5 de marzo de 2016

La Plata
Culturas

Mariano Dubín presenta su “Parte de Guerra”


A lo largo del tiempo demostró ser un escritor que representa lo más progresivo del campo nacional y popular, en su sentido político e ideológico. Ya había planteado un nuevo paradigma literario cuando publicó sus poemarios La Razón de mi lima y Bardo (Pixel Editora). Vuelve ahora de la mano de la editorial platense Estructura Mental a las Estrellas y su libro de ensayos Parte de guerra, Indios, gauchos y villeros: ficciones del origen. Dubín se pregunta por el origen, la clase y la revolución, conceptos caídos en desuso dentro del movimiento peronista –tradición de la que procede el autor-, vuelve con interrogantes que podemos rastrear en las producciones de intelectuales como Viñas, Jauretche o Cooke. Por Pablo Amadeo para ANRed


Parte en estos ensayos desde la revisión política de un pasado que siempre está en disputa y arremete con la lengua bífida propia de los monstruos que lastiman al poder. Parte de guerra es un material de lectura obligatoria para la militancia social y política, por su valor documental, por su prosa decidida, por sus preguntas incómodas y revulsivas.

El autor dialogó con Mariano apropósito de este nuevo proyecto editorial.

P.A.: En uno de los ensayos de Parte de guerra, “Hasta sacarle Carhué al huinca”, comparás el destino de Martín Fierro con el de Luciano Arruga, ¿cuáles son las líneas de continuidades que ves entre ellos? ¿Qué representan?

M.D.: Hay dos cuestiones distintas en este cruce Fierro y Arruga.

Primero, en la historia del Martín Fierro, tristemente, se cifra la historia de gran parte del pobrerío. Y son muy evidentes los paralelismo: Fierro es secuestrado por los milicos que lo obligan a robar para ellos y trabajar en las chacras del Coronel. Cuando él se niega a seguir siendo la mano de obra barata del Ejército, se convierte en un paria. Debe vivir huyendo para que no lo maten. Fijate cómo en Arruga esto se repite: es un pobre al que la policía le exige que robe para ellos. Los distintos finales responden al contexto histórico: Fierro puede escapar a territorio indígena para ser libre; hoy no existe escapatoria posible .

Es muy triste que el destino de muchos pobres siga siendo el mismo.

Por otro lado, hay algo más. El Martín Fierro fue un poema irreverente. No sólo porque trata de “males que conocen todos, / Pero que naides contó” sino porque ubica en el centro del poema, en su voz, al gaucho. Eso fue lo más revolucionario del libro pero que, claro, con el paso de los años esa cadencia se fue perdiendo. Y digo que eso es lo más revulsivo del poema porque, inclusive, habiendo Hernández abjurado de su militancia federal, a sus contemporáneos les molestaba este poema en que resonaba -en esa voz salvaje- algo que excedía la prudencia de la cultura letrada. Aún hoy, fijate, que el Martín Fierro es más arriesgado que muchas publicaciones, por caso, de los partidos que se autoproclaman la voz legítima de la clase trabajadora: vos lees ciertos diarios de la izquierda: ¿y quién es el sujeto de enunciación: las clases populares o las clases medias? En todo caso, el pobre es tema pero nunca forma, nunca voz. Por eso, en la hermana de Arruga aparece, nuevamente, esta voz que no pide permiso para enunciarse a sí misma. Vanesa explica el asesinato de su hermano Arruga: "Quiero que recuerden a mi hermano como un negro, villero, argentino que se negó a robar para la policía". Fijate que esa frase sería, también, una manera de encarar el Martín Fierro. Si hoy tuviera que enseñar el poema repetiría esa frase que dice más que cualquier boludez escolar: "Quiero que recuerden a mi hermano como un negro, villero, argentino que se negó a robar para la policía"

P.A.: ¿Por qué esa importancia que le das al 17 de Octubre?

