19/05/2015

Barras y estrellas: lo que nos dejó la caravana de Superclásicos [Segunda Parte]

rosca_boca_river_8.jpg Unos días nos separan de la bochornosa actuación de futbolistas, hinchas, barras, dirigentes, árbitros y entrenadores, que eclipsó todas las miradas el pasado jueves en la bombonera, con la definición del partido de vuelta por la Copa Libertadores. De esa revuelta de gases pimienta y cámaras de tv, que terminó con cuatro jugadores afectados y la suspensión del partido, se derivó la sanción de la CONMEBOL de descalificación y multa económica a Boca Juniors. Sanción ejemplar para algunos, para otro insuficiente, injusta para los demás. Lo cierto es que, el papelón más grande la historia de los superclásicos terminó como empezó, y los hechos de violencia de mitad de semana quedaron allí, en una bombonera silenciosa, que espera por un nuevo enfrentamiento entre las facciones que se disputan el poder, en el tramo final de la era Angelici al frente del club de la rivera. Por ANRed.


El individualismo en el colectivo: el crack entre los comunes

El fútbol, que es un deporte colectivo, donde las jugadas grupales son aclamadas, reconocidas y valoradas en tanto más jugadores se ven implicados en su elaboración, muestra en la construcción de identidades de sus jugadores una particular individualización que rompe a la fuerza la mística de lo grupal.

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Paradójicamente, las identidades que se refuerzan en el interior de los planteles, se plantan desde la individualidad y el egoísmo para forjar los modos de entender la vida.

Muchas veces se ha podido observar actitudes egoístas en la resolución de una jugada que “pedía un pase más”, que se refleja a su vez en los contratos en los marcos de la profesionalización, donde algunos jugadores son más valorados y otros son devaluados en un mismo contexto de súperganancias y recaudaciones record para las instituciones.

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Estos sentidos se imponen desde la constitución misma de las identidades de los players. Desde niños la competencia por destacarse del montón los obliga a una competencia en dos planos: hacia afuera, en la disputa contra el equipo adversario, y otra interna, contra sus propios compañeros en una búsqueda por destacarse y escapar a las condiciones precarias de trabajo y, en base a egoísmo, resultados y talento, transformarse en el crack del equipo y lógicamente, en el futbolista privilegiado, la estrella del club.

Parte de esto se vio en el Superclásico inconcluso del jueves, cuando los jugadores de Boca, conociendo el estado de sus colegas (rivales) de River estaban afectados por los gases de la manga en la salida al campo. Todo el tiempo, los boquenses prefirieron alistarse para continuar el partido y nunca mostraron una actitud solidaria para con los millonarios heridos. Excepto por un acercamiento al lugar donde eran atendidos los afectados, por parte de los líderes xeneizes, para chequear si podían continuar con el partido, no existió ninguna otra muestra de solidaridad, ningún gesto de contención para con sus pares.

Por puto y cagón

Otro de los estereotipos reproducidos en el fútbol, dentro y fuera del campo de juego, son las identidades masculinas que impone el patriarcado, como dominantes y hegemónicos, y que ““obviamente- no estuvieron ajenas a la jornada del jueves en los octavos de final de la Libertadores.

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Desde el rechazo absoluto a aceptar al territorio del fútbol como escenario posible para identidades diversas o femeninas, se construyen los discursos más potentes reproducidos en las relaciones sociales que se aferran en el ámbito futbolero. Los canticos e insultos, constituyen a lo no varón con el típico rol pasivo, débil, fracasado, inferior; y a lo masculino como lo dominante, lo fuerte, victorioso, superior.

De ahí la legitimidad auto-concebida para destrozar, dañar y violentar. Los varones se descontrolaron en una organizada y clásica demostración de poder: frente a otros hombres (los débiles, derrotados, ajenos) o a aquellos que les disputaban el lugar como agentes de poder y control (como los agentes de seguridad, autoridades y policías), para reafirmar aquello que sabían al momento de iniciar su espectacularizado concierto intolerante.

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Aquí una nueva interacción: la dicotomía que atravesó las posiciones entre civilización o barbarie, siendo los primeros los comunicadores atónitos, que en la hipócrita posición de mirar por una pantalla lo que ellos mismos contribuyeron a crear, rechazan el espectáculo desde los micrófonos en los programas deportivos de la TV y llaman a retomar el camino de los valores civilizados de las burguesías locales; y los segundos, el colectivo agitador que impuso por otros medios un claro mensaje que revela las internas que se disputan el poder y los cargos, camino a las próximas elecciones presidenciales en la renovación de autoridades del club de la rivera.

Lo que el Superclásico nos dejó

Si se dice en todos lados que este superclásico va dejar tela que cortar, es porque los costureros de la TV ya se relamen por las hilachas que cuelgan sobre los restos de lo que algún día fue un partido de fútbol, que aunque devenido en escándalo, todavía les rinde pleitesía a los señores de la CONMEBOL y del empresariado.

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Nos dejó millones de dólares girando por las cuestas de organismos deportivos, casas de apuestas, dirigencias y televisoras. Además, nos mostró una cara recurrente de lo macho y varón en una nueva expresión de violencia que reforzó estereotipos y dejó expuesta a la luz lo absurdo del fanatismo a lo que dé.

Por último, regaló un dejo de sospechas y suspicacias artificiales, que caldearon la jornada y revelaron el lado oscuro del deporte que prima los intereses económicos y el miedo a perder, para resignar a un segundo plano la lealtad deportiva y el placer de jugar. Pero como ya se dijo, la pelota no se mancha.



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