13/01/2017

Cuerpos que no importan, muertes deseables

13482939_1076007282486104_2814566330429844285_o.jpgCuerpos que importan. Cuerpos que valen la pena. Cuerpos invisibilizados. Cuerpos funcionales. Cuerpos indeseables. Los discursos políticos hegemónicos parecerían no tener intenciones de innovarse. Frente a situaciones de conflictividad social, se ponen en juego recursos utilizados en momentos similares. Instados y reactualizados, los mecanismos que se activan no son casuales. Por Facundo Di Cuollo y Paula Daporta | Lo Menos Pensado.


Tiempo atrás, ni bien entrada la gestión “Cambiemos”, se apuntó a la estigmatización de la inmigración limítrofe, esta vez desde los cargos económicos que generan en nuestras universidades públicas. Argumentos sin sustento teórico ni datos certeros, se articulaban en discursos mediáticos cargados de prejuicios.

Sabíamos que sucedería. Tarde o temprano. Vendrían discursivamente también por los pibes y sus cuerpos.

En primera instancia, nos posicionaremos desde lo discursivo de la cuestión, para sí luego dar cuenta de una materialidad que ya aborda trágicamente esos cuerpos: los cuerpos de los pibes en los barrios. Como punta del iceberg que se hace visible a partir de los medios de comunicación, recorremos la búsqueda de solución a futuro en las consecuencias de la intemperie provocada por políticas excluyentes en el pasado.

El motivo de la avanzada -en esta oportunidad- fue el caso de Brian, el “niño” de 15 asesinado por el “El Brian” de 16 en el Barrio de Flores, el pasado 24 de diciembre (el trato discursivo hacia los dos Brians merece un artículo aparte).

Imposible negar el dolor que nos provoca la violencia que implica esa muerte. Mucho menos invisibilizar el pedido de justicia de la familia. Pero más allá, hay mucho. Que en los barrios es un más acá. Que implica también vidas y cuerpos, pero que en estos casos poco importan.

Sabemos (no es novedad) que hay vidas que valen más que otras. Vidas que existen y vidas que no. En el plano simbólico, pero también en el material. En nuestras condiciones reales de existencia y en cómo ellas se reproducen en otros planos, mediáticos o de viralización en las redes sociales.

Poco importa la vida del adulto joven, de “El Brian”. Poco importa su trayectoria, su derrotero social. Solo importa el suceso final y de público conocimiento que lo transforma tan solo en un cuerpo que molesta, en una vida que no importa. Con la que no sabe qué hacerse.

Claro está: Si “El Brian” fuera mayor de 18 años, la discusión mediática rondaría sobre las aristas de la pena de muerte. Pero no. “El Brian” es un pibe. Y eso jode más, porque la cuestión pasa sobre cómo volver digerible la certeza de que no se sabe qué hacer con la situación, o más bien de que poco les importa a los sectores de poder que nos gobiernan.

Diversos análisis críticos nos dan cuenta de la falta de consistencia en los proyectos que sostienen la necesidad de la baja en la edad de imputabilidad. No es que desconfiemos de las “nobles” intenciones de nuestra dirigencia política con claros intereses de clase. Sostenemos que estos mecanismos penales criminalizan y estigmatizan a los sectores menos favorecidos en términos económicos.

Si la consigna “Ningún pibe nace chorro” no dice nada para algunos, tal vez sí lo hagan los datos duros de los que tanto gustan ciertos sectores sociales. Recientemente, Martin Granovsky, en una nota para Página 12, deconstruyó estadísticas brindadas por el Consejo de la Magistratura del Poder de La Nación en su informe sobre homicidios ocurridos durante el año 2014. El nombre del articulo es elocuente: “Casi no hay chicos que matan”.

“(“¦) la sociedad no puede mejorar bajando la edad por el simple hecho de que los delitos graves cometidos por la franja de entre 16 y 14 años no pasan del cinco por ciento del total” (1)

Si la lectura ideológica crítica al sistema sobre la necesidad de la modificación del sistema punitivo no es suficiente, las estadísticas nos hablan de una respuesta que poco abarca la problemática de manera integral.

La cuestión no estaría pasando por la preocupación de qué hacer con los pibes en extrema situación de vulnerabilidad social que terminan delinquiendo. La cuestión pasa por dar una solución rápida que contenga la indignación social vociferada incansablemente desde los mass media y los portadores periodísticos del discurso hegemónico.Pero los números hablan por sí solos. Por más que dicha “solución” fuera exitosa, solo se podría ir contra un 5% de los delitos graves.

