30/01/2017

La Paz: la mejor capital de Sudamérica

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“La Paz te va a encantar, es la mejor capital de Sudamérica”, me dijeron antes de salir de viaje, entre tantos otros comentarios de desaciertos y de atinos que sobrevuelan la previa de cada nueva travesía. Otros me sugirieron que era “un viaje ideológico”, que “al Che se convirtió en el Che cuando conoció Bolivia”. El concepto de “viaje ideológico” no puede más que ser una inefable certeza. Aquí, allá y en todas partes, uno viaja con sus ideas a cuestas, hacia la idea de un nuevo lugar, un nuevo destino. Un nuevo mundo. O un nuevo pedazo de mundo que ensanche el mundo anterior.Por Facundo Di Cuollo para Lo menos pensado


La escala en Santa Cruz de la Sierra no me permitió conocer ““todavía- al enemigo tan temido (que, luego comprendería, es todo menos “enemigo”; es la pausa necesaria, el “aviso” de que en el altiplano las cosas suceden de otra manera, en otro tiempo): el sorojchi.

El sorojchi (o “mal de altura”, para la mayoría de los viajeros), es indefinible. Aunque técnicamente podría ser definido como “malestar que se siente a grandes alturas en las cordilleras por la falta de oxígeno y que se manifiesta con mareos, bajada de presión, dolor de cabeza o trastornos respiratorios”, en la vida real es otra cosa. Puede sentirse como los intensos y últimos suspiros de una resaca de cerveza mala. O como una migraña dulce, persistente, impiadosa. O, finalmente, como una pareja de juguetones rinocerontes que danzan sobre la base del cráneo, hasta que se aburren y deciden migrar para danzar sobre el estómago, y quien sabe sino aparearse, también. Cuando ese potencial coito concluye, vuelven a danzar sobre la cabeza del damnificado. Y así sucesivamente, hasta que sin previo aviso, la danza desaparece.

Recordé, en aquellos momentos de padecimiento lento, un viejo dicho popular británico: “easy come, easy go”, sincronía que me fuera confirmada luego por una chola que cultivaba un trozo de tierra, a los pies del monte Chacaltaya (5.400 m.s.n.m): “el sorojchi viene solo, se va solo. Tiene que descansar. Y esperar”.

Aconsejan también, para mitigarlo, mascar hojas de coca, o tomar “mate de coca”, o mascar caramelos de coca. La Coca es la deidad primera y última de La Paz. O de Bolivia, en general. Esta nación posee la particularidad de tener el mayor porcentaje de población nativa de América Latina (aproximadamente entre el 60 y el 65%, según datos censales del año 2001), lo que le otorga un orgulloso arraigo natural, y la comprensión intrínseca de las creencias ancestrales que suponen a la naturaleza como un todo, como un Ser absoluto representado por la conjunción de los tres reinos vivientes en una armonía plena, oculta. Indescifrable.

La industria farmacéutica también ofrece una solución científica para el sorojchi: las abundantes y ya célebres “sorojchi pills”. Están compuestas por 325 mg de ácido acetilsalicílico, 160 mg de salófeno y 15 mg de cafeína. El efecto dura unas ocho horas, por lo cual se recomienda, transcurrido ese lapso, ingerir otra dosis. Según el prospecto, sorojchi pills “ayuda a mejorar la irrigación sanguínea cerebral y aumentar la capacidad respiratoria del individuo”. Se aconseja, como complemento, “comer liviano” y “tomar mucha agua”. “Descansar bien”, en síntesis y como corolario final del tratamiento.
Pero nada de esto acaba por funcionar del todo, por ser una “solución total”, si no logra comprenderse la verdadera naturaleza del secreto que La Paz esconde. Del sorojchi como una prueba necesaria. Como un descenso personal a los infiernos, cuyo fin último sería ingresar en otra dimensión de la existencia, en otra forma de comprensión de la realidad y del mundo circundante.

La Paz es una ciudad enorme. “La Paz es una cuenca”, dicen sus habitantes. Es imposible recorrerla toda en la duración usual de un viaje vacacional promedio (15/20 días). Pero el solo hecho de poder vivirla y conocerla ““aunque brevemente-, nos deja con ese sabor a menta dulce en la boca, con esa sensación vívida de resto de sueño maravilloso en la orilla nebulosa del despertar.

