21/04/2018

“Por nuestro derecho a opinar y por todos los pueblos indígenas, resistimos”

Reconocerse como mujer indígena puede ser tan desafiador como habitar ese lugar, principalmente en un contexto urbano en el que la mayoría de sus luchas y de especificidades son silenciadas. No se trata de una batalla por el reconocimiento de la igualdad, no se reduce al acceso a los derechos universales. Es un asunto de diferencias o por lo menos así lo consideran muchas miembras de pueblos ancestrales que salen de sus aldeas para defender la voluntad de su comunidad y para reafirmar su identidad como mujeres y como indígenas. Por Luna Gámez | Pikara.

Simone Eloy, de la etnia terena, y Sandra Benites, guaraní nhandewa, son dos lideresas indígenas que salieron de sus comunidades para estudiar en la Universidad y defender los derechos de sus pueblos. Ambas provienen de Mato Grosso do Sul (MS), el segundo estado con mayor población originaria de Brasil. Segundo, también, en el ranking de concentración de tierras, en manos de grandes latifundiarios y ganaderos, lo que provoca uno de los más violentos y longevos conflictos resultante del avance de la soja y del ganado sobre las tierras ancestrales, que hoy representan apenas un dos por ciento del total de la región, estando la mayoría aún sin demarcación oficial.

Como varias otras lideresas indígenas, Simone y Sandra salieron de sus pueblos con una larga trayectoria de militancia, como “guerreras”, según ellas afirman. Descubrieron una fuerza que creían no poseer cuando todas sus aldeas se movilizaron para intentar recuperar las tierras de las que habían sido expulsadas por los latifundiarios, a quienes se enfrentan cada día para intentar salvaguardar sus raíces. Una lucha política que ya ha costado la vida de muchos familiares y caciques, y que pretenden visibilizar en la ciudad con un esfuerzo hasta el momento nada desdeñable.

Sentimiento de comunidad en la ciudad

Las voces de una mañana de domingo dan vida a la imagen arquitectónicamente regular de un complejo de viviendas sociales de un barrio casi céntrico de Río de Janeiro. En la entrada de uno de los bloques de apartamentos, un cartel, que en su día presentó una asamblea indígena urbana, sirve hoy para anunciar que entramos en un territorio urbano de comunidad y resistencia de pueblos ancestrales. Se trata de un edificio que el Ayuntamiento de la ciudad concedió a algunas familias indígenas expulsadas de la aldea indígena urbana Maracaná, donde se comenzó a construir un aparcamiento para la Copa del Mundo de Fútbol de 2014, que no ha sido concluido por la presión de algunas familias que permanecen resistiendo en el asentamiento.

En el tercer piso viven Simone y Sandra desde que se conocieron en la Universidad Federal de Río de Janeiro, donde ambas cursan sus estudios de posgrado. Sus pies pisan cuadradas baldosas, el techo duro de cemento no permite sentir el olor de la lluvia como lo hacen las cañas de las ‘malocas’ (viviendas indígenas). Sus sueños anidan en apartamentos blancos, apilados al estilo habitacional urbano, con ventanas cuadradas a las que hasta ahora, por suerte, todavía no ha llegado ninguna bala proveniente de los conflictos de las favelas que rodean el complejo de viviendas.

“Tendrían que atravesar todos estes bloques amontonados para llegar hasta nosotras”. Es la respuesta de Simone al tiroteo que escuchamos desde su apartamento, seguida de las risas, claramente irónicas, que pretenden obviar el hecho de que nadie se quiere acostumbrar a vivir con la proximidad de la violencia. Los frijoles ya están hirviendo en la olla a presión, al lado terminan de cocerse unos pedazos de mandioca y un poco de arroz. “La ciudad también es un lugar de resistencia, cada uno lucha desde donde puede”, cuenta Sandra mientras mete una lasaña en el horno.

A pesar de tener a sus cuatro hijos ya criados, a Sandra le pesa la ausencia de no tener el encuentro diario con sus familiares y vecindario de la aldea alrededor de un ‘chimarrão’ – ese mate que la gente de Argentina, Uruguay, Paraguay o Chile heredó de algunas culturas indígenas sudamericanas -. En un trago de agua fresca se ahoga la nostalgia por la hierba guaraní, y sus labios mojados sonríen al escuchar a algún vecino acompañando a viva voz el “felices los cuatro” de Maluma. Los muros del edificio son tan finos que casi parece que estuviese cantándole la letra al oído. Tal vez es esta proximidad la que hace que otras amigas indígenas del edificio intuyan que los frijoles ya están listos. La olla a presión ha parado de girar y llegan para almorzar. Conviven juntas pero cada mano que se lleva una cuchara a la boca tiene una historia de resistencia diferente que contar.

