24 de julio de 2015

Nacional

Voto electrónico: el debate que no fue (Parte II)

El uso de aparatos electrónicos para emitir el voto introduce una gran caja negra que sólo puede ser auditada por una élite de tecnólogos que nos aseguran que todo funcionará bien. Por lo que las posibilidades de fraude son más peligrosas: con pocos actores se pueden lograr grandes fraudes. A esto se suma la privatización del proceso electoral, ya que el Estado delega en un contratista la tarea de disponer los medios para que los ciudadanos emitan su voto, su registro y posterior contabilización. Esta tarea, que hasta ahora venía llevando adelante el Estado, pasó a manos privadas sin penas ni glorias. Segunda Parte del Especial sobre Voto electrónico. Por Sebastián Scarano, @opensas, para ANRed.


Leer la Primera Parte del Informe Especial

El voto del primer mundo

“Los pasos esenciales de la gestión electoral y de la determinación del resultado deben ser pasibles de ser comprobados por el ciudadano de manera confiable y sin conocimientos técnicos especiales.”

Eso dijo la Corte Suprema de Alemania a la hora de declarar inconstitucional el uso del voto electrónico. No se basó en problemas técnicos, ni en las posibilidades de hacer fraude, ni en la seguridad del sistema. Se basó en un criterio absolutamente político: la validez del sistema electoral se basa en la confianza que la ciudadanía deposita en él. Respetamos los resultados de una elección en la medida en que confiamos en que éstos reflejan la decisión de la mayoría.

El sistema manual de votación y conteo distribuye el control del proceso en cientos de miles de votantes, autoridades de mesa y fiscales. Todos ellos son plenamente capaces de controlar una simple boleta de papel, una caja de cartón y una planilla en la cual volcar los resultados. El fraude es posible, pero para hacerlo a escala y con discreción es necesario comprar una gran cantidad de voluntades.

El uso de aparatos electrónicos introduce una gran caja negra que sólo puede ser auditada por una élite de tecnólogos que nos aseguran que todo funcionará bien. Depositamos nuestra confianza en artefactos electrónicos de los cuales desconocemos qué son ni qué hacen. En este caso las posibilidades de fraude son más peligrosas. Manipulando las máquinas se puede influir en la totalidad de los votantes. Alterando el programa se puede modificar la totalidad de los resultados. Con pequeño esfuerzo y pocos actores se pueden lograr grandes fraudes.

Alemania no es la única que dio marcha atrás con el voto electrónico. Los Países Bajos apuraron su retorno al detectarse un fraude en una de sus localidades. Entre los miembros del club de países que volvieron a la boleta impresa, o que luego de algunas pruebas desistieron de avanzar por esa vía, podemos encontrar a Austria, Finlandia, Bulgaria, Francia, Irlanda, Lituania, Noruega, Reino Unido y Paraguay.

Al día de hoy son solo seis los países en los que alguna variante de voto electrónico es utilizada por la mayoría de sus electores, a saber: Bélgica, Brasil, la India, Venezuela, los Estados Unidos y Filipinas. En este último, el sistema está basado en lectura óptica de boletas preimpresas marcadas manualmente por el elector, al igual que en la mayoría de los condados de los Estados Unidos.

Muchos estarán convencidos de que votar con pantallas táctiles, impresoras térmicas y chips de identificación por radiofrecuencia, nos acerca al primer mundo. La realidad es que la inmensa mayoría sigue votando, como desde que se inventó esta cosa llamada democracia, con boletas de papel y urnas de cartón.

Tautologías

La máquina puede ser muy boba, pero los directivos de MSA no lo son en absoluto.

Ante el descubrimiento de cualquier falla de seguridad, como ocurrió en el caso del multi-voto, la empresa aduce que se trata de una versión de prueba del sistema, y que estará resuelto en las máquinas que se utilizarán en los comicios reales. Por lo tanto, la única manera de demostrar una falla es llevándola a la práctica en pleno acto electoral, pero eso, claro está, es ilegal, en cuyo caso la empresa, con total compromiso cívico, se encargará de denunciarlo ante la justicia, presentar cargos, pedir el allanamiento de su domicilio y demás medidas por demás convincentes. Como ellos mismos se encargan de repetir, su implementación del voto electrónico es muy ingeniosa.

Un gesto

Antes de votar yo había pensado cuidadosamente mi estrategia. Circulaba por internet una nota consignando todos los cuestionamientos en contra del voto electrónico. Mi intención era presentarla ante las autoridades y hacer oír mi voz, aunque sea bajito.

