3 de abril de 2018

Pueblos originarios

Para que Inakayal cabalgue libre en la memoria

La memoria escrita y fiel a los hechos es piedra basal de todo debate, de toda discusión que pretenda echar luz sobre el pasado. Por eso Adrián Moyano completa, encauza y explica algunos conceptos de la nota de Sandra Russo publicada el pasado 3 de marzo en Página/12 sobre el cacique Inakayal. Publicado en En estos días


Inakayal ejerció responsabilidades de conducción política entre los suyos desde 1860 aproximadamente, hasta que cayó prisionero del Ejército en 1884. Fue longko, expresión que no equivale a decir “había sido poderoso en su toldería de la Patagonia Norte”, porque entre los mapuche el poder no se ejercía de manera vertical, jerárquica y con el monopolio de la coerción. Su entidad soberana fue el trawün (encuentro) del que participaban los demás longko, los ancianos, los weichafe o “indios de lanza” y los kona o servidores de la comunidad. Hay al menos un ejemplo en las crónicas del siglo XIX que demuestra cómo a pesar de tener una opinión a priori sobre determinado asunto, Inakayal tuvo que sujetar su voluntad a la del conjunto. Se puede leer bastante sobre situaciones similares, es decir, un trawün reacio a la voluntad inicial de su longko, en relación a Sayweke, Mariano Rosas y otros. Como ciudadanos de un Estado en el siglo XXI, en general nos cuesta pensar en maneras otras de hacer política y ejercer el poder, pero entre los mapuche fueron metodologías corrientes hasta la Campaña al Desierto.

Inakayal nunca pensó en términos de “Patagonia Norte”. El nombre de la región es una imposición colonialista del Estado que no sólo usurpó territorio mapuche, sino también gününa küna y aonik enk. Entre los mapuche, el vocablo Patagónica se utilizó hasta épocas relativamente tardías para designar a Carmen de Patagones, la única posesión española que las Provincias Unidas del Sur pudieron heredar en latitudes australes. Tanto “Pampa” como “Patagonia” constituyen representaciones territoriales ajenas a los pueblos que aquí vivían como mínimo, desde el 800 después de Cristo, cuando ni España ni la Argentina estaban en los planes de nadie. La vida de Inakayal transcurrió entre el Waizuf Mapu o Territorio del Borde (cordillerano) y la Willi Mapu o Territorio del Sur, en relación al río Limay y el lago Nahuel Huapi. Políticamente, adhirió a la Gobernación Indígena de Las Manzanas, experiencia plurinacional que tuvo como longko principal o ñizol a su primo, Valentín Sayweke.

Inakayal fue hijo del longko pewenche Wingkawala y de una mamá gününa küna cuyo nombre no quedó registrado por los cronistas. En términos mapuches de hoy, un champurria o mestizo. Queda claro en las fuentes que se expresaba de manera corriente en mapuzungun aunque también conocía aceptablemente el castellano. Por las dudas, recordemos que los pewenche son la identidad regional o parcialidad mapuche que vive donde el pewen o araucaria es uno de los newen predominante, a uno y otro lado de la cordillera. Inakayal puede traducirse como El otro hijo o El hijo que sigue, en idioma mapuche. En la toldería que supo florecer a orillas del río Kaleufu (hoy Neuquén) convivieron bajo su liderazgo mapuches, tehuelches del norte e inclusive, varios wingka que por diversas razones, preferían la libertad de la sociedad mapuche a las disciplinas estatales que empezaban a forjarse bajo el mitrismo triunfante. Es verdad que en algunas cartas que dirigió a las autoridades militares cuando la ofensiva argentina hizo pie sobre el río Negro, se identificó como tehuelche. Por entonces, ya se percibía entre los agredidos que para el ideario argentino, ser mapuche equivalía a ganarse persecución y muerte y que por el contrario, en Buenos Aires tenían una imagen más condescendiente hacia los parientes del sur. Sin embargo, chewülche es en la lógica mapuche cualquier persona que forme parte de una comunidad, no el nombre de un pueblo que a sí mismo se denominaba gününa küna. Utilizar la palabra “tehuelche” para designarlos, es otra operación colonialista. De todas maneras, haríamos bien en dejar de hablar de etnias y en su lugar, generalizar el concepto de pueblo, porque los pueblos tienen derechos distintos a los grupos minoritarios que puedan existir al interior de un Estado: los pueblos tienen derecho a la libre determinación. Son muchas las declaraciones y convenios a escala internacional que abordan el concepto, entre ellos el 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Ley 24.071 en la Argentina.

Sin límites

Cuando Francisco Moreno supo de Inakayal, todavía no era perito en Límites, título que recibió del gobierno argentino unos años después. Entre otras cosas, porque en 1876 los mapuche ejercían soberanía sobre sus espacios territoriales y su división sólo existía en las mentes de las élites argentina y chilena que ya maduraban la conquista. Es verdad que en uno de sus listados y en otros escritos, el espía atribuyó al longko identidad williche, que significa persona del sur. Pero no fue el único en hacerlo. En el testimonio que Katrülaf brindó al alemán Roberto Lehmann Nitsche en 1902, el mapuche confiaba que al cavilar sobre presentarse o no ante los militares, Inakayal especulaba con hacerlo en las posesiones galesas del río Chubut por su condición de williche, en lugar de viajar hacia el río Negro. Nuevamente por las dudas, digamos que por williche no hay que entender en este contexto a otro pueblo distinto, sino a los mapuche que residían de manera más habitual al sur de los ríos Negro y Limay, en las actuales provincias de Río Negro y Chubut. Al concretar su primer viaje a la jurisdicción de la Gobernación Indígena de Las Manzanas, el territorio sobre el cual Inakayal ejercía su autoridad de longko no le quedó de paso a Moreno, más bien resultó el límite de su excursión. El trawün que con la participación de 453 “indios de lanza”, sus longko y ancianos, le había vedado el paso hacia el occidente cordillerano y Mendoza, sólo había concedido que se asomara al Nahuel Huapi, donde “en la hermosa rinconada de Tequel Malal”, se alzaban las tolderías del hijo de Wingkawala. Bajo vigilancia, el porteño tuvo que volver por donde había venido en aquella oportunidad, contentándose con ver de lejos las humaredas y los sembradíos que jalonaban por entonces la margen sur del lago.

