23/03/2008

¿Espacios para qué memoria?

fachada03.jpgLos espacios de permanencia inevitablemente dejan huellas. El tiempo se encarga o bien de diseminar la materia de los acontecimientos o bien de ejercer la constancia perdurable de los mismos. Así, el tiempo no actúa solo, por propia predisposición, a su antojo. El tiempo se hace de historia. Las prácticas evidenciarán, en definitiva, los modos de construcción consciente que tiene la sociedad de acuerdo a su transcurrir. Todo debería indicar que “la memoria del trauma, la memoria del horror, es memoria en duelo, es decir, memoria cubierta de muerte pero también o precisamente por eso es memoria que exige justicia”.


Desde su asunción, Néstor Kirchner basó su plataforma política en un discurso legitimador en materia de Derechos Humanos. Se arrogó la responsabilidad de la anulación de las leyes de impunidad y utilizó un escenario como la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA) para pedir perdón en nombre del Estado por tantos años de silencio y complicidad. Hábiles tácticas que le permitieron autoproclamarse como el “presidente de los Derechos Humanos”.

La política oficial promovió una avanzada sobre los que fueron los centros clandestinos de detención por los que pasaron los 30000 desaparecidos. No fue casual la elección de la ESMA ni de La Perla como escenarios para los discursos presidenciales, ambos emblemáticos ejemplos de la aplicación del Terrorismo de Estado tanto en el ámbito porteño como en el interior del país. También, la mira kirchnerista se posó sobre el Pozo de Banfield y Campo de Mayor, lugar elegido para uno de los actos previos al próximo aniversario del golpe. Toda esta compulsión oficial por los lugares en que funcionaron los campos de exterminio reaviva un debate sobre qué memoria se construye o debe construirse desde allí.

¿Qué es recuperar la memoria? ¿Qué se hace o deshace instalando nuevas formas en los lugares donde sólo puede primar la existencia de la muerte y el dolor y el relato de eso? ¿Cómo interviene la experiencia cuando se reabren esos espacios para fines culturales, creativos? ¿Cómo se transmite a la sociedad qué implicó la ESMA si esa misma construcción tendrá un color diferente? ¿Qué transformaciones vive, entonces, una historia aferrada a esas paredes cuando esas mismas paredes fueron producto de un maniqueo reparto oficialista? ¿Cómo trabaja la resistencia frente a la construcción de un museo?

La ESMA, en su totalidad, actuó como campo de exterminio, como el precipicio donde la tortura, el asesinato y la desaparición ejercieron los papeles necesarios para velar los gritos de resistencia de tantas mujeres y hombres convencidos de la necesidad de que el cambio radical de la sociedad debía efectuarse. La ESMA, constituye “un emblema de la muerte”, un “centro de experimentación del dolor”.

Allí no cabe nada más que el dolor del recuerdo: “Darle vida a la vida y dejar que la muerte sirva como recuerdo, reflexión, elaboración. El dolor tiene que doler, que conmueva, que uno vaya a un centro clandestino de detención y duela. Que surjan las preguntas: ¿cómo pudo pasar esto? ¿Dónde estaba yo cuando esto pasó? Darle vida donde hubo tanta muerte es una operación de maquillaje”. Así lo remarca Alfredo Grande, quien se anima a enaltecer las sensaciones que se asocian al dolor como modos de reafirmarse en la vida como un modo de enfrentar y combatir la indiferencia.

La lucha por juicio y castigo a los represores es una lucha que continúa; así, el significado del genocidio debe encarnarse en dolor y repudio para que esa pelea indispensable cobre mayor dimensión y conciencia. Interpelar desde un centro clandestino de detención hace que el desconcierto se convierta en conocimiento, que las palabras tortura, picana, apropiación, desaparición, traslados, adquiera movimiento, sustanciabilidad, materialidad, que se impregne en la imaginación de las personas que aún lo desconocen. Como infiere Sandra Lorenzano en el libro Políticas de la memoria: “La memoria del trauma, la memoria del horror, es memoria en duelo, es decir, memoria cubierta de muerte pero también o precisamente por eso es memoria que exige justicia”.

