07/01/2008

Raimundo Villaflor: Resistiendo hasta el final

Raimundoanred.jpgA pocos días de iniciarse el juicio que llevó al represor asesinado Héctor Antonio Febres al banquillo, los jueces desestimaron para su juzgamiento el caso de Raimundo Villaflor. El dirigente obrero fue asesinado en una sesión de tortura en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA) en la que participó Febres, tal como denunciaron los sobrevivientes.


Raimundo Villaflor era la “máxima autoridad política de la corriente que se conoció en aquellos años como el Peronismo de Base”, tal como lo definió Enrique Arrosagaray en su libro “Los Villaflor de Avellaneda”. Obrero metalúrgico, activo impulsor de lo que se conoció como la CGT de los Argentinos y uno de los interlocutores elegidos por el periodista Rodolfo Walsh para dar cuenta de los sucesos de la pizzería La Real que terminaron con la muerte del sindicalista Rosendo García.

“Mi viejo militó desde los 14 años en la Juventud Peronista. Estuvo en la resistencia peronista y después con toda una serie de organizaciones que venían de la resistencia conformaron lo que fue las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP)”, relata Laura Villaflor, la hija menor del dirigente. Así fue como conoció a su compañera María Elsa Martínez, quien había participado de la formación del MLN Tupamaros en el Uruguay. Para fines de la década de 1960, las FAP y Tupamaros estaban haciendo una experiencia conjunta. Martínez se exilió en la Argentina, donde conoció a Villaflor y compartió la militancia en las FAP.

“Mi viejo, que venía de la resistencia peronista, tenía una cuestión muy clasista. Desde los 16 años fue obrero metalúrgico; laburó desde siempre en fábricas, era delegado sindical de cuantas huelgas hubo”, cuenta Laura. Además, agrega: “Mi papá nunca quiso salir de Avellaneda, era un obrero de barrio que le daba una mano a los vecinos. El quizá estaba haciendo un seguimiento o vigilando algo y de repente y dejaba todo, se iba a comer a la casa de la madre y volvía”.

La de Raimundo era una historia de compromisos, una estirpe de lucha. “Mi abuelo estuvo en la FORA, era del sindicato de panaderos. Era una familia que siempre laburó en fábricas. Mi abuela, con el cuero; mi abuelo, de changarín en el puerto, en la Siam, en frigoríficos. E iban de conventillo en conventillo hasta que en un momento se pudieron comprar la casa”, resume Laura- quien al momento del secuestro de sus padres solo tenía once meses.

El grupo Villaflor en la ESMA

A principios del mes de agosto de 1979, un grupo de tareas de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada “chupó” a Raimundo Villaflor y a María Elsa Martínez. Un día antes, Héctor Antonio Febres y otros marinos habían secuestrado a su hermana, Josefina Villaflor, y a José Luis Hassan- tal como lo documenta el periodista José Vales en su libro Ricardo Cavallo. Genocidio y corrupción en América Latina. El secuestro de Raimundo Villaflor se convertiría en uno de los casos paradigmáticos del accionar de la patota de la Armada Y precisamente esta particularidad es parte fundamental de una historia que en el juicio al ex prefecto Febres, asesinado el 10 de diciembre en su celda de privilegio, fue descartada del expediente para ser, quizá, evaluada en otra instancia.

El ex prefecto fue también quien participó de las sesiones de tortura que terminaron por asesinar al “Negro” Villaflor. Así lo relata Laura Villaflor: “De algunos testimonios, teníamos una primera versión y era que mi viejo cayó el 4 de agosto y que el 8 de agosto- después de una sesión de tortura- había tomado agua de un inodoro y le había dado un paro cardíaco. Pastillas de cianuro no tenía nadie de las FAP. Después, cuando leí los testimonios de Carlos Lordkipanidse y de otro compañero, ellos dicen que lo ven a Febres salir de la sala de tortura y que dice: ‘Se me fue el Negro Villaflor’. Luego me enteré que Lordkipanidse lo vio a mi viejo muerto”.

El ensañamiento que los represores tenían hacia el Grupo Villaflor se demostró en la historia que desarrollaron a lo largo de sus testimonios las y los compañeros de cautiverio. Así lo dejó asentado Carlos Lordkipanidse: “Todo ese grupo pasa por el proceso de capucha; conseguimos que bajen a trabajar hasta que en un momento los llevan a todos al sector de pecera. Y en ese sector donde estaba Ricardo Cavallo, quien siempre le tuvo rechazo a este grupo”.

