13/10/2017

Crónica libre del 1-O en Catalunya: un desafío moderno para viejos anhelos

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“Los heridos se cuentan por decenas y decenas, el clima es de estado de sitio: tres helicópteros sobrevolando la ciudad, docenas de furgonetas blindadas de la Guardia Civil y la Policía Nacional atraviesan la Vía Laietana y la Diagonal de Barcelona a toda velocidad y en todas direcciones. El fiel continuismo franquista que profesan – de forma abierta o solapada – los partidos políticos defensores de “la sagrada unidad de España”, ha dado una ínfima muestra de su intención de clausurar con la represión, el período histórico abierto en los últimos años, por el pueblo catalán”. Por Santiago Torrado, para ANRed, desde Catalunya.


Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. (“¦) La historia se repite dos veces, primero como comedia, luego como farsa”. Karl Marx, “18 Brumario de Luis Bonaparte”.

Barcelona vive momentos de relativa calma, en la madrugada del 1-O. Hace frío y flota en el aire una incertidumbre colectiva al respecto de los pormenores de la votación; las urnas, las papeletas, las dichosas garantías -“inexistentes” según el estado español- “herméticamente blindadas” por el govern de la Generalitat nadie sabe ni cómo ni dónde.

Las 5 de la mañana es la hora clave para concentrarse en los colegios electorales, previamente ocupados por asociaciones de padres y madres. Mucho antes de la hora indicada ya se forman cordones de seguridad en las puertas de entrada de los colegios, formados por jóvenes, viejos, niños somnolientos, todos vecinos del mismo barrio, la imagen se multiplica en todo el territorio catalán.

El primer colegio donde soy voluntario en la histórica jornada me encuentra aterido de frio y pegado al dial de una vieja radio, que comparto con Pau, un octogenario de origen aranés que aguanta la vigilia con más entereza que yo a mis veintipocos años. Escuchamos atentos Catalunya Radio para enterarnos de las novedades, entre sorbos de café y cigarros de liar. Nos sentimos como en una trinchera, y con razón. Nadie duerme salvo los niños, que ocupan el pabellón cubierto donde practican gimnasia, en los días de clase.

Hay un nerviosismo patente, que acrecienta con los rumores llegados de otros colegios de la zona:

– Dicen por whatsapp que en el Vicens Martorell hay hasta 10 o 12 heridos, algunos graves, y han logrado secuestrar las urnas – cuenta en voz baja Laura, una chica rubia que pasa ofreciendo café y mira con ojos nerviosos de color azul, enrojecidos por las lágrimas que quieren escaparse, y la falta de sueño.

Con la llegada de los apoderados de mesa y las urnas, el colegio de Torrent d’en Melis del barrio obrero de Guinardó, el reloj daba las 8 am y el frío amainaba para dar paso a esa molesta llovizna que llaman calabobos.

Los Mossos d’Esquadra aparecen en la puerta del colegio para certificar que éste se halla ocupado por los vecinos, quienes esperan con la papeleta en la mano para votar. Minutos después la patrulla se retira entre aplausos.

No habría intervención, al menos por el momento. Laura suspira de alivio y se suma al aplauso general que desde dentro y fuera del colegio ensordece toda la calle y todo el barrio Barcelonés. Dado que el momento de más tensión ya pasó, me acerqué a despedirme de Pau, lo abracé como si fuera mi propio abuelo, y decidí marcharme al centro de Barcelona para colaborar en donde hiciera falta más gente.

 Cuenta la historia de lo que hoy verás en esta tierra, que también es tu tierra y es tu propia historia – me dijo Pau con sus ojos miopes llenos de lágrimas de alegría por votar por primera vez con la convicción de que hoy sirve para algo.

Al llegar al centro de Barcelona sobre las 10 de la mañana se suceden las cargas policiales en colegios del interior de la provincia y de la zona metropolitana.

Los heridos se cuentan por decenas y decenas, el clima es de estado de sitio: tres helicópteros sobrevolando la ciudad, docenas de furgonetas blindadas de la Guardia Civil y la Policía Nacional atraviesan la Vía Laietana y la Diagonal de Barcelona a toda velocidad y en todas direcciones. En cada esquina hay grupos de ciudadanos que se organizan para ir a votar a otros colegios, reparten nuevas papeletas impresas en sus casas o reportan información de última hora sobre los ““ ya por entonces – centenares de heridos.

Avanzan las horas sin que amaine la llovizna, entonces suena mi teléfono con urgencia. El colegio situado frente al museo de arte contemporáneo de Barcelona (MACBA), esperaba una carga policial.