Es un tanto aventurado afirmar que “Inacayal fue junto al cacique Foyel, uno de los dos mandos principales que dirigía el cacique Sayhueque”. Y sostener que actuaron “uno hacia el sur y otro hacia el norte” es un error. En tanto, decir que “el ejército de Roca fue avanzando y ganando sucesivas batallas” es casi una mentira. Entre los mapuche, su organización militar reproducía a la política: nada de direcciones ni de mandos, a la manera de un ejército moderno. Los longko de la Gobernación Indígena de Las Manzanas habían cultivados tratos pacíficos con los wingka durante 20 años, no tenían la misma familiaridad con la guerra que sus parientes kalfükurache. Hasta cierto punto, la llegada del Ejército a sus posesiones ancestrales fue una sorpresa. Cuando las tropas argentinas se descolgaron sobre el río Kaleufu hubo entreveros, pero la mejor defensa que pudo oponer Sayweke fue la distancia. Katrülaf recordaba en 1902 la actuación de Ayilef, un “capitán de guerra” que seguía el liderazgo del manzanero, es decir, un toki. Fueron otros los longko con mayores habilidades guerreras, entre ellos, Kewpu y Ñankucheo. El heroísmo que supieron desplegar Foyel e Inakayal no necesita que los convirtamos en personajes de Hollywood.

Inseparables

Al término de la primera Expedición al Nahuel Huapi, los militares argentinos parlamentaron brevemente con Inakayal y Foyel, entre otros longko, con el río Ñirewaw a la vista a unos dos kilómetros del lago. Desde entonces y hasta que fueron conducidos a Buenos Aires en condiciones de cautividad, Inakayal y Foyel fueron compañeros inseparables. Juntos lideraron a sus familias hacia el sur, juntos padecieron la incertidumbre que provocaba la nueva situación, juntos combatieron desesperadamente en Apeleg para liberar a los suyos y juntos perdieron su libertad en la primavera de 1884, junto a centenares o quizá miles de mapuche y gününa küna. Pero que nadie se llame a engaño: desde 1880 hasta el fin, no hubo batallas que “el ejército de Roca” pudiera ganar. La mayoría de las acciones bélicas consistieron en ataques de madrugada contra tolderías semidormidas, en ocasiones, ante la ausencia de los hombres. Como el ganado de los mapuche era objetivo para la rapiña de los oficiales invasores, cazar era la única manera de alimentarse, de ahí que en más de una oportunidad, la resistencia que encontraron los agresores fuera tan desesperada como endeble.Llamar batallas a las masacres que cometió el Ejército entre 1880 y 1885 en las actuales provincias de Neuquén, Río Negro y Chubut, equivaldría a aceptar los “enfrentamientos” que nos quiso vender la última dictadura cívico militar a partir de 1976. Por ejemplo, el pretendido “combate” de arroyo Genoa no fue más que un fusilamiento preventivo que dispuso un oficial demasiado acostumbrado a la muerte. Con el beneplácito de sus superiores, claro.

Llamar “pecado original” al genocidio que fundó al Estado argentino resulta como mínimo, liviano. En nombre de la República Argentina, aquí se fusiló a gente que ya estaba cautiva, se mutiló prisioneras y prisioneras, se obligó a marchar a pie a centenares de mapuche y gününa küna en el frío lacerante del invierno patagónico, se dejó morir a niños y niñas a la intemperie… En nombre de la civilización y la modernidad se borró la identidad de los pequeños mapuches que fueron entregados a las familias bien de Buenos Aires, mientras sus padres eran confinados en las mazmorras infestadas de viruela de la isla Martín García. Aquí funcionaron campos de concentración y puede constarse que se cometieron delitos de lesa humanidad pero las víctimas fueron indígenas. Entonces, ¿sí prescriben?

Aquel pecado que estaría en el origen se renueve de manera cotidiana, no sólo cuando se juzga por segunda vez a un longko y se pone en ridículo la teoría de la división de poderes. O cuando se acribilla con 114 balazos a un grupo de jóvenes mapuches que se atrevieron a una recuperación territorial… También se actualiza día a día cuando las petroleras y mineras cercenan los derechos territoriales de las comunidades, cuando no se permite la circulación de lawen a través de las fronteras estatales, cuando se planean centrales hidroeléctricas sobre territorios comunitarios y cuando en el Jardín de Infantes, se enseña obligatoriamente a los niños y niñas mapuches la “canción patria” que entonaban quienes masacraron a sus tatarabuelos. ¿Libertad, libertad? ¿De quién y para qué? En cautiverio continuará la memoria de Inakayal mientras la República Argentina no reconozca que se fundó sobre un genocidio y proceda a repararlo.

PD: la foto que ilustró la nota de la colega corresponde a Foyel Paillakamino, no a Inakayal.

Nota relacionada: Inacayal - Nota de Sandra Russo




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