M.D.: Yo hablo del desmadre popular. Y en ese encadenamiento mixturo malones, revueltas federales, el 17 de octubre y las puebladas de los ´90. La ocupación del espacio urbano por las clases populares. La cultura letrada es como una civilización intramuros. Su eficacia política e ideológica es la fortaleza de esas fronteras. Cuando hay desmadre, el poder entra en crisis y las clases populares proponen en ese caos una política de clase. El peronismo tiene ese origen de fuego: el 17 de octubre. En el peronismo siempre hubo desmadre porque nació con una pueblada que atacó el diario El Día, la Universidad Nacional de La Plata, el Jockey Club. Apedrearon cada símbolo de la oligarquía que encontraron. Yo, por eso, en el libro, me detengo en la imagen de los obreros remojándose en la fuente de Plaza de Mayo. Es el desdén de los pobres a la civilidad burguesa, a la buena forma de circular una ciudad; es el vivir de los barrios en el centro; una fuente finalmente es una provisión de agua. Un hecho mínimo que atenta a las verdades con que una clase construyó la ciudad: atenta políticamente porque ocupa un espacio céntrico que les está vedado y atenta simbólicamente porque profana un objeto y un espacio que el liberalismo fetichizó: la plaza y la fuente. La fuente es la cultura occidental y, por lo tanto, para el poder no tiene más uso que el de representar una pertenencia de clase. El desprecio (acaso ingenuo) de poner las piernas a remojar en el agua es (potencialmente) la integridad de las clases populares frente al poder. Es la política que se torna identidad y una identidad que se torna política. Eso es el desmadre. Después del peronismo histórico, no hubo ningún movimiento político que tuviera esa marca. La izquierda no deja de ser un debate mayormente intelectual entre un sector marginal del campo popular; el kirchnerismo nació en la rosca superestructural de un Partido Justicialista vaciado de clases populares. Comparar el origen del peronismo y el kirchnerismo es central porque si bien también Perón se forma dentro de la rosca del Estado, el movimiento nace el 17 de octubre. Si no entendemos eso, no entendemos el peronismo. El kirchnerismo nació -y acaso murió- en la rosca política; lo cual no significa que no haya tomado políticas que mejoraron la condición de vida de las mayorías y hasta algunas medidas de corte nacional pero nunca hubo desmadre popular ni tampoco encaró (o pudo o quiso encarar) las medidas más revolucionarias del peronismo: nacionalización de la banca, el artículo 40 en la reforma de la Constitución Nacional de 1949, las reformas en el campo desde la distribución de tierras y expropiaciones hasta las nuevas leyes laborales, la creación de una industria nacional, etc. Todo eso no existió en el kirchnerismo sino como intento o deseo; de lo que tampoco se desprende descartar lo que significó el kirchnerismo en un contexto específico. No por nada su reemplazo vino por una derecha empresarial y terrateniente que descree de las mediaciones políticas: ahí están los nombres de quienes gobiernan la Argentina desde siempre: los Braun, los Bullrich, los Pinedo junto a una burguesía parasitaria, de origen inmigratorio, que nace a mediados del siglo XX: los Rocca y los Macri para decirlo en dos nombres; al kirchnerismo no lo reemplazó la revolución social sino un giro conservador que todavía no conocemos en sus últimas consecuencias.

P.A.: A lo largo de tus ensayos vas construyendo un sujeto histórico a partir de la raza, la pertenencia geográfica, el origen. Negro, villero, indio. Cómo se articula esta mirada, con la concepción de clase quizá más vinculada a la estructura económica.

M.D.: En el cotidiano, esta distinción clase / cultura o clase / etnia no existe. Es una distinción teórica que hacemos para poder explicar lo real. Este es un residuo positivista del marxismo más infantil: confundir una postulación teórica con lo real. (También de esa enunciación proviene su soberbia: esta premisa los convierte automáticamente en los portavoces de la verdad). Lo que digo es que yo no dejo de lado un análisis de las relaciones materiales de producción pero este es un análisis infértil si uno no encara el estudio de las clases sociales sin sus tradiciones culturales, políticas, estéticas. No son detalles que complementan un análisis de lo social; son la misma conformación de clase. El tema es que la clasificación de clase -como intuyo malicia la pregunta- parte de un a priori: pensar que las clases sociales son un casillero ya armado y que uno simplemente llena con casos. No entender la complejidad de los entramados discursivos que nos conforman y nos conformamos como parte de un grupo social es, ante todo, una limitación política. No existe el proletariado como sujeto universal como, claro, tampoco existe el sujeto cartesiano. Si uno lee a Lenin, a Mao, a Ho Chi Minh, a Fidel Castro, al Che, etc., es claro que no hay revolución social sin revolución nacional.

Entonces te lo digo más claro: no es detalle que una persona hable guaraní o mapuche, que sea villero, puestero, que viva en un barrio obrero o en un caserío rural, que lea la Biblia, que escuche chamamé o música evangélica o cumbia. Son constitutivos. Para algunos estos son detalles (sino degradaciones culturales) entonces se habla desde un clasicismo de cabotaje sobre el proletariado, ¿quién mierda sabe qué significa proletariado? Hay otros más ridículos que no cantan el himno nacional, que sigue siendo un himno con mística popular y contenido revolucionario y cantan en cambio la Internacional que tiene menos pogo que Tan biónica.