LOS USOS FALACES QUE EXTINGUEN LA MEMORIA

Las políticas estatales que se han desarrollado desde la apertura del período constitucional se ocuparon, no sólo con las leyes del perdón sino también a través de la funcionalidad institucional y mediática, de silenciar el terrorismo de Estado. Este velo caló tan hondo en la sociedad que la indiferencia se ha convertido en la herramienta necesaria para avanzar en las acciones represivas. De esta manera, la maquinaria de exterminio que funcionó en los más de 500 centros clandestinos de detención, mantuvo y mantiene su impunidad a lo largo de los años gracias al aval otorgado por las diferentes representaciones y procesos subjetivos que fueron desprendiéndose de esta cultura del olvido y el perdón.

Hace cuatro años un discurso hábil se encendía. Una variedad en la estrategia. Una necesidad de hacer algo con lo ocurrido durante el golpe de Estado. Abrir los campos. Cambiar las instalaciones, hacer proyectos, ahincarse por dibujar las fachadas para remodelar un pasado que con el tiempo deberá ir saldándose. Los centros clandestinos de detención constituyeron los adminículos claves de la campaña kirchnerista. A través de esos lugares de aniquilamiento, también, se cimentó la credibilidad necesaria para avanzar con la política de Estado.

La presidencia de Néstor Kirchner, en materia de Derechos Humanos representó la obsesión por los centros clandestinos de detención (CCD), por la necesidad de darle una nueva fachada a esos predios. El objetivo de levantar nuevos edificios, radica en la necesidad de desvirtuar una totalidad y fragmentar un espacio que funcionó como centro de aniquilamiento: “El gobierno no va a presentar el proyecto de país por el que lucharon los militantes. Va a ir generando esta memoria muy de cuestiones puntuales, con muchos huecos en el medio”, afirmó al respecto Enrique Fukman, integrante de la Asociación Ex detenidos Desaparecidos (AEDD) y sobreviviente de la ESMA. Así, la realidad de que en la Argentina hubo un genocidio perpetrado desde el Estado continúa licuándose y con ello la memoria histórica se disuelve en segmentaciones y en nuevos tipos de indiferencia.

Varios fueron los proyectos que han sido presentados impulsando diferentes modos de hacer algo con el centro clandestino de detención que funcionó en la ESMA, sitio por el que pasaron más de 5000 personas: “La ESMA, así como otros sitios que funcionaron como centros clandestinos de desaparición y exterminio durante la dictadura, constituye una evidencia material que caracteriza y testimonia el desarrollo de un proceso histórico: la implementación de prácticas sociales genocidas en Argentina durante las décadas del 70 y 80”, expresa la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos. Se desprende de esta formulación que la utilización del espacio debe tener como eje central la alimentación del tejido histórico que representa, “su conservación como sitio-testigo del genocidio debe incluir medidas para su seguridad, su mantenimiento y su futuro, no debe distorsionarse la evidencia que posea”.

Es indudable e indiscutible que la transformación simbólica y material efectuada en la ESMA generó un debate sustancial que tendió a cerrar lineamientos en torno a diferentes concepciones y necesidades. Así, las propuestas vislumbran no sólo una posición acerca de la construcción de la memoria sino también los grados de acercamiento a un gobierno que, en un palco montado en el mismo centro de exterminio, utilizó un espacio clave para avalar un mandato que necesariamente debía levantar la bandera de los Derechos Humanos. Esa carta de presentación encontró el abrazo de una gran cantidad de organizaciones que hicieron de la Escuela de Mecánica un ámbito de disputa y un tironeo por obtener el lugar ideal.

Lotear la ESMA es eludir que en su totalidad fue un campo de exterminio pues todo estaba al servicio del Casino de Oficiales, donde estaban alojados los detenidos-desaparecidos. “Si teníamos algún problema grave de salud– ejemplifica Osvaldo Barros-, nos llevaban a la enfermería; a algunos compañeros los hicieron trabajar en el taller de automotores y a otros, en la imprenta de la ESMA. Para trasladarse, iban con los ojos vendados a lo largo de dos o tres cuadras dentro del predio. El campo de deportes fue utilizado para cremar los cuerpos de quienes morían en la tortura o que llegaban muertos y que no podían ser trasladados en los vuelos de la muerte”. Centralizar el museo, tal como se lo plantean las iniciativas oficiales, en lo que fue la Casa de Oficiales implica cercar el relato. Si realmente fuera un “Espacio para la Memoria”, no se trataría de hacer de ésta “un relato cómodo, que fije la historia en tanto discurso domesticado sino de subrayar ese movimiento constante que impide que sea encasillada y silenciada”. Si no fuera porque existió toda una maquinaria al servicio del terror, la Escuela de Mecánica no podría haber sido un campo de tortura, desaparición y muerte por el que pasaron más de 5000 detenidos-desaparecidos.