“Necessitem Gent”, dijo la voz angustiada de Francesc, un joven de origen Balear, que colabora con los Comités en Defensa del Referéndum (CDR), se masca la represión y hay que cuidar las urnas.

Llegué sin aliento al museo donde las colas para votar serpenteaban por la plaza. Cordones humanos garantizan el ingreso de los votantes más viejos, que son ovacionados por aplausos generalizados, es realmente emocionante verlos entrar con la papeleta en la mano, rejuvenecidos de alegría y plenos de convicción democrática y colectiva.

Sucede entonces un hecho anecdótico que paso a relatar: un hombre de mediana edad increpa a una patrulla de Guardias Civiles que estudia la zona mientras habla por teléfono. Todos miramos con preocupación.

“Queremos votar! Vosotros sois los que hacéis de ésta democracia la de Venezuela”, espeta en catalán.

Me acerco amable y le pregunto: “¿Sabías que ayer Maduro se pronunció a favor, no sólo del referéndum, sino de la independencia de Catalunya?”, le comento en mi catalán con acento balear. Quim – que así se llama – me pregunta si soy chavista. Niego en rotundo.

“Sin embargo hoy el pueblo de Venezuela está con nosotros, más que cualquier mandatario, o diputado socialdemócrata europeo”, dije, sonriendo sin mucha convicción.

La conversación cesó abruptamente. Pasaban pocos minutos de las dos de la tarde. Tres furgonetas blindadas del Cuerpo Nacional de Policía estacionan en la explanada que oficia de ingreso al MACBA. Forman en segundos y se disponen a cargar contra un homogéneo cordón humano que bloquea los dos ingresos delanteros del colegio electoral.

Se van acercando con ademán de legión romana, se comportan, y son nada más que eso: fuerzas de ocupación, extranjeros: “xarengos” que nos odian y nos temen.
Con el método de “arrancar cebollas” y a palos, disuelven las primeras líneas de resistencia. Histeria colectiva, gritos y algunas cabezas innecesariamente abiertas. Sin embargo, nadie devuelve un golpe, nadie se pone por montera la bronca que a todos nos aprieta el pecho y la emprende a golpes contra la policía.

Se llevan las urnas. Gritamos que “las calles serán siempre nuestras” y que “se vayan las fuerzas de ocupación”. Nos vamos del colegio cuando oscurece. Me estremezco con las muestras de solidaridad que nos dispensan todos a los que participamos del cordón, intento grabar pero me abraza una señora, dándome las gracias. Me lagrimean los ojos asi que me siento a descansar en una esquina.

Con el frenesí de la represión han pasado varias horas, salí ileso pero con mucha bronca. Oscurece y el frío del otoño en ciernes comienza a hacer mella. Veo a algunos metros el inconfundible retrato de un uruguayo, lo reconozco por el eterno mate ajustado bajo el brazo, y el porongo grandote lleno de Yerba Canarias. Me acerco como un niño que vio un caramelo.

“Hermano, por favor decime que te queda un mate”, espeté con mi mayor sonrisa. Me cuenta que, efectivamente, es de Montevideo, vive en Barcelona hace 6 años y me regala los últimos mates, que saben a gloria, calman los ánimos y reconfortan el espíritu.

Volviendo a casa, paso por Plaza Catalunya. A pesar de la barbarie vivida en la jornada, el ambiente es de fiesta, regalan cava y cantan “Els Segadors”.
Han pasado algunos días y pienso que nunca como hoy, la letra de esa canción tuvo tanta actualidad, y no puedo evitar la siguiente reflexión: el fiel continuismo franquista que profesan ““ de forma abierta o solapada – los partidos políticos defensores de “la sagrada unidad de España”, ha dado una ínfima muestra de su intención de clausurar con la represión, el período histórico abierto en los últimos años, por el pueblo catalán.

Es evidente que la plenipotenciaria UE va a dar, como siempre, la espalda a estos reclamos, avalando el sometimiento y la barbarie que aplaude la rancia casta política española, las viejas banderas con águilas de San Juan y el discurso Nacional-Católico vuelve a cobrar protagonismo, y no es sólo producto de la lucha soberanista en Catalunya, sino que las nuevas esvásticas se extienden por todo el continente europeo.

Queda solamente como herramienta la solidaridad de los pueblos, la lucha irreconciliable de las clases populares, contra la sinrazón, contra el retrógrado y cínico fascismo europeísta, para que “Visca la terra Lliure i mori el mal govern”.



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