01/05/2015

Huelgas en la fábrica del mundo

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En la víspera del Primero de Mayo, China vive el periodo de conflictividad laboral más intenso de la historia del país desde la Revolución Cultural. Por José Ruiz Andrés, Xuzhou, provincia de Jiangsu (China) para Periódico Diagonal


Ya han empezado los preparativos. Mañana se celebrará una de las fechas más importantes de la República Popular China, el Día del Trabajo, las fiesta del Primero de Mayo. En todos los edificios colindantes de la plaza Tian’anmen se levantarán las banderas rojas y frente al retrato de Mao -situado entre dos letreros donde se puede leer “Larga vida a la República Popular China” y “Larga vida a la unidad de los pueblos del mundo”- se colocará, como todos los años, el retrato del doctor Sun Yat-Sen, fundador del Partido Nacional Popular y primer presidente de la República China; todo un llamamiento a la reunificación con Taiwán.

No obstante y pese a toda la simbología marxista-leninista, el cuestionamiento del sistema chino sobre cuánto socialismo queda en el “socialismo de mercado” es del todo pertinente: crecimiento del PIB pero desigual reparto de la riqueza con un coeficiente de Ginni por encima de la media mundial, empresas estatales chinas entre las cien empresas con más beneficios del mundo pero puesto 78 en el ranking mundial del ÍIndice de Desarrollo Humano. Y mientras día tras día se siguen afianzando todas estas variables macroeconómicas, la semana pasada encontramos la siguiente información en el China Labor Bulletin:

Una huelga de un mes a un fabricante de bolsas de propiedad japonesa en la ciudad localizada en el río Perla llamada Zhongshan se ha caracterizado por la violencia policial, las detenciones y la intimidación, y la negativa absoluta del jefe para negociar. La huelga estalló a mediados de marzo. Los cerca de 200 trabajadores de Cuiheng Co. estaban descontentos respecto a los sueldos bajos y la negativa de la empresa a pagar a la seguridad social y las contribuciones al fondo de vivienda, bonos de fin de año y otros beneficios.

Después de una semana en los piquetes sin respuesta de la Administración, el 22 de marzo los trabajadores se acercaron a Chen Huihai, el director del centro de formación de una sede en Guangzhou de los trabajadores, en busca de ayuda y consejo. Chen y sus colegas ayudaron a los trabajadores para organizar las elecciones para representantes en la negociación y a presentar una propuesta de negociación colectiva a la gerencia. La dirección se negó a negociar, despidió a los dirigentes obreros y llamó a la policía. Varios cientos de policías antidisturbios llegaron a la fábrica y transportaron fuera a 26 trabajadores, cuatro de los que fueron detenidos por más de diez días. Muchos otros trabajadores resultaron heridos.

Podría ser simplemente una anécdota, pero se trata de uno de los “incidentes de masas” (así los cataloga el Gobierno) sufridos durante los últimos meses en la China continental, y es que se está viviendo el periodo de conflictividad laboral más intenso de la historia del país desde la Revolución Cultural. De los 3.387 casos examinados por la base de datos del China Labour Bulletin -colectivo no gubernamental localizado en Hong Kong cuyo propósito es “monitorizar”, defender y promocionar los derechos de los trabajadores en la República Popular China-, destaca notablemente el curso 2014-2015, especialmente el pasado mes de enero, en el que se llegó a 272 huelgas registradas en sólo un mes. Esto supone que en lo que llevamos de año se han producido tantas huelgas como en 2011 y 2012 juntos.

Huelgas y asambleas

¿Quién hace las huelgas? El 78% se hacen en el sector secundario –manufactura, astilleros, construcción, minería y transporte–, mientras que un 13% se llevan a cabo en el sector servicios. Los escenarios de lucha principales son la fábrica, la obra, la mina y, eventualmente, la vía pública, y lógicamente las provincias donde se registre un mayor número de conflictos serán las más industrializadas, e irónicamente las de un mayor PIB: Guandong, Jiangsu, Shangdong y las municipalidades de Beijing, Shanghái y Chongqing. Los protagonistas son, por lo tanto, los obreros –realidad que parece resultarnos lejana desde nuestros países deslocalizados–, bien antiguos empleados de fábricas estatales que perdieron su trabajo fijo en la privatización de los años 90, o bien la llamada “segunda generación de inmigrantes rurales”, los hijos de los conocidos como nonmingong, jóvenes trabajadores que nacieron y crecieron en ciudades industriales en el sureste chino, por lo que no se consideran a sí mismos como rurales y se ven tan urbanos como aquellas personas que sí disfrutan de un carnet de residencia urbano.