Saludé civilizadamente a las autoridades, y con las dos copias primorosamente firmadas bajo el brazo me dispuse a emitir mi voto. Me encontré con una PC con pantalla táctil, impresora térmica y lecto/grabador de chips RFID mientras una vocecita me repetía que se trataba tan sólo de una estúpida impresora. Luego emití mi voto electrónico y la misma vocecita me amonestaba diciendo que se trataba de una Boleta Única Electrónica. Finalmente confirmé el voto y mi propia estupidez verificándolo con la misma máquina y el mismo programa con que acababa de emitirlo. Doblé la boleta resistiendo la tentación de plegarla justo por el medio del chip.

Fue entonces que pude desplegar mi estrategia. Introduje el voto en la urna y cuando las autoridades requirieron mi firma, sólo entonces, les presenté la nota solicitando un recibido de parte de ellos. Al principio ni siquiera escucharon mi solicitud, y se limitaron a requerir una vez más mi firma. Al ver mi insistencia me derivaron con el delegado del Tribunal Superior de Justicia, el cual desapareció con la nota en busca de instrucciones.

Durante la espera, el presidente de mesa me preguntó por qué estaba en contra del voto electrónico. Mi explicación tuvo la brevedad del caso, simplemente le comenté que los seis años que pasé en la facultad para recibirme de Ingeniero en Sistemas, más los 20 años que hace que ejerzo como tal, no alcanzan para saber qué es lo que hace esa máquina, y que dudaba que ellos mismos estuvieran en mejores condiciones Como detalle menor agregué que la decisión de implementar el voto electrónico no había sido discutida en la legislatura lo que lo convertía en ilegal.

Una señora que estaba sentada junto al presidente, no pudo contenerse, y en un rapto de fe proclamó:

-¡Pero si es una impresora nomás!

Antes de que pudiera intentar esclarecer a la señora, llegó el delegado diciéndome que no podían recibir mi nota y que debía llevarla personalmente al Tribunal. Luego me enteraría que lo mismo hicieron en varias escuelas más -ellos también tenían su estrategia- y en algunos casos el delegado se negó incluso a informar su propio nombre.

Antes de que me llevaran con chaleco de fuerza al grito de Eppur si muove, llegué a estampar un “En disconformidad” en lugar de mi firma, sonriendo ante la inutilidad de mi gesto.

Test de capacidad electoral

El experimento resultó más fructífero de lo esperado. Luego de emitir mi voto, monté guardia en la puerta de la escuela preguntando a los votantes cómo debía hacer para emitir un voto nulo. Desterrado el sobre y el cuarto oscuro, perdimos la posibilidad de sufragar con fetas de salame, estampitas de clemente y demás variantes de lo que conocíamos como voto nulo o impugnado. Muchos confesaron no tener la menor idea, lo cual no les impidió, argentinos como somos, emitir su opinión. Aquí un recuento de las menos disparatadas:

a. Elegir la opción "Anular voto" en la pantalla

b. Tachar con una birome lo impreso en la boleta

c. Romper una parte de la boleta

d. Romper el chip de la boleta

e. Destruir por completo la boleta

f. No pasar la boleta por la máquina de votar evitando que grabe el chip

g. Avisarle al presidente de mesa para que anule mi voto

h. Meter cualquier otro papel en la máquina de votar

i. Elegir más de una opción para la misma categoría

Incrédulo lector ¿se anima a elegir la o opción correcta? Yo no.

El debate que no fue

Son las 5 de la tarde del 5 de julio en la escuela de comercio número 19 del barrio de Caballito. En su patio, a pesar del frío reinante, me las ingenio para reunir un variopinto panel compuesto por dos fiscales del Frente de Izquierda, dos técnicos informáticos provistos por la empresa y un delegado del Tribunal Superior de Justicia.

Los dos técnicos apenas si superan los veinte años. Consiguieron el trabajo por un amigo que corrió la misma suerte. Recibieron una capacitación de tres días, mayormente por internet. No son de la empresa, simplemente fueron contratados por un par de días. Todavía dolido por las notas que sigo teniendo bajo el brazo, les pregunto:

-¿Es verdad que la máquina no es una computadora, sino que es una impresora nomás?

-¿Quién te dijo eso?

-Un presidente de mesa.

Se cruzan una mirada con cierto pudor, y por lo bajo uno de ellos me dice:

-También vos, mirá a quién le vas a preguntar...