Sandra Benites retratada por Marcos Brailko

Reafirmar la identidad de mujer indígena

Con largos pero demorados pasos, a sus 40 años, Sandra consiguió entrar en la Universidad. En un contexto que se presupone, generalmente, abierto, crítico, progresista o, inclusive, feminista, ella no se identificó en el lugar. No se hablaba del cuerpo de las mujeres, menos aún del de las mujeres indígenas, y justificar una ausencia a clases por menstruación era recibido con miradas de desaprobación. “No me reconozco como mujer indígena en la academia porque no existe ese lugar”, afirma Sandra. Desde pequeña se acostumbró a lidiar con el silencio durante su menstruación. Así es como muchas indígenas aprenden desde niñas a escuchar y cuidar de su cuerpo. Permitirse el descanso no es solo una forma de renovar sus energías, sino de dejar que la mente reciba los sueños. “Cuando niña soñaba con ser como una profesora que tuve. Cuando estoy sola es cuando encuentro la fuerza para defender cómo quiero ser”, relata.

En la ciudad el ritmo no para por el hecho de menstruar, ni de ser madre, ni de querer sentarse a reflexionar. Si te despistas te quedas fuera de lo que parece ser una carrera. “¿Cómo me voy a reconocer como mujer indígena si mis demandas son consideradas insignificantes?”. Respaldada por el deseo de respeto a la diversidad, esta guaraní comenzó desde ese momento a defender sus identidades: indígena y mujer, en la comunidad y en la ciudad.Fuera de la aldea, el poder proviene del dominio de la lengua de la población blanca que ella solo aprendió cuando ya tenía 27 años. “¡Cuánto los guaranís sufrimos por no saber portugués!”, cuenta. Ahora no está dispuesta a callar. Sus palabras ocupan la transmisión de saber académico así como ancestral, pues su abuela le enseñó que siendo las mujeres las contadoras de la mitología indígena se podría acabar con la idea, por ejemplo, de que varias etnias se crearon a partir del error de la mujer. Considerando el mito como una narrativa colectiva de los procesos históricos de su pueblo, ella afirma que “nosotras mujeres podemos transmitir a las futuras generaciones que Nhandesy, madre de todos los guaranís, no fue castigada por hablarle mal al dios Nhanderuvusu, como muchos hombres contaron”.

Conseguir expresar su opinión como mujer dentro de la comunidad para Sandra también ha sido una batalla, pero “nuestro poder de circular y de hablar fuera de la comunidad hace que los hombres indígenas nos respeten un poco más”. La indígena tiene que legitimarse constantemente fuera y dentro de la comunidad: insistir en que estudiar puede ser un deseo legítimo así como que un padre crie a su hijo porque su madre está en la Universidad, o como adornarse la cabeza con plumas, tatuarse el cuerpo con los dibujos tradicionales de genipapo -fruto regional a partir del que se prepara la pintura ancestral corporal- o ponerse pintalabios para completar el atuendo de un ritual. Sandra considera que está construyendo una vida entre dos mundos, no siente ser la misma persona que dejó la aldea, pero “yo no me pierdo entre esos mundos, reafirmarme como mujer guaraní es mi orientación”.

Lideresa e inspiración para otras indígenas

¿Y qué va a pasar con Pedrito? ¿Cómo vas a dejar a Leosmar solo? ¿Dónde vas a vivir? Sentada frente a la pantalla de su ordenador, Simone se imaginaba la lluvia de preguntas que caería sobre ella cual tormenta cuando contase a sus parientes que había sido aceptada para estudiar un máster en Antropología en Río de Janeiro. El miedo empujaba a la ilusión, el orgullo se enfrentaba a la pena y las manos le sudaron hasta que admitió, frente a todas las miradas críticas, que eso era lo que deseaba. “¡Río de Janeiro es peligroso!, ¡vas a morir!, ¿y si acabas en alguna favela?”, fueron las primeras reacciones. Después vendrían las reprimendas. “Recuerdo cómo fui criticada cuando en la comunidad se enteraron de que iba a salir a continuar mi formación en otro Estado. Era una mujer casada que se separaba de su hijo para ir a la Universidad, pero el deseo de alcanzar mi sueño fue mayor que cualquier palabra de desánimo”.