“Operación de maquillaje”

“Pintar vida donde hubo muerte”, resulta un eufemismo que pretende trasponer lo intransferible, el dolor, esencia que caracteriza una realidad de pertenencia y es esa misma realidad de tortura y exterminio la que debe permanecer insoslayable: “Para que este gran campo de concentración golpee, despierte el interés y la memoria de los que por ahí pasan, tenemos que dejarlo tal cual está. Hay muchos que dicen que si era un lugar de muerte y que ahora tiene que ser un lugar de vida. Nosotros pensamos que eso no es cierto. Si ese fue un lugar de muerte, debe ser recordado como tal”, expresa Osvaldo Barros, integrante de la Asociación Ex Detenidos Desaparecidos y sobreviviente de la ESMA.

Construir un centro cultural, una escuela de oficios, colocar flores en las paredes implica la desnaturalización del lugar: Con las flores y los soles se genera, en corto plazo, un encallamiento de las marcas de un recuerdo que debe mantenerse perenne en cuanto a la verdadera trascendencia que recorren los hechos acaecidos. La consecuencia que deviene de esta práctica aleja el sentido de la resistencia y diluye la memoria convirtiéndose en una nueva funcionalidad al servicio de “las tendencias más de derecha que están profundamente interesadas en que todo eso se olvide”. Y no sólo de la declarada derecha, sino también de las filas del kirchnerismo que vieron y ven en la reapertura de la ESMA el bastión para legitimar su discurso. Discurso que termina por ocultar la verdadera magnitud del genocidio perpetrado.

La misma realidad que demuestra que los diferentes gobiernos a través de sus políticas han buscado hacer del olvido el arma necesaria para nublar a la población e impedir reconocer un pasado histórico, a 32 años del golpe militar, los significados que se empalman en la constitución de los centros clandestinos de detención así como todo el engranaje que representa la masacre genocida, no son reconocidos por el conjunto de la sociedad.

El discurso sobre la teoría de los dos demonios, fue un elemento indispensable para asumir que la “irracionalidad” y la “locura” habían atacado al “pueblo argentino”: Todo esto tuvo y tiene consecuencias en la subjetividad social, consecuencias tan graves como la propia dictadura. Revertirlas se logrará, no solo anulando las leyes de impunidad, sino aplicando una política clara, contundente y explícita que impulse a construir memorias sobre la base de la justicia, es decir el juicio y castigo de todos los responsables del genocidio y la verdad sobre el destino de los desaparecidos y sus hijos apropiados. Parte de esa política necesaria es el reconocimiento pleno de la existencia de centros clandestinos de desaparición y exterminio, sin desvirtuar su significación como tales a través de su utilización para otras actividades, sostienen desde la AEDD.

De este modo, resulta inexplicable que se busque encender luces en un espacio donde las madres parían con los ojos vendados, donde mujeres y hombres yacían tabicados en sus “camarotes”. La memoria va pereciendo si de esa oscuridad propia del genocidio se hace un colorido espacio de tránsito, tal como lo desarrolla la AEDD: “No puede ni debe diluirse lo que allí ocurrió detrás de otras actividades, aunque se trate de prácticas que estén vinculadas a los Derechos Humanos en su concepción más general. Muchos son los espacios donde estas actividades pueden llevarse a cabo sin necesidad de hacerlo en el Centro de Detención y Extermino que es símbolo en el mundo entero de la represión dictatorial en Argentina”.

Las diferentes transformaciones que allí serán dispuestas terminarán velando efectivamente a la ESMA como el territorio donde se diseñó una técnica que ocultaba lo que desplegaba: aniquilación y desaparición. Durante los años del golpe militar, eran miles los que diariamente pasaban por la fachada de la ESMA y no reconocían o no querían reconocer que allí se organizaba y consolidaba el exterminio: Para buena parte de la sociedad, recién comienza la hora de recordar, de saber, de aprehender, de comprender. Es a partir de esa marca del desconocimiento, que las posiciones en torno al qué hacer en la ESMA tendrían que estar enmarcadas en mostrar el genocidio.