Me confirman además que con los certificados SSL que fueron publicados cualquiera podría hacerse pasar por la máquina de una escuela y transmitir resultados. No saben decirme si los certificados fueron cambiados o no.

Una de las fiscales se lamenta de los pocos que eran. Según su opinión precisarían al menos un fiscal por mesa para defender su voto. Sabe de lo que está hablando, hace un par de años el Frente de Izquierda denunció que le robaron un diputado en Córdoba. El voto electrónico no evita que tengan que estar atentos a la hora del escrutinio:

-Queremos que se haga el recuento manual de cada mesa, pero ya estuvimos tanteando a los presidentes y sabemos que no lo van a hacer. En las capacitaciones les bajaron línea para que solamente hagan el conteo con la computadora, y además, hace rato que todo el mundo se quiere ir a su casa.

La cuestión es todavía más preocupante. Al finalizar la votación la máquina se pondrá en modo “escrutinio” y las autoridades irán pasando uno por uno los votos por la máquina para que lea el chip. Luego la propia máquina se encarga de hacer las sumas e imprimir el acta de votación. Además, grabará el resultado en el chip de una boleta especial, y éso será lo que en última instancia será transmitido, por otra máquina provista por la empresa, al centro de cómputos. Durante todo ese proceso, si surge una diferencia entre lo que dicen los chips y lo que está impreso en la boleta el sistema no brinda ninguna opción para ingresar a mano el resultado, lo único que se puede registrar es lo que figura en el chip.

Resulta extraño entonces que habiendo tomado estado público el multivoto las autoridades hayan sido instruidas para no realizar el conteo manual. Se entiende la estrategia, evitar el conteo manual es la mejor manera de ocultar cualquier tipo de falla por parte de las máquinas.

Durante toda la conversación el delegado del Tribunal Supremo de Justicia demostró una rara habilidad para asentir con la cabeza sin afirmar ni negar lo que yo decía, sino todo lo contrario. Cuando le comenté el episodio de la nota, me contestó que a él no le había tocado ningún caso similar, mientras movía levemente su cabeza como esos perros de cabeza flotante que adornan los parabrisas de los autos.

Aprovecho que los tengo reunidos para contarles la experiencia de Alemania en lo que respecta al voto electrónico. Les cuento que cualquier ciudadano puede controlar una caja de cartón y boletas de papel, pero que ninguno de nosotros, ni aunque fuéramos expertos en informática, podemos saber qué hacen esas máquinas. Se da entonces un sano debate que de alguna manera justifica el frío y la espera. Todos escuchan atentamente el argumento y coinciden, al menos, en que la decisión fue apresurada.

Matías, fiscal por el Frente de Izquierda y profesor de idiomas, traduce la cuestión en sus propios términos:

-Es como si todas las boletas estuvieran en chino, y en la mesa tuvieras un chino que te explica qué vas a votar, y que después hace el conteo y transmite los resultados. Y que ninguno de nosotros habla chino, claro

Escuchándolo pienso que deberíamos haber dado muchos debates como éstos antes de avanzar con el voto electrónico.

A las seis de la tarde finalizan los comicios previos a lo que sería el ballotage. Faltando apenas cinco minutos ambos fiscales parten a procurar negociar, al menos en dos de las más de veinte mesas que hay en la escuela, un improbable e inocuo conteo manual. Siento que su gesto será tan imprescindible e inútil como mi firma en disconformidad.

Privatizando la democracia

Los porteños estábamos demasiado preocupados por saber qué tan complicado sería operar el nuevo artefacto. Los políticos demasiado preocupados por saber si llegarían a tiempo a capacitar a sus fiscales. Los medios demasiado preocupados por saber cuándo tendrían los primeros resultados. La comunidad informática demasiado preocupada en hacer saber al mundo cuán vulnerables eran los equipos.

Nadie tuvo tiempo para preocuparse por un pequeño detalle: la privatización del proceso electoral. Con esta licitación, el Estado delega en un contratista privado la tarea de disponer los medios para que los ciudadanos emitan su voto, su registro y posterior contabilización. Esta tarea, que hasta ahora venía llevando adelante el Estado, pasó a manos privadas sin penas ni glorias.

Un estudio acerca de la experiencia en los Países Bajos luego de dos décadas de utilizar el voto electrónico, concluye que el sector público se volvió tan dependiente del sector privado que el gobierno Holandés llegó a perder la titularidad y el control tanto sobre el sistema de voto electrónico como sobre todo el proceso electoral.