Cae el sol en la aldea indígena Vila Nova Amazonas

Estudiar, luchar por su tierra y defender su identidad como mujer indígena. Esos sueños que nacieron como deseos individuales se transformaron en colectivos cuando en la Licenciatura de Derecho en Dourados (Matto Grosso do Sul), Simone comenzó a participar en los movimientos sociales de su pueblo y se convirtió en representante de las personas académicas de su etnia. “Necesitamos conocer el mundo de los blancos, saber usar sus conocimientos y herramientas para luchar por nuestros derechos. Yo viajo, estudio y lucho como india terena. En mi comunidad seguiré mis tradiciones pero con un nuevo instrumento que es la sabiduría que estoy adquiriendo”. Lideresa de los diversos encuentros nacionales de estudiantes indígenas, portavoz de su comunidad en la Conferencia Mundial de los Pueblos Indígenas en Nueva York, directora del proyecto ‘Voz de las mujeres indígenas’ en ONU Mujeres o consultora en el órgano de Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil (APIB) son algunas de las actividades políticas en las que participa.

“Ser mujer indígena, para mí, es toda mi trayectoria, que no fue fácil”. La palabra del orgullo cae en el silencio. El largo silencio de quien parece toparse con una emoción estremecedora en el acto de rebuscar en el baúl de los recuerdos. Los cabellos negros que le sobresalen del coletero ondean con el viento que entra por la ventana. Y, como si hubiese tomado impulso mientras miraba de pie hacia la calle, se sienta y reproduce en voz suave lo que otras mujeres le dicen cuando ella regresa a su comunidad: “Eres una guerrera” o “tú me representas”. Esta es su motivación para continuar la lucha. “Como un espejo”, matiza ella, así se identifican otras mujeres con nosotras: “Las otras que no tuvieron una oportunidad de salir fuera a contar lo que los pueblos indígenas vivimos. Por ellas, por nuestro derecho a opinar y por todos los pueblos indígenas resistimos”.

Quieren ser ellas las que cuenten su propia historia, la de la opresión y la de la resistencia. No aquella Historia, con mayúsculas, relatada en hojas encuadernadas y que omite, hasta hoy, el sufrimiento de todas las indígenas violadas y explotadas para construir una nueva nación. Tampoco la versión del latifundiario que planta soja sobre el santuario de su antepasados para que el agronegocio se convierta en el primer responsable del aumento del PIB brasileño. Ni la de de los diputados que defienden la Enmienda Constitucional 215 para que el Congreso – con 198 representantes del Frente Parlamentar de la Agropecuaria – tome partido en la demarcación territorial indígena ralentizando aún más el proceso. Con su palabra, en la comunidad o en la ciudad, Sandra y Simone quieren contar lo que otras no pudieron.


Pueblos originarios en Brasil

En Brasil, la población indígena representa un 0,4 por ciento del total y las Tierras Indígenas reconocidas suman 709, lo que supone un 13 por ciento de la superficie del país, según el Atlas de la Agropecuaria Brasileña, aunque la gran mayoría están sin demarcar. El Gobierno incumple su propia Constitución, que propone que la demarcación se culminaría en 1993, y viola el derecho internacional en el reconocimiento de las tierras de pueblos autóctonos, según la Declaración de la ONU de 2007. Desde entonces, gran parte de estas tierras ancestrales ha sido destinada a la ganadería o a plantaciones de soja y de caña de azúcar. Los pueblos expropiados se han visto obligados a enfrentarse ellos mismos contra los grandes propietarios agrícolas, con sus pistoleros y milicias que amenazan, atacan y asesinan a sus miembros, siendo los caciques y otros líderes los principales objetivos, como sucede los terena. O sobrevivir hacinados en degradantes condiciones a los márgenes de las carreteras esperando las resoluciones oficiales de demarcación, como es el caso del pueblo guaraní, el más numeroso de Brasil, representativo también por sus altos índices de suicidio colectivo frente a la desesperación.


Foto portada: Simone Eloy recibe un collar sagrado de la Madre Jurema protectora de las selvas durante la 10 Assemblea del Pueblo Terena en la Tierra Indígena Buriti

Fuente: www.pikaramagazine.com

 



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