Si en su momento, los gritos de la tortura y la muerte diaria eran obviados por gran parte de la gente; después de 32 años, la construcción de la memoria a partir de la toma de posesión del predio tiene que estar impregnada de cada rincón de la muerte: “El dolor ha sido capturado por el sentido único de la cultura represora que consiste en reprimir el deseo y sostener el mandato”, expresa Alfredo Grande, dejando en evidencia que un cambio que degenere las propias estructuras de terror y exterminio impide que el centro clandestino de detención sea la adecuada prueba material de cómo los represores “fueron perfeccionando la maquinaria de desaparición y exterminio”.

Adriana Calvo, de la Asociación ex Detenidos Desaparecidos, es contundente respecto a los próximos pasos que serán consumados en el predio: “No tenemos derecho a poner vida donde hubo muerte, porque esos genocidas siguen estando impunes, porque no existe ni siquiera registro de que hubo un genocidio, porque la teoría de los dos demonios sigue mucho más vigente que lo que muchos piensan, entonces no es hora de poner vida donde hubo muerte, ni de pintar soles y flores a pocos metros de donde torturaban y asesinaban a nuestros compañeros. Ni tampoco de poner ninguna oficina pública ni privada que implique vaciar de contenido el lugar”, es decir, que la ESMA quede intacta como imagen viva del terror de Estado.

Ni baúl de los recuerdos ni lavada de cara del Gobierno

El 16 de septiembre de 2006, tras varios años de lucha de la Multisectorial Chau Pozo, se logró el cierre y desalojo del centro clandestino de detención conocido como “Pozo de Banfield”. El edificio había sido usado por la Triple A en 1974 y fue empleado entre 1976 y 1978 como centro de exterminio por el que pasaron más de 249 personas, entre ellas, los jóvenes secuestrados en la Noche de los Lápices. Funcionó como maternidad clandestina y base para el robo de niños. También, fue el segundo campo en el que operó el denominado Plan Cóndor. Desde la apertura constitucional de 1983 hasta 2006, seguía actuando la División Homicidios y Traslado de Personas de la Policía Bonaerense.

“En ese momento nos quedaban dos alternativas: o nos volvíamos a nuestras casas y aceptábamos que nuestra lucha sea utilizada por el Gobierno como cotillón de sus campañas mediáticas, o golpeábamos al Gobierno en el lugar donde justamente ellos se consideraban mas sólidos: su autoproclamada condición de ‘Gobierno de los Derechos Humanos’ “, manifiestan desde la Multisectorial. El ex gobernador bonaerense Felipe Solá había elegido el 16 de septiembre de 2006, trigésimo aniversario de la Noche de los Lápices, para desembarcar en el campo de tortura y muerte. Como contracara, las organizaciones que habían peleado por la expropiación y denunciado la permanencia del lugar dentro del circuito represivo dejaban en claro que en ese espacio no se levantaría un museo ni un “circo cultural”. Decían: “Ni baúl de los recuerdos, ni lavada de cara del Gobierno. Si con lucha lo cerramos, que quede en manos de los que luchan”.

Desde la Multisectorial desafiaron la embestida gubernamental de ocupación de los campos de concentración: “Entendemos que hay que deslegitimar la idea de que este Gobierno tiene derecho a hacerse cargo de los centros clandestinos”. La construcción de la memoria que se debate en este espacio está enfocada a la preservación del lugar como emblema del genocidio. “En un primer momento, debe ser utilizado como prueba para el juzgamiento a los genocidas. No se puede hacer modificaciones estructurales en el edificio, ya que sirve como prueba en dichos juicios. En una segunda etapa, el lugar debe quedar en manos de las organizaciones populares, pero no para hacer un museo, sino como símbolo del terrorismo de Estado de ayer y de hoy. Queremos que en ese lugar se muestre quiénes fueron los autores del genocidio y la razón de por qué lo hicieron, pero también queremos que se muestre quiénes fueron los luchadores y luchadoras que por ahí pasaron y por qué luchaban”.

DSC03068-2-2.jpgLa pregunta que inquieta a los integrantes de la Chau Pozo es una y está revestida de certezas: ¿El mismo Gobierno, que hasta hace unos meses mantenía el lugar funcionando bajo la órbita de la Policía, va a venir ahora a construir un museo de la memoria? ¿De qué museo hablan? La lucha de los 30.000 desaparecidos, no se puede enfrascar en ningún museo.



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