12 de septiembre de 2017

Economía

La industria rebota, pero su empleo no reacciona

Luego de 15 meses con caídas consecutivas en la producción industrial entre febrero de 2016 y abril de 2017, a una tasa promedio de -4,3% interanual, a partir de mayo de este año la producción industrial ha revertido la tendencia. Con todo, el crecimiento de 0,8% acumulado en los primeros siete meses del año aún no permite revertir la profunda caída de 2016: la producción de julio de 2017 es un 2,5% inferior a la de julio de 2015. Por Pedro Gaite (miembro de Economistas de BASE, @pgaite5)


Luego de 15 meses con caídas consecutivas en la producción industrial entre febrero de 2016 y abril de 2017, a una tasa promedio de -4,3% interanual, a partir de mayo de este año la producción industrial ha revertido la tendencia. Con todo, el crecimiento de 0,8% acumulado en los primeros siete meses del año aún no permite revertir la profunda caída de 2016: la producción de julio de 2017 es un 2,5% inferior a la de julio de 2015.

Pero quizás el hecho más significativo es que pese a esta recuperación de los últimos meses el empleo industrial no reacciona. La cantidad de asalariados registrados del sector industrial viene cayendo desde octubre de 2015, acumulando 21 meses de caída ininterrumpida hasta junio de este año. En este período se han perdido casi 65 mil empleos formales (más del 5% del empleo del sector), de los cuales más de 5 mil corresponden a los meses de mayo y junio de este año, aun cuando la producción industrial en estos meses creció 2,7% y 6,6% respectivamente.
Desde el Gobierno Nacional han argumentado que este desfasaje entre crecimiento industrial y destrucción de empleo se debe por un lado al aumento en la productividad laboral y por el otro a la reticencia por parte de los empresarios a contratar nuevos trabajadores por la “mafia de los juicios laborales”.

Ninguna de las dos explicaciones resulta satisfactoria. En primer lugar no hay razones concretas para pensar en un aumento de la productividad. Ésta descansa en buena medida en la incorporación de ciencia y tecnología en el proceso productivo, y justamente la política oficial no se caracteriza por favorecer el sistema de ciencia y tecnología, sino todo lo contrario.

El gobierno busca aumentar la productividad laboral a partir de la precarización laboral y la entrada de inversiones extranjeras. El presidente ya ha elogiado la reforma laboral llevada adelante en Brasil, la cual pone los acuerdos entre empresas y trabajadores por encima de los de cada sector a nivel nacional, abre la posibilidad de una jornada laboral de doce horas y elimina la obligatoriedad del aporte sindical, entre otros cambios. Estas reformas no implican ningún tipo de aumento de “productividad” (es decir, cuánto puede producir cada trabajador/a durante su jornada laboral) sino sólo una reducción de costos para las empresas (y menores salarios para los/as trabajadores/as).

Con todo, estas reformas aún no se han llevado adelante en nuestro país, y la mentada lluvia de inversiones tampoco ha llegado, por lo que no hay verdaderas razones para pensar que la destrucción de empleo industrial pese a la recuperación de la producción del sector en los últimos meses se deba a un aumento de la productividad.

Tampoco parece haber una relación directa entre la conflictividad laboral y la creación de empleo. Tal como lo demostró el laboralista Gastón Valente, los dos períodos de "baja litigiosidad" del sistema de riesgos de trabajo (1996-2003 y 2015-2017) fueron también de baja creación de empleo, mientras que el de "alta litigiosidad" (especialmente el lapso 2004-2011) generó puestos de trabajo formales como nunca antes.

Tal vez la clave para la creación de empleo no descanse en la flexibilización laboral y la caída de los salarios, sino en variables más concretas como la demanda interna y los programas productivos implementados por el Estado. En este sentido, la explicación del desfasaje entre producción y creación de empleo de la industria en los últimos meses debe buscarse en la dinámica de las distintas ramas industriales.
El crecimiento de la industria en 2017 está motorizado por las ramas metalmecánicas, automotriz y de minerales no metálicos, todas muy concentradas en torno a unos pocos grandes centros urbanos del país. Estas ramas se caracterizan por ser intensivas en capital, lo que significa que emplean poco trabajo en relación a su volumen de producción. Asimismo, la utilización de la capacidad instalada en las ramas metalmecánicas y automotriz en julio de 2017 fue de 59% y 46%, respectivamente, muy por debajo del 65% que surge de considerar a la industria en su conjunto. Es decir las ramas que más crecieron son las que emplean menos trabajo en términos relativos y que ya de por sí están operando con una capacidad instalada ociosa importante. Por estas razones la producción industrial puede crecer sin traducirse en un mayor nivel de empleo ni de inversión.

Asimismo las ramas con peor performance a lo largo de 2017 son la textil, la del tabaco y edición e impresión, todas intensivas en trabajo y con mayor impacto en las economías regionales del interior del país. Particularmente la más perjudicada es la industria textil, cuya producción disminuyó -13% en los primeros siete meses del año, y registra fuertes caídas también en los meses de mayo, junio y julio de este año, a contramano de la dinámica de la industria en su conjunto. Este descenso se explica en buena medida por la entrada de productos importados, pues esta rama es particularmente sensible a la competencia externa. Si bien la producción de esta actividad representa aproximadamente solo el 2% del valor bruto de producción industrial, emplea más del 5% del empleo del sector (alrededor de 65 mil puestos de trabajo). Aunque todavía no hay disponibles datos oficiales para observar la dinámica del empleo en cada rama en los últimos meses, es probable que la destrucción de puestos de trabajo en la industria pese al incremento de la producción en el sector se explique en buena medida por lo ocurrido en la rama textil.

En definitiva, el modo de acumulación está en el centro de la escena. El gobierno no distingue entre actividades estratégicas en términos de generación de empleo, dinámica de la frontera tecnológica, capacidad de sustituir importaciones o aumentar exportaciones en el mediano y largo plazo, etc., sino que considera que el país debe especializarse en aquellos sectores en los cuales posee ventajas comparativas estáticas. Esta lectura atenta contra el desarrollo industrial local, pues este sector tiene un rezago tecnológico considerable respecto de los países que operan en la frontera tecnológica, y por lo tanto no puede competir de igual a igual con los productos que llegan del exterior.

Asimismo, la inversión extranjera directa toma un papel central en este esquema. La gran mayoría de las decisiones tomadas en 2016 (pago a los fondos buitres, levantamiento del “cepo”, adopción de un régimen de metas de inflación, facilidades para importar, etc.) apuntan a recobrar la confianza de los inversores internacionales. En este sentido los dos objetivos más importantes para el futuro son la reducción del déficit fiscal y la flexibilización del mercado de trabajo.

La monotributización del mercado laboral debe ser entendida en este contexto. De los empleos creados entre junio del año pasado y junio de éste, según las propias mediciones de Trabajo, la mitad fueron monotributistas, monotributistas sociales y personal de casas particulares. Los destruidos durante el año previo, en cambio, habían sido asalariados del sector privado. Sin embargo, la realidad es que para poder competir por las inversiones extranjeras a partir de salarios bajos con países como China, o México la caída en el salario real debería ser excesivamente grande, algo que no tendría sentido ni factibilidad en el modelo social y productivo argentino. Además en todos los casos exitosos de desarrollo la inversión ha sido financiada principalmente con ahorro interno, con un Estado presente planificando el desarrollo a partir de la articulación del sistema de ciencia y tecnología y el sector privado. En ese esquema la inversión extranjera puede ser un buen complemento, pero no el pilar de la estrategia de acumulación.




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