Y aclaro que esto no es un discurso crítico de las antiguas revoluciones comunistas sino de una manera ridícula de tomar elementos aislados de esos procesos y pensarlos como si tuvieran vitalidad o identidad contemporánea.

P.A.: El lenguaje, las lenguas, ¿qué batalla dan dentro de esta guerra?

M.D.: El kirchnerismo ubico en el centro de esa batalla ideológica al intelectual crítico, al becario de Conicet, al artista. Nunca la voz la tuvo el pueblo sino mediatizada y centralizada en alguien que explicaba a los otros. En el libro intento repasar esta guerra desde las lenguas indígenas que entraman el modo de pensar el mundo contemporáneo, atravesando la religiosidad popular y las culturas de masas, con chamamé, cumbia y hip hop de fondo. Eso es el gran invento de la gauchesca: discutir la propiedad de la voz es discutir la propiedad. No hay revolución sin que la propiedad de la voz sea monopolizada por los indios, los gauchos, los criollos. Si uno lee las revoluciones emancipatorias del siglo XIX en la clave del gauchesco Bartolomé Hidalgo, que es, en todo caso, el ideario artiguista, podemos decir que no hay revolución mediatizada, a lo jacobino (“yo hago la revolución para que otros mejoren su vida”), sino que la revolución siempre es en primera persona. Por eso se discute toda propiedad, entre ellas, la propiedad de la voz: qué clase social monopoliza la propiedad de hablar.

P.A.: ¿Cuál es el nervio que se tensa entre la prosa gauchesca, el lunfardo y la cumbia villera?

M.D.: La cumbia villera, como hizo en su momento el tango y la poesía lunfarda, no ceden la palabra a la gilada, digamos. Hay orgullo de clase. José Hernández lo había dicho: “Soy gaucho, y entiendaló / Como mi lengua lo esplica: / Para mí la tierra es chica / Y pudiera ser mayor; / Ni la víbora me pica / Ni quema mi frente el sol”. Hay una cumbia, “De la villa soy”, que chanta: “De la villa soy, ¿qué tienen algún problema? / Pa decírtelo que no hacen falta cosa obscena, / Si a mi barrio, ustedes le dicen villa, / bueno entonces soy villero / hombre vamos a hacerla lisa”. Yo creo que la mejor literatura contemporánea fueron los letristas de cumbia villera. Lo digo por fuera de toda provocación. Es una lástima que esos letristas de fines de los ´90 no hayan hecho escuela: si no me equivoco con ellos nace y muere el género. Me refiero a Mala Fama, Pibes Chorros, Damas Gratis, Flor de Piedra y Meta Guacha. Su mezcla de realismo sucio, mal gusto, obscenidad, clasismo, humor irreverente, lunfardo es genial. En Pibes Chorros hay una tradición, muy clara, rioplatense, un sonido de resaca tanguera. Cuando con Juan Cinza hicimos el disco de tangos villeros, donde Juancito agarraba los temas de los Pibes Chorros y los convertía en tangos, Ariel (el cantante de los Pibes Chorros) cuando lo escuchó dijo ustedes tienen razón yo hago tangos. Pablo Lescano tiene otra huella. En Damas Gratis está el mundo guaraní. Hay toda una textura indígena: resuena con mucha claridad los chamamés. Inclusive tiene varias letras donde mecha la lengua guaraní.
Para decirlo en pocas palabras: vos no podés esuchar Pibes Chorros sin escuchar Gardel, pero mucho menos lo contrario: hoy no podés escuchar Gardel si no escuchaste Pibes Chorros.

P.A.: ¿Ves en la actualidad otras formas del lenguaje popular que expresen continuidades?

M.D.: Seguramente el hip hop haya tomado un lugar central. En los barrios lo ves muy vivo. Cumbia y hip hop y chamamé, ¿no? Pero desconozco mayormente. El año pasado escuché mucho a Esteban el As. Un gran letrista. Mucha prepotencia lírica. Pero es un género que mayormente desconozco. Pero no hay una forma. El mundo popular es muy heterogénero: conviven músicas ancestrales y la última moda sin mayor prejuicio. No sólo geográficamente se explica esa heterogeneidad. Que lo más fácil y peligroso sería pensar que una música o una estética es la sustancia popular. Eso se ve de una manera muy ridícula en los procesos de proletarización estética de la clase media: piensan que si quieren ser populares deben prenderle una vela al Gauchito Gil. Pero eso es una superficialidad berreta. Lo que no se aprende sino que se curte es el sentimiento, la experiencia, el modo de ver el mundo. Eso no está en ninguna estampita, en ningún disco de cumbia. No importa cuántas velas les prendas al santo, si vos vivís en el mundo secularizado de la clase media nunca vas a poder escuchar los pasos de los muertos.

