24/06/2018

Un apellido con mala prensa

Alfredo Astiz padre era el jefe del Centro de Prensa Mar del Plata durante el Mundial 78, mientras su hijo secuestraba, torturaba y desaparecía en la ESMA. Por Luciana Bertoia.


El 31 de mayo de 1978, un día antes de que arrancara el Mundial, el capitán de navío retirado agarró una lapicera y escribió un mensaje en el libro para sugerencias que iban a usar los periodistas que habían llegado a Mar del Plata a cubrir el campeonato. Luego, tomó su selló y lo estampó: Alfredo B. Astiz. Cap. De Navío (R.E). Jefe Centro de Prensa Mar del Plata. EAM 78”. No lo decía en el sello, pero también era el padre del joven teniente con rostro aniñado que secuestraba, torturaba y desaparecía en el mayor centro clandestino de la dictadura. Al capitán retirado le tocaba una misión delicada: mostrar a los periodistas que los crímenes que tenían a su hijo como perpetrador no existían.

Alfredo Bernardo Astiz ya no estaba en la Armada cuando la Argentina organizó la Copa del Mundo. Aun así, contó con la venia del contraalmirante Carlos Alberto Lacoste, el todopoderoso vicepresidente del Ente Autárquico Mundial (EAM) 78 y también gerente de Prensa, Promoción y Relaciones Públicas, para hacerse cargo del centro de prensa que funcionaba en el Hotel Provincial de la ciudad balnearia. Justo frente al mar.

Actas del Centro de Prensa de Mar del Plata. (Fondo EAM ’78, Archivo Nacional de la Memoria)

Mar del Plata albergó a uno de los candidatos a hacerse con la Copa: Brasil. La mayoría de las firmas en el libro de sugerencias que inauguró Astiz padre estaban en portugués, aunque las había en otros idiomas. Los mensajes de reporteros entusiastas con el Mundial 78 y agradecidos con el marino retirado se sucedían en el libro, que está siendo actualmente preservado por el Archivo Nacional de la Memoria (ANM) junto a otros miles de documentos emitidos por el EAM 78.

“Por el trato, por la atención, por la comprensión, por el permanente afán de solucionar problemas y colaborar en nuestra tarea. Fue allí, en esas circunstancias, donde su nombre siempre estuvo presente”, dice una nota mecanografiada que enviaron reporteros gráficos el 9 de junio de 1978 a Astiz padre.

Un nombre siempre presente

A Santiago Lennie lo habían secuestrado junto a su mujer y su hija menor a principios de 1977. Fueron llevados a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde estaba también cautiva su nuera embarazada, Silvia Labairu, la chica a la que Alfredo Astiz hijo había forzado a hacerse pasar por su hermana cuando estaba infiltrado entre los familiares que se reunían en la Iglesia de la Santa Cruz. Silvia dio a luz a su beba, Vera, en abril de 1978. Astiz hijo era el encargado de llevar a la hija de Silvia a la casa de sus suegros mientras ella seguía secuestrada en la Esma. Allí era donde Santiago escuchaba las peroratas del joven marino, como le relató al periodista Uki Goñi para su libro Judas. “Me contaba que él no le guardaba rencor a la Marina a pesar del modo en que Massera había tratado a su padre.”

Nacido en 1925, su padre había pasado en retiro en 1975 al tiempo que ascendía Massera a lo más alto de la Marina. Según el periodista José Vales, a Massera no le caía en simpatía ese marino que había sido enviado naval en Estados Unidos.  De su legajo surge que fue el mismo Astiz padre el que pidió el retiro voluntario y a los diez días el propio Massera quien se lo otorgó. ¿También el que se lo había pedido? Al momento de hacer el pedido tenía 50 años, demasiado joven para retirarse.

Libro de actas del Centro de Prensa de Mar del Plata. (Fondo EAM ’78, Archivo Nacional de la Memoria).

En octubre de 1977, el general Antonio Merlo -a cargo formalmente del EAM- le pidió a la Armada el aval para contratar a Astiz padre. La Marina respondió rápidamente y la autorización estuvo firmada por el contraalmirante Horacio González.

Antes de retirarse, Astiz padre había estado a cargo del Servicio de Hidrografía Naval, el instituto dedicado al estudio de las aguas y a brindar seguridad náutica. En 1959, mientras era capitán de corbeta, tuvo bajo su responsabilidad el buque taller ARA “Ingeniero Gadda”. Entre 1967 y 1968, como capitán de fragata había oficiado de comandante del rompehielos ARA “General San Martín”.

El legajo de Astiz padre lo presenta como un hombre del mar, a diferencia de su hijo, cuya cara está inevitablemente asociada a la tortura y los centros clandestinos. Para cuando se celebró la Copa del Mundo en la Argentina, Astiz hijo ya había participado en desapariciones emblemáticas: los secuestros de la Iglesia de la Santa Cruz, de la adolescente sueca Dagmar Hagelin y del periodista Rodolfo Walsh. En marzo de 1978, había sido identificado por exiliados en París como el entregador de las monjas francesas. Toda una foja de servicio asociada a la muerte.

Ya en retiro, Astiz padre se mantuvo como un bon vivant. En los ‘90, oficiaba como secretario del selecto Club Mar del Plata SA, una entidad vinculada a los campos de golf. Según publicó el periodista Luis Bruschtein en Página/12, también era socio-vitalicio del Yacht Club de “La Feliz”, donde solía verse con su hijo.

Ente Autárquico Mundial 1978. Sólo para periodistas

Falleció el 14 de marzo de 2003. No llegó a ver a su hijo volver a la cárcel tras la anulación de las leyes de amnistía. Años después de su muerte, apareció vinculado a la entrega de un bebé nacido en 1977 a un albañil que trabajaba en su casa. Su mujer, María Elena Vázquez, terminó procesada por ese caso. Pese a haberse hecho los análisis, no se pudo determinar la identidad del joven. Sigue siendo otro secreto preservado por los lazos de sangre de los Astiz con la última dictadura.

Fuente: Papelitos



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