Vista desde “el Alto” (“el borde del cuenco”, digámosle), La Paz parece de arcilla. El marrón ladrillo le otorga un goce visual y estático sorprendente. La mayoría de las casas -excepto en las zonas de “el Bajo”- están construidas de ladrillo a la vista, o de ladrillo sin revocar. Podría objetarse a simple vista y desde determinados cánones de Belleza, la “antiestética” terminación. Pero la estructura ““lo que importa- es sumamente sólida.

La Paz está densamente poblada (según datos del Censo 2012, el área metropolitana posee 1.8 millones de habitantes, es el centro urbano más importante del altiplano andino). Y parece continuar poblándose a cada momento, en cada nuevo y lento pero periódico despertar.

De camino por “el Bajo”, luego de haberle comentado mis desventuras con el sorojchi juguetón, una guía de turismo me tranquilizó: “acá no vas a tener tanto problema como en el Alto, hay menor altura sobre el nivel del mar, se respira otro aire, hasta las casas son más lindas”. “Y es más caro el nivel de vida, también”- agregó.

En esa “La Paz cuenco”, el borde, “el Alto”, se encuentra a 3.700 m.s.n.m, mientras que “el Bajo” -o la base- a unos 3.200 m.s.n.m. Y como todo cuenco ““continuando con la utilización hasta el hartazgo del elegido conglomerado simbólico- comienza por llenarse desde la base, para luego ir creciendo en volumen y derramar ““casi utópicamente- su contenido hasta los bordes.

Las rutas montañosas y de tierra o de “mejorado”, a veces dificultan el acceso terrestre. Pero La Paz tiene, desde 2014, la línea de teleféricos más extensa del planeta (10.377 metros de longitud). Se divide en tres rutas, que se identifican, a su vez, con los tres colores de la bandera de Bolivia: verde, amarillo y rojo.

La línea amarilla comunica “el Alto” con “el Bajo”, desde el oeste hacia el centro sur de la ciudad, y desde la estación central Chuqui Apu empalma con la línea verde que conecta con Irpawi, estación elevada en el extremo sur del conurbano paceño. La línea roja transcurre en el extremo noroeste de la ciudad, une la estación central de Tayipi Uta con la de Jach”™a Qhathu (esta última, la más cercana al Aeropuerto Internacional de El Alto).

En el trayecto de línea amarilla de teleférico (desde Qhana Pata hasta Chuqui Apu) me acompañaban dos estudiantes en la cabina. Uno le comentaba a la otra que “antes del teleférico era imposible bajar a estudiar a la universidad”, y que “ahora era todo mucho más fácil y rápido”.

En La Paz se destaca constantemente (en carteles, propagandas, ministerios) la noción de “estado plurinacional” (denominación que reconoce la diversidad de naciones dentro del Estado Boliviano, vigente desde el 22 de enero de 2010 y decretada por el gobierno del actual presidente Evo Morales, primer presidente colla en la historia de Bolivia).

La venta en las calles de la ciudad es excesiva, los colectivos pequeños se mueven como electrones irrefrenables a través de una malla de cobre. La gente bebe refrescos con sorbete dentro de una bolsa de plástico. Los bares y restaurantes ofrecen una variedad inconmensurable de posibilidades gastronómicas. Se venden hierbas para todo. Se compran ilusiones, pequeñas alegrías cotidianas. El sol dorado matiza el ocaso cansino.

Va atardeciendo en La Paz, y los autos y la gente se mezclan, se rozan, se esquivan, en una sinfonía inexorable y caótica. Todo sucede como en un gran hormiguero lento y dinámico.

El tiempo se deconstruye, el sorojchi aglutina el tiempo de fuera con el tiempo La Paz.

Se torna imprescindible la pausa necesaria, el instante de contemplación. Porque en La Paz ““más que en cualquier otra ciudad del planeta- la tierra se mezcla con el cielo en una melodía silenciosa.

Debe ser por eso, entonces, que es la mejor capital de Sudamérica.



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