28/03/2017

Estrategias de juego de un Dreamer para sobrevivir como inmigrante en EEUU

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Tras el triunfo de Donald Trump, muchos jóvenes indocumentados que se criaron en Estados Unidos y son estudiantes universitarios, más conocidos como Dreamers, tienen que pensar en cómo resistir y salir ilesos dentro de un panorama de incertidumbre. Por Lorena Mansilla, desde Estados Unidos para ANRed


David González desde adolescente sobrevivió sólo en “El juego de la vida Americana” con cartas que no eran muy favorables como ser inmigrante mexicano indocumentado, el alejamiento de su madre en su adolescencia porque ella no pudo volver a EEUU, caminar por el lado salvaje, entre otras. Pero durante “el juego” también encontró la Carrera de Ingeniería, organizarse como un Dreamer, tener otra lectura de la realidad, adquirir su propio negocio y un sin fin de relaciones que ahora lo harán sobrellevar este “nuevo tablero” donde el Presidente es Donald Trump. Esta es su jugada.

“Ay, es difícil hablar de estas cosas en español, pero lo voy a intentar”, dice David. Pues claro, él desde los 7 años vive en California. Hizo sólo 1 año de escuela en Michoacán, México, donde nació y el resto los hizo en Estados Unidos. “Aprendí Inglés en un año. Al principio la escuela fue difícil, pero mis maestras me han apoyado mucho”, comenta. Ahora es estudiante de Ingeniería Aeroespacial en San José State University, en el corazón del Silicon Valley. Durante estos años giró la ruleta, avanzó, retrocedió, se detuvo y volvió a avanzar.

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Su papá y su mamá se conocieron en un casamiento. Con el tiempo formaron una familia y éstos jóvenes tomaron los roles de ama de casa ella y él de agricultor. Con niños de por medio, al padre se le complicaba para llegar a fin de mes. Es así que su padre con su tío comenzaron a ampliar el negocio donde la producción, que era fruto del trabajo con la tierra, la vendían a turistas. Estaban llevando un buen pasar, hasta que en un altercado, mataron al tío. El padre no quiso continuar sólo con esa labor y se volcó a la albañilería. Con el tiempo fué a probar suerte al país vecino del norte y a los meses trajo a toda su familia. David era el hermanito mayor.

Esta familia que vino a jugar “El juego de la Vida” en Estados Unidos, como tantos otros inmigrantes, no tenían privilegios de ciudadanos. Uno se puede dar cuenta cuando suceden cosas como ir al médico o salir del país a visitar familiares. “A los 11 me clave un clavo en el pie y se infectó”, recuerda David y explica: “No tenía seguro médico, pero me hice pasar por mi primo, que él sí tenía, para que me atendieran”. Pero ocurrió una jugada que no se la esperaba. El abuelo de David estaba muriendo en México. La madre de nuestro jóven jugador, no podía dejar de despedir a su padre y se fué a verlo. Jamás pudo volver a entrar a Estados Unidos.

Con una familia desmembrada, la situación se volvió más endeble. Su papá no soporto la presión del juego y se volvió alcohólico. Aunque seguía fiel a su trabajo, no pudo continuar con el cuidado de los hijos. David ya estaba en la escuela secundaria y se juntaba con otro primo que era “pandillero”. Nuestro jóven jugador lo imitaba en todo. Se hacían los “Cholos”. Lucían camisas y chaquetas a cuadros de franela dos tallas más grandes, escuchaban Lil Cuete, Mr Criminal y Kid Frost, entre otros y pasaban mucho tiempo en la calle. “A mi primo lo metieron preso y yo me atemorice. Puse todo mi ímpetu en la escuela para no caer como él”, dice David.

Sin embargo, volvía a caminar por el lado salvaje de la adolescencia desolada. A veces asaltaba a personas por la calle o robaba tiendas, hasta que un día lo detuvieron por dos días. Es ahí cuando David reflexiona: “Mi mamá está lejos, mi papá ahora está en un centro de rehabilitación de alcohólicos y yo haciendo cosas malas. Es momento de hacer un cambio”. Afortunadamente, fue un delito menor y con trabajo comunitario solucionó su situación. Pierde un turno y vuelve a tirar la ruleta para ver cómo avanzar. Tenía 17 años.

Sus familiares no creían más en él y no lo aceptaban en sus hogares. Terminó viviendo con un amigo. Pero David ya había decidido cambiar. En la escuela secundaria se metió en un grupo donde armaban bicicletas eléctricas y puso toda su líbido adolescente en eso. Pensó que tenía habilidad para inventar cosas, construir motores. Y sin que nadie apostara a éste jugador, el joven ex cholo fue aceptado en San José State University para estudiar la carrera de Ingeniería Aeroespacial.
Pero no tenía dinero ni apoyo emocional. Hasta que aplicó para unas becas de un Programa que ayuda a jóvenes en situación de vulnerabilidad que se llama Omega Boys´ Club. David confiesa: “yo sólo fui a buscar ayuda financiera, pero encontré una familia y contención”. Comenta que en ése Programa que está en la ciudad de San Francisco, cerca de San José, le abrieron los ojos y reflexionó que él no era la oveja negra de la familia, sino que vivía experiencias que a muchos adolescentes les pasaban. No era algo individual, sino una situación de opresión por ser pobre, inmigrante y de piel color marrón. Algo había que hacer para cambiar esta realidad. Avanzó varios casilleros sin retroceder.