En este sentido, bajar la edad de imputabilidad, generaría a su vez una nueva caza de brujas que legitimaría mayor presencia de seguridad. Presencia que por demás ya ha demostrado poca eficiencia en sus objetivos fundacionales. Analizando la cuestión desde la propia óptica de los sectores de poder, ni siquiera la sobre-estimulación del monopolio de la coacción física estaría funcionando. Las Naciones Unidas “recomiendan” 300 policías cada 100.000 habitantes. En Argentina, elevamos el promedio a 500/100.000 h. (Esto sin mencionar prefectos, ni gendarmes, ni la situación especifica de la Ciudad de Buenos Aires con la presencia de la nueva policía que elevaría esta relación a 852 agentes de seguridad cada 100.000 habitantes).

En resumidas cuentas, se interpela negativamente a los cuerpos de los pibes como chivos expiatorios desde un llamado a un mayor control social en un contexto de ajuste que se da en paralelo con el desmantelamiento de proyectos educativos y de contención social. (Podría pensarse conceptualmente la reflexividad de dicha cuestión en lo que Rodolfo Walsh denominó en el marco de su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” como la gestión eficiente de una “miseria planificada”)

En el comienzo del artículo, disociábamos la cuestión sobre los cuerpos de los pibes en dos dimensiones: una discursiva y otra material. Obviamente, estas se retroalimentan, construyéndose dialécticamente. Pero vale la pena ver cómo se van conjugando.

Al menos en principio, nos estamos moviendo coyunturalmente en un plano discursivo. De aquí a que se llegue a la baja de la imputabilidad, sucederán miles de debates televisivos, discusiones en redes sociales y es esperable un debate parlamentario. Es decir, de aquí a que se convierta en una realidad fáctica, nos seguiremos moviendo en un campo de lucha pseudo argumentativa. Sin embargo, lo que pretendemos desde aquí visibilizar es que mientras esto sucede al reactivarse la discusión, otras cosas vienen sucediendo con y en estos cuerpos que molestan.

Si hay cuerpos (vidas) que no importan, sería coherente que la muerte de esos cuerpos carezcan de relevancia social ““ mediática. En un punto, hay determinadas muertes que se convierten hasta en deseables. El decir “Uno Menos” cuando cae un “pibe chorro” se vuelve el dicho que esto materializa.

En este complejo escenario sociopolítico, los cuerpos de la franja marginal sub-16 parecerían debatirse entre otro camino más que se abre a su vertiginoso andar. El gatillo fácil (2) ya los tiene marcados, como hoy los medios masivos de comunicación.

La Coordinadora Contra La Represión Policial e Institucional (CORREPI) registra los siguientes datos en cuanto a personas asesinadas por el aparato represivo estatal en el último año:

“La gestión inaugurada el 10/12/2015, ha superado, antes de cumplir un año, las expectativas más negativas. Con 241 casos en 2016, más 18 entre el 11 y el 31 de diciembre, el gobierno de Cambiemos totaliza 259 casos, a los que habrá que sumar los que se produzcan en lo que queda del año, y los que todavía no hemos llegado a conocer (es habitual que los datos de un 25% o más de los casos del año en curso nos lleguen después del fin de año).” (3)

En esta línea, CORREPI sostiene que las dos modalidades más frecuentes de la represión policial orientada al control social son: los fusilamientos de gatillo fácil (46% ) y las muertes de personas detenidas (39%).

Si ponemos en diálogo ““ tensión la discusión por la baja en la edad de imputabilidad judicial de los menores y sopesamos la cantidad de casos registrados de ilícitos por esta franja etaria en contraste con las estadísticas por edad de las víctimas de violencia institucional, concluimos en esto que venimos mencionando. Discursivamente, hay cuerpos que no importan. Fácticamente, hay muertes deseables e invisibilidades, salvo pocas excepciones donde la lucha de familiares y amigos logra romper el cerco mediático:

“El 51% de los casos en los que se conoce la edad exacta o aproximada de la víctima, corresponde a personas de 25 años o menos.
El 49% de los crímenes corresponde al segmento de entre 15 y 25 años. Si se suman los de menos de 35, se llega al 86% del total, aún cuando en un 10% de los casos se ignora la edad exacta.”
(4)

La muerte no del todo aleatoria como forma de eliminar a los “otros”. Otros que son jóvenes y marginales. Otros que tienen un reconocimiento legal, pero que aún continúan en un ámbito de no reconocimiento que deviene en precariedad de la vida y claramente en cuerpos que no importan más que en notas de color o como actantes concluyentes en el proceso de “estigmatización”. Un otro que ya no es el subversivo de los “˜70. Es un otro que amenaza y subvierte al orden con su sola presencia, ya sea por miedos justificados por la inseguridad, por temores de clase o por una inclusión social que siempre es a medias y no se sabe nunca cómo volver totalidad.