P.A.: Sos docente e investigador, sin embargo a lo largo de tu libro criticás fuertemente a la academia. ¿Cuál es el rol de estos ensayos hacia el interior de esos espacios? ¿Cuál es la frontera cotidiana en esos territorios?

M.D.: No lo vivo como una contradicción negativa. Una vez en Barrio Obrero, acá en Berisso, en la comunidad de indios mocovíes, estaba leyendo a Quevedo haciendo tiempo, tirado bajo un árbol. Y uno que andaba conmigo me dijo: vos querés ser del barrio y lees Quevedo, qué fino. Y yo le contesté: obvio hermano, no la careteo. Yo no quiero ser del barrio, yo vivo en un barrio. Y eso mismo, si querés, se repite al revés: si sos universitario, no deberías ser de una manera. Para mí la contradicción es lo que me hace caminar.

Después hago un análisis que es puramente descriptivo de la Universidad: son mundos civilizatorios, intramuros. Lo popular no entra sino como tema: hablemos de cómo viven los pobres. Y, ojo, no digo que en la Universidad esté sólo la clase alta como puede ser en otros lugares de Latinoamericana. Para nada, acá ves muchos hijos de trabajadores estudiando. Pero el tema es cómo, en el caso que conozco que son las carreras de Letras y otras humanísticas, cómo se piensan académicamente las prácticas, el mundo popular, la escuela. Siempre como degradación; lo verdadero es el “intelectual puro”. Y yo no creo en el conocimiento como especulación; en el conocimiento como una experticia que luego necesita técnicos que lo lleven a cabo. Esa es la política de los fondos de crédito internacional: situación que las unidades académicas de las colonias replican. Para mí, saber / cuerpo están en el mismo movimiento. Critico esa escisión que funda el conocimiento universitario y que esconde, en realidad, un privilegio de clase.

P.A.:¿Prentende Parte de Guerra dialogar con la militancia política actual?

M.D: Quisiera ser un libro de debate; de fogón, de esquina. De chamuyo entre amigos y desconocidos. Y asumo que en esas ganas de dialogar, tal vez, posiblemente, muchas de las que mando sean exageradas, erradas, apresuradas. Porque lo que se juega en el mundo actual no es poca cosa: es aceptar o no un sistema que deja a las mayorías afuera. Los avances científicos-tecnológicos y el triunfo ideológico del imperialismo en las últimas décadas, y específicamente en el nuevo escenario abierto en la política nacional, con el surgimiento de una nueva derecha formada directamente por los tecnócratas de las grandes corporaciones (casi la distopía posapocalíptica de una ficción de Philip Dick) hacen todo precario y urgente.

Pero ese diálogo, como decía, debe ser de mayorías. No asumo que el libro pueda tomar esa voz; es un ensayo de un escritor berissense, imaginate, pero sí que sea un libro que esté atento a las luchas y a los debates contemporáneos. Y ahí sí me interesa estar en contacto con la militancia. Haciendo la salvedad que la militancia no es la polémica estéril sobre quién es el verdadero hagiógrafo de algún ruso. Cuando digo militancia hablo de la mina que pone el cuerpo laburando en un comedor o siendo bibliotecaria de un club de barrio, de un amante de la cumbia que defiende que su género musical es identidad y arte, de los pibes de la universidad que se militan todo para pensar y hacer una Universidad por fuera del mundo intramuros... pero el peligro sería confundir los microclimas políticos de una fracción ideológica con la militancia a seca. Esto lo escucho mucho: nosotros somos la militancia, el resto son unos giles. Ahí discrepo. La militancia no es sólo la orgánica de un partido político sino mucha gente que pone su cuerpo y su tiempo para construir colectivamente. Algunos lo harán en una iglesia, otros en una unidad básica, otros en un partido de izquierda, otros en una escuela o un hospital.

Sí, ojalá sea un libro de esquina y fogón.

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EME (Estructura Mental a las Estrellas) es una editorial independiente y autogestiva. Comenzó, en 2009, siendo una revista cultural de publicación anual.




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