Más aún, mediante la licitación efectuada el gobierno no adquiere las máquinas ni los derechos sobre el sistema informático, tan sólo contrata los servicios de la empresa. Las máquinas, y todo el sistema, son y seguirán siendo propiedad de la empresa contratista. Mientras sigamos con esta empecinada costumbre de votar cada dos años, esto seguirá siendo un gran negocio para empresas como MSA.

Primer round: un exitoso fracaso

El domingo 5 de julio tuvo lugar la primera vuelta en las elecciones. A las 21.00 horas la página web del gobierno de la ciudad anunciaba que ya se había escrutado el 90 por ciento de las mesas. Los medios estaban exultantes, tenían resultados y tenían discursos. Todos cantaban loas al voto electrónico que les había permitido irse a dormir en paz. “Fácil y rápido” eran las nuevas estrellas de la noche, “libre, universal, igual y secreto” era cosa de puristas y fanáticos.

Sin embargo, apenas pasada la cobertura de los principales medios el conteo de votos se clavó en 93 por ciento. Hasta las dos de la madrugada, hora en que me venció el sueño, seguía clavado allí. Más tarde me enteraría que el Tribunal Superior de Justicia había citado a los apoderados de los partidos para hacer el escrutinio de 532 mesas que no se pudieron procesar por fallos en la transmisión de datos de las máquinas electrónicas. El tribunal superior había ordenado trasladar las máquinas y en las redes sociales se preguntaban el por qué de tal medida si las máquinas “no tenían memoria y no almacenaban ningún tipo de información” según lo dicho tantas veces por la empresa.

Habían pasado ocho horas desde la finalización de los comicios, y todavía había 184.317 votos sin escrutar. Esto representaba el 7% del padrón, y era el equivalente a una comuna entera. Habiendo más de 20 puntos de diferencia entre el primer y el segundo candidato a Jefe de Gobierno, esta cantidad para nada despreciable de votos no alcanzaba para torcer el resultado, si bien podía resultar determinante en las demás categorías. De haberse tratado de un resultado más ajustado, el escándalo y las acusaciones cruzadas de fraude no habrían tardado en llegar.

Apenas unos meses antes, el partido que hoy gobierna la ciudad e impulsa el voto electrónico, perdió la gobernación de la provincia de Santa Fe por apenas 1.776 votos, un 0,1 por ciento del padrón electoral. Con el voto electrónico, la cantidad de votos que no pudieron ser escrutados superó en más de cien veces la cantidad de votos por la cual perdieron la gobernación de Santa Fe.

Los problemas no terminaron allí. Una vez más, a través de las redes sociales me entero que en la página oficial del gobierno de la Ciudad figuran varios casos en los que ¡los votantes superaban la cantidad de electores! Definitivamente, esto era lo más parecido a un fraude que se había visto en mucho tiempo.

Sin embargo, estudiando un poco más la cuestión se llegó a descubrir que la cantidad de votantes de la comuna 15 estaba cruzada con la de la comuna 1, la 14 con la 2, la 13 con la 3, y así, sólo la comuna 8 tenía los datos correctos. ¡La empresa había invertido el orden de los electores de las comunas! Se trataba del único dato fijo que debían tener cargado por anticipado, y lo habían ingresado mal. Estos datos, fueron eventualmente modificados en algún momento de la madrugada. Todo el episodio dejó en claro dos cosas: el sistema no tenía esa validación mínima entre votos y electores, y la empresa podía modificar “a mano” la información del escrutinio.

Frente al sistema de boleta única impresa, la únicas ventaja que podría presentar el voto electrónico era la velocidad y precisión del escrutinio. Ni una ni otra se cumplió en estas elecciones, lo cual no impidió que medios y políticos festejaran el éxito del voto electrónico.

Segundo round: no aclaren que oscurece

Ningún candidato obtuvo más del 50 por ciento en la primera vuelta, razón por la cual el voto electrónico tuvo su segundo round en forma de ballotage. Las nuevas tecnologías permitieron nuevas apioladas. Esto lo comprendieron perfectamente los dos contendientes que pasaron al ballotage, quienes se cruzaron con fiereza por el tamaño de la opción de voto en blanco. La misma pasó de ser un pequeño botón en la esquina inferior derecha a ocupar una franja entera de la pantalla, aumentando de manera nada inocente más de ocho veces su tamaño en tan sólo 15 días. Las opciones defendidas por cada partido son una clara muestra de picardía criolla en la era digital. Finalmente el voto en blanco fue del 5,05 por ciento, el más alto de toda la historia de elecciones para jefe de gobierno porteño. Difícil saber si se debió al éxito de la maniobra o al poco entusiasmo que despertaron los candidatos.