El cambio de juego lo benefició. Al principio viajaba 2 horas de ida y 2 de vuelta en transporte público para llegar a la Universidad, pero eso no lo detenía. Comenzó a conocer más gente e informarse de la situación migratoria. Extrañaba tanto a su mamá, que se había quedado en México como tantas otras, que decidió emprender una campaña con diferentes madres indocumentadas para que trataran de ingresar al borde del país para luego entregarse a la justicia y poner presión con cartas de políticos del Área de la Bahía de California. Pero la corte de inmigración, en el momento en que David había puesto en juego con más gente esa estrategia, no estaba tomando casos de asilo político y todo quedó ahí. Su madre intentó entrar con varios “coyotes”, pero no tuvo resultado. Ella ahora trabaja de empleada doméstica en México y espera algún día volver a ver a sus hijos. Fin del juego para la madre por ahora.

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Él sabe que, más allá de que termine su carrera, no podrá ejercerla porque no es ciudadano estadounidense. No podrá trabajar en la NASA ni en ninguna empresa constructora de aviones o satélites porque éstas piden Security Clearance, que es una especie de habilitación de seguridad donde investigan la historia personal y profesional del individuo que lo solicita para verificar la lealtad a los Estados Unidos, fuerza de carácter, confiabilidad, honestidad y discreción entre otras cosas. Sólo los ciudadanos o los residentes permanentes con más de 5 años tienen acceso a ella. De todos modos David sabe que el conocimiento no se lo “deporta” nadie de su cabeza.
Pero nuestro jugador ya no piensa más estrategias sólo. Ahora es un Dreamer que pelea por su legalidad y la de muchos en su condición que se han criado en Estados Unidos. Él es parte de Student Advocates for Higher Education (Estudiantes Defensores de la Educación Superior), un grupo de apoyo de inmigrantes indocumentados. La palabra Dreamers, soñadores en Español, proviene de Dream Act, que significa Development, Relief, and Education for Alien Minors (Desarrollo, Ayuda y Educación para Menores Extranjeros), un proyecto de ley que no otorga beneficio migratorio, solo facilidades para continuar estudios universitarios y que todavía no fue aprobado a nivel federal. En California existe a nivel estatal un Dream Act, que habilita que estudiantes sin papeles puedan pagar la matrícula universitaria como residentes, ya que antes lo hacían como extranjeros y era un costo muy elevado.

David, como otras personas en su condición, tiene la carta de “la ilegalidad legal” DACA, que en Español es Consideración de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia. Se trata de un permiso que considera la estadía a personas que llegaron cuando eran niños, lanzado por la Secretaría de Seguridad Nacional de EEUU en el 2012. Con DACA pudo obtener licencia de conducir y trabajar legalmente. Su primer empleo fue enseñándole a niños sobre ingeniería armando carros de juguete y luego trabajó para su Universidad creando un Programa de voluntariado para ayudar a estudiantes inmigrantes de los primeros grados escolares a leer en inglés, tal cual como lo habían hecho sus maestras con el.

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Pero el 20 de enero asumió Donald Trump a la presidencia de EEUU. En su campaña electoral, llena de discursos en contra de la comunidad latina, anunció que iba a eliminar el DACA. “Yo intuía que Trump iba a ganar -dice David- porque la gente no quería alguien del establishment como Hillary Clinton. El futuro es incierto y es un buen momento para organizar a la gente enojada y fomentar la unidad con diferentes causas y grupos de minorías en nuestro país, que somos muchos”.
Con o sin DACA, David va a seguir trabajando, ya que ahora conformó una cooperativa de estampados de telas donde, entre otras cosas, vende camisetas con frases de descontento contra Trump. Nuestro jugador, con una nueva estrategia de supervivencia dice: “Soy dueño de un negocio junto a otras personas mas y no necesito permiso para trabajar”. Buena jugada, ya que la Ley Federal no dice que una persona sin papeles no puede abrir un emprendimiento comercial. De hecho algunos jueces de inmigración, a la hora de evaluar una deportación, lo ven como un factor positivo. No hace falta tener número de Seguro Social ya que para abrir una empresa sólo se necesita un número de identificación fiscal conocido como ITIN que se consigue en el IRS ( Servicio de Impuestos Internos, en inglés: Internal Revenue Service).

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David apuesta doble: “Nosotros, los estudiantes Dreamers, somos mejor vistos en la sociedad que un inmigrante indocumentado trabajador como mi papá – con el cual tiene una muy buena relación ahora- y nuestra función moral ahora es pelear por todos. Si Trump saca DACA, habría que organizarse para pasar información de cómo trabajar de diferentes maneras siendo ilegal, como por ejemplo abriendo cooperativas”.

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En un futuro no muy lejano, ante un nuevo gobierno en Estados Unidos, podremos observar qué rol político jugarán los jóvenes Dreamers, que como dijo David, caen simpáticos dentro de un gran sector de la sociedad. Nuestro jugador ya giró la ruleta para seguir participando y quizás avanzar un par de casilleros más.



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