Laura se pregunta y se preguntó a lo largo de su historia “a qué obedeció” la particular reacción de los represores con los Villaflor durante el tiempo que estuvieron en la ESMA. “Con los Villaflor- portadores de apellido Villaflor- como mi viejo y mi tía “Negrita” había un ensañamiento muy particular por los señores trabajadores de la ESMA. A mi tía la ven que la llevan a la rastra; a mi viejo lo tienen 48 horas y lo asesinan en la tortura. Ellos sabían que mi viejo sabía mucho”, relató Laura a ANRed y agregó: “Es el único grupo que dentro de la ESMA hace el proceso de recuperación y salen todos en libertad y luego los bajan de nuevo a capucha y después los bajan”.

Es la propia voz de los compañeros y familiares los que construyen la historia de los Villaflor y los que relatan los planificados manejos que los represores habían dispuesto para ellos: “Fue muy trágico porque este grupo no solamente estuvo un montón de tiempo trabajando sino que también a algunos de sus integrantes los llevaron a sus casas, vieron a sus hijos. Eso indicaba que iban a sobrevivir- porque eran los pasos necesarios para la supervivencia- hasta que un día los vuelven a capucha y los desaparecen”.

De esas salidas, Laura guarda un tesoro muy valioso. Ella la define como una “señora” de casi 30 años, testimonio del horror. “Mi vieja hizo algunas visitas. En una de ellas me trajo una muñequita de trapo que es probatoria del juicio a Cavallo, él era quien llevaba a mi vieja y a mis tíos a las visitas”. Esa muñeca es símbolo del trabajo esclavo al que fue sometida su mamá pero también es símbolo de una familia que resistió y que en voz de Laura se puso de pie para declarar contra uno de los genocidas. “Mi vieja también sabía coser. Trabajó un tiempo en el pañol. Ahí fue donde nos hizo la muñeca. Es una negrita con solerito, con los ojos de botones”.

La impunidad

En varias de las audiencias que se desarrollaron en el transcurso del juicio, las preguntas que la querella efectuaba en relación al caso de Raimundo Villaflor, eran inmediatamente desestimadas por el Tribunal Oral Federal (TOF) 5, argumentando, de manera ligera, que ese proceso sería analizado probablemente en otro juicio. Sin embargo, Febres murió impune, también, por el homicidio de Villaflor.

Febres hubiera sido condenado por sólo cuatro casos de más de 5000 sucedidos en los márgenes represivos de la ESMA: “Lo que se buscaba era una sentencia mínima por pocos casos. Para un tipo que se lo podría haber juzgado por 2500 casos de tortura y dentro de ellos, se lo podría haber juzgado por el caso de mi viejo por tortura agravada con privación ilegal de la libertad seguida de un asesinato y esa pena sola equivale a 25 años”.

Las distintas maniobras judiciales, una vez más, dejaban en claro cuáles eran las posiciones con respecto al inmediato juicio y castigo a los responsables del terrorismo de Estado. Sumado al desguase de las causas que hacen que sólo se juzgue a pocos represores por un puñado de casos, se despliegan otras artimañas que hacen exponer a los familiares a prestar testimonio ante la fiscalía para luego ser notificados que finalmente el caso no será enjuiciado en esta oportunidad.

Es así como el caso de Raimundo Villaflor volvió a estar entre los más 5000 detenidos, desaparecidos y asesinados de la ESMA que el sistema judicial y político del círculo vicioso dejó y aún deja perdurar en el tiempo impregnándolo de mayor impunidad.

En las palabras de Laura Villaflor y en la gran cantidad de testimonios de compañeras y compañeros que conocieron a fondo la historia del “Negro” se vislumbra su vida de resistencia que permaneció perenne mientras enfrentaba, con la fuerza única de un militante comprometido, las condiciones de su cautiverio: “Mi viejo, que era referente y que conocía a muchos compañeros de otras organizaciones, sabía mucho y los represores eso lo tenían claro. Y él, desde ningún punto de vista, iba a hablar y eso se lo había dicho muy bien a mi familia y a todos”.

Valeria y Luciana B (ANRed)

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