Otra sorpresa más nos deparaba el ballotage. En un informe emitido por la facultad de Ciencias Exactas de la UBA informaban que en las dos semanas transcurridas entre la primera vuelta y el ballotage, la empresa había modificado 10.000 líneas de código fuente en casi 200 archivos. Recordemos que el código fuente es lo que determina qué hacen las máquinas de votar. Al no poder revisarlo libremente, seguimos sin saber qué hacen las máquinas, y aunque lo supiéramos de nada nos serviría si la empresa tiene la facultad de introducir a último momento cambios masivos sin dar ninguna explicación.

Por último, y por si pensábamos que la cosa no podía empeorar, unos días antes de la fecha del ballotage, Javier Smaldone, un programador oriundo de Córdoba que viene estudiando asiduamente el tema del voto electrónico, denuncia en su blog un hecho de suma gravedad. Contando con la posibilidad de acceder a una de las máquinas de votar, encontró que en su interior, además de la computadora usada para desplegar en pantalla las opciones, había otra computadora destinada específicamente a controlar la impresora térmica y a leer y escribir los chips de las boletas. Dicha computadora, que no había sido detectada por ninguna auditoría ni informada por la empresa, cuenta efectivamente con una memoria persistente, y además puede ser programada para almacenar toda la información que se graba en los chips, es decir, todos los votos emitidos con esa máquina. Para colmo de males, las máquinas votar tienen un conector de fácil acceso a través del cual se puede programar y extraer la información de esta segunda computadora. En el artículo se muestran varias fotos de dicho cable e incluso el acta de un presidente de mesa dejando constancia de este hecho.

Esto tiraba por la borda todas las versiones de la empresa que autoridades del gobierno de la ciudad, presidentes de mesa y medios de comunicación repetían incondicionalmente. No se trataba de una impresora, ni siquiera de una computadora, sino que había dos de ellas. La computadora sí tenía memoria, y eso abría la posibilidad de que se grabaran los votos que se emitían.

Llamativamente ningún medio se hizo eco de esta denuncia.

***

Si el día de mañana se comprobara que la magia de la empresa MSA no es tal, y que en realidad la licitación estaba amañada o que algún partido político conspiró para perpetrar un fenomenal fraude electrónico, no causaría mayor sorpresa. Las empresas buscan ganar dinero tanto como los políticos ganar elecciones, y no será la primera ni la última vez que esto dé lugar a asociaciones non sanctas.

Sin embargo la controversia en torno al voto electrónico, o mejor dicho la falta de ella, puso de manifiesto falencias más graves de nuestra sociedad.

Los controles institucionales no pudieron siquiera lograr que se cumpla la ley y esta cuestión se debatiera en la legislatura. El periodismo en general aceptó ser amonestado cuando hablaban de “voto electrónico” en vez de “boleta única electrónica”, sin indagar mínimamente el por qué del abrupto cambio. La empresa en tándem con el gobierno de la ciudad repitieron imperturbables y gruesas mentiras sin que se les moviera un pelo. La población en general, alentada por los medios, sólo se preocupó por la facilidad de uso del nuevo artefacto. El arco político tan sólo presentó algún cuestionamiento cuando pensaban que podrían perder algún voto, sin llegar a ver la cuestión de fondo. Los medios silenciaron sistemáticamente las opiniones adversas de los expertos, y sólo se pudo encontrar una fisura cuando allanaron la casa de Joaquín. La comunidad de informáticos y expertos del tema, a pesar de sus sólidos argumentos no logró siquiera despertar una sana sospecha en la ciudadanía. La sociedad en su conjunto se rindió ante el “más rápido”, “más fácil” y “más moderno” sin llegar a comprender lo que estaba en juego.

Sin duda puede aplicarse los beneficios de la tecnología al proceso electoral, pero no para hacerlo más fácil, rápido y moderno, sino para fomentar la transparencia, participación y control por parte de la ciudadanía.

Holanda tardó más de veinte años en abandonar el voto electrónico y volver al viejo sistema manual. Nosotros deberíamos poder mejorar esa marca, a menos que Joaquín tenga razón cuando dice que el voto electrónico no es joda, y toca intereses grandes.




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