Las protestas se organizan a través de asambleas puntuales y autónomas –y, por lo tanto, ilegales– que acuerdan una estrategia para llevar a cabo una protesta y eligen a una serie de portavoces para negociar con la dirección de la empresa. Su organización es tan radicalmente horizontal como la de las primeras experiencias sindicales en Europa, pero por contra sus motivos no son en absoluto radicales: el 33% de las protestas se realizó para obtener compensaciones frente a un abuso laboral, el 21% para protestar por impagos salariales, el 20% se realizó para conseguir el aumento de salarios, y el resto para exigir seguridad social, mejorar condiciones laborales o exigir el fin de las horas extra. Se trata de un movimiento radicalmente reformista, consecuencia inevitable de un fallido sistema sindical.

Los métodos de lucha son clásicos, desde recogidas de firmas y peticiones directas a las autoridades, pasando por sentadas y paros laborales, hasta piquetes, bloqueos de la producción fabril, manifestaciones, bloqueos de las vías ferroviarias o del espacio aéreo, e incluso –aunque en menor medida, alrededor de un 5% de los casos investigados– la ocupación de edificios gubernamentales o el enfrentamiento directo con la policía o con miembros de la gerencia de las fábricas, o el asalto y la destrucción de equipamiento y la producción fabril. Las nuevas tecnologías son incluidas y juegan cada vez más una centralidad dentro de los métodos de convocatoria y organización, notablemente la utilización de la plataforma QQ.

El Gobierno suele preferir situarse al margen de estos conflictos, no interviniendo hasta que se presenten problemas de orden público, aunque es cierto que interviene cada vez más. Resulta mucho más cómodo y favorable de cara a la opinión pública tanto doméstica como internacional situarse como un árbitro del conflicto que como un partidario de la patronal que emplea la violencia para reprimir a las protestas. Esto da un gran margen a los huelguistas para hacer ceder a los empresarios a sus reclamaciones. No obstante, desde el año 2013 hasta la actualidad las autoridades chinas han intervenido y procedido a diferentes arrestos en el 20% de las protestas realizadas.

Un momento histórico

Y entendiendo que se trata de un momento histórico en el que la acción colectiva se manifiesta obteniendo éxitos en favor de los trabajadores, probablemente el mejor momento del movimiento de los trabajadores chinos de los últimos 50 años, se plantea una pregunta: ¿por qué los grandes medios de comunicación priorizan otra clase de protestas? Quizás se trata de una cuestión de reivindicaciones, o tal vez estemos de nuevo ante un caso de aporofobia mediática. Frente a la clase trabajadora china, se prefiere visualizar protestas de disidentes de un perfil mucho más anglófilo, como Ai Weiwei o Liu Xiaobo, o se buscan espejos a las protestas de Tian’anmen en las protestas de Hong Kong, incluyendo a sus protagonistas: joven, estudiante, universitario de “clase media” cuyo propósito es conseguir la libertad –en concepto amplio y poco específico, pero que suele significar la equivalencia al modelo de los Estados Unidos de América– a través de una protesta pacífica, creativa y altamente fotogénica.

El futuro de este movimiento –que por otro lado viene de un incremento constante desde hace diez años– es incierto. La ausencia de un espíritu transformador hace reflexionar sobre hasta dónde puede llegar un sindicalismo de carácter reformista, entendiendo que un Estado, sea capitalista o socialista de mercado, donde el motor económico del país se basa en el beneficio empresarial, implica que no se puede permitir una clase trabajadora tan bien acomodada. La deslocalización, además, es un fenómeno que también se está produciendo hoy en China, no como país receptor, sino todo lo contrario: las empresas prefieren irse a países con menos regulaciones, como Vietnam, Malasia o Indonesia, o a las provincias centrales de China.

Estamos hoy quizás ante el momento cumbre de este movimiento, que difícilmente podrá conseguir más si no es redirigiendo sus objetivos a un óptica transformadora, un momento que en el futuro de la historia del movimiento obrero chino se recordará como una época dorada. El mañana es mucho más oscuro, pues Beijing no se puede permitir seguir esta desaceleración de los índices macroeconómicos, por lo que soplan vientos de represión y de intensificación de la lucha. Pero mañana volverá a ser Primero de Mayo y las banderas rojas volverán a ondear en Tian’anmen, y resonará la internacional, el viejo canto a los parias de la tierra, en plazas y radios en taxis y puede que incluso en las fábricas. Pero dentro de dos días seguirá siendo China, y volverán las huelgas a la fábrica del mundo.

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