alianza Libertadora Nacionalista asesinó al obrero metalúrgico Francisco Blanco, luego de tomar por asalto un local político ligado al comunismo en Parque Patricios. Y otro caso sacudió a toda la oposición: el secuestro y las torturas al estudiante comunista Mario Bravo, que movilizó a todo el movimiento estudiantil. Bravo salvó su vida gracias al médico Alberto Caride. Se venía la huelga ferroviaria, las torturas desatadas contra los obreros del riel y el estado de guerra interno que permitía la amenaza de la ley marcial. En el mitin comunista del 31 de octubre de 1951 en Paraná, fueron asesinados el obrero Carlos Melchor González, el afiliado comunista Eduardo Londero y también fue herido el orador Rodolfo Ghioldi (quedó con un proyectil enquistado junto a la columna vertebral), entre otros. La lista de muertos está incompleta. El número de atentados fallidos, de heridos y de torturados sería interminable.


Notas:

(1) Lamas, Raúl. Los torturadores. Crímenes y tormentos en las cárceles argentinas. Ed. Lamas. Buenos Aires. 1956.

(2) Declaración judicial de Vicente Centurión, publicada por el doctor Santiago Nudelman.

(3) En julio de 1954, el diputado Santiago Nudelman denunció en el parlamento nacional los brutales castigos que sufrió Ángel Rodríguez, quien se hallaba hospitalizado en la cárcel de Olmos.

(4) Señoras Celia Feijóo de Salmún, Rosa Trumper de Ingalinella, Soledad Pacho de Prat y Milka Juana María B. de Bakmas.




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