La imprevisibilidad ante la muerte no implica una falta de configuración de procesos sociales de producción de muertes. Hay una lógica que se repite en forma constante. El primer paso es la estigmatización a través de la construcción de estereotipos y prejuicios. Seguido esto -casi inadvertidamente- por un aislamiento de aquellos a quienes se pretende negativizar desde la subjetividad. Aquí no hablamos de la conformación de ghettos, aunque territorialmente podemos hablar de una segregación espacial. Hablamos de la anulación de redes que permitan saltar profecías autocumplidas de pobreza ““ delincuencia. Proyectos educativos de diversa naturaleza que no tienen que ver exclusivamente con la dimensión escolar. A esta construcción puede o no llegar la desaparición física y su correspondiente justificación (“el que mata tiene que morir” o el ya mencionado “uno menos”). Hay muertes que se justifican. Muertes amoralmente deseables.

Finalmente, se producirá la invisibilización de los casos con la complicidad de los medios hegemónicos de comunicación.

El proceso de construcción ““ deconstrucción de estos otros cuerpos y vidas, no puede entenderse por fuera de este círculo. Se apunta solo a profundizar la estigmatización de los pibes de zonas marginales sosteniendo discursivamente algo que ya sabemos, y que los pibes mismos saben. La violencia institucional en general y el gatillo fácil en particular los condena constantemente. La marginalidad los marca de entrada. Los debates por la baja en la edad de imputabilidad judicial los interpela desde la negatividad de lo que se cree que son, en momentos coyunturales específicos.

Los pibes son entonces los “perejiles” de este sistema que los condena a muerte.

¿Se los va a seguir haciendo cargo de la totalidad del espectro de delitos graves de los cuales no participan más que en una ínfima proporción? ¿Seguirán siendo la excusa y el chivo expiatorio para militarizar los barrios con los diferentes colores de las diversas fuerzas de seguridad que no hacen más que ensuciar la cancha y alimentar constantemente la infatigable maquinaria de represión social?

En suma: Si durante el curso del mismo año se registra un joven muerto cada menos de treinta horas a manos de la policía y fuerzas de seguridad (5); y, en cambio, los delitos graves cometidos durante ese mismo año por la franja etaria de entre 16 y 14 años no pasan del cinco por ciento del total de casos y sólo cinco de esos casos concluyen en homicidios intencionales (6), (en un marco de proyección de una presencia de agentes de seguridad un 200% mayor a lo que se recomienda por parte de organismos internacionales) ¿no deberíamos entonces -en un victorioso exceso de racionalidad- proponernos una reformulación de la óptica ideológica mediante la cual analizamos la violencia social y su lógica de causa/consecuencia?

¿No deberíamos, tal vez, comprender que el reclamo de “mayor seguridad” instaurado a lo bonzo desde los medios masivos de comunicación utilizando la gorrita del “pibe chorro” como nefasto símbolo paradigmático, sólo nos genera socialmente un síndrome de Estocolmo del cual resulta cada vez más difícil escapar, y que se alimenta compulsivamente con cada nueva oleada de hordas policiales que ese reclamo de “mayor seguridad” justifica y consolida?

No, mejor no.

Encontramos al perejil. Que ya lo teníamos ahí, siempre a nuestra disposición en el agite mediático de cada día.

Total, ¿quién va a llorar por ellos? ¿Qué costo político y moral vamos a pagar?

Ellos lo saben. Los pibes también. Y eso vuelve más vulnerable la cuestión:

Hay cuerpos que no importan. Hay muertes deseables.

Nota Editorial para el programa radial “Lo Menos Pensado”.
(Lunes de 21 a 24 hs por www.radiobarbarie.com.ar)
Por Facundo Di Cuollo y Paula Daporta.

Foto portada: CORREPI


Notas:

[1] https://www.pagina12.com.ar/13045-casi-no-hay-chicos-que-matan

[2] La expresión “gatillo fácil” fue acuñada por diversos organismos de DDHH, principalmente por la CORREPI y alude concretamente a una ejecuciónextrajudicial. Las organizaciones de DDHH comprenden en la expresión a toda muerte o daño grave provocado por un uniformado en forma ilegal, se utilice en el mismo armas de fuego o no. “La pena de muerte extrajudicial aplicada por verdugo de uniforme”,
tal es el nombre formal del gatillo fácil. Tiene una función distinta que larepresión dictatorial. Se trata de efectuar una represión preventiva destinada a un control social más que al castigo de faltas o infracciones a la ley, y para ello el Estado moderno faculta a la policía y a otras agencias de seguridad. (En “Un discurso para el gatillo fácil” de Gabriel Sarfati)

[3] CORREPI, Recopilación de casos de personas asesinadas por el aparato represivo del estado 1983/2016: http://correpi.lahaine.org/?p=1847

[4] Correpi, Recopilación de casos de personas asesinadas por el aparato represivo del estado 1983/2016: http://correpi.lahaine.org/?p=1847

[5] CORREPI, Recopilación de casos de personas asesinadas por el aparato represivo del estado 1983/2016: http://correpi.lahaine.org/?p=1588

[6] Consejo de la Magistratura, Informe sobre homicidios, 2014: http://consejomagistratura.gov.ar/images/stories/Homicidios-2014.pdf



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