25/04/2015

A 100 años del genocidio armenio: del silencio a la lucha por el reconocimiento

l2-2.pngEl 24 de abril se conmemoró el Centenario del comienzo del Genocidio contra el Pueblo Armenio por parte del Imperio Otomano. Este crimen contra la humanidad permanece impune y negado por el Estado Turco, heredero responsable de su ejecutor. Se calcula que el número total de armenios asesinados en la Península de Anatolia en 1 millón y medio de personas. También se dio el caso de niñas y mujeres que fueron víctimas de trata para ser recluidas en harenes, y la apropiación de niños pequeños para ser criados en la cultura turca. Por Luciano Andrés Valencia, para ANRed.


El lugar histórico de asentamiento del pueblo armenio o “Hai” (como se denominan a si mismos) se sitúa en el territorio comprendido entre el Eufrates y el Cáucaso, y las montañas que rodean el Monte Ararat (en la actual Turquía). Aunque existen diversas teorías en torno a su origen, en general se admite que se trata de un pueblo indoario que se asentó en Anatolia hacia el año 1200 AC. Otra teoría sostiene que provienen de los Urartos, un pueblo originario de la región. Desde entonces alternaron periodos de independencia (con poderosos reinos como el de Tigran I en el siglo II AC) y de dominación por parte de otros imperios (macedonios, seleúcidas, romanos, bizantinos, sasánidas, mamelucos, persas). No obstante supieron mantener su identidad nacional gracias a la adopción del cristianismo como religión oficial en 301 y la creación de un alfabeto específico.

La toma de Constantinopla por parte de los turcos en 1453 y la posterior creación del Imperio Otomano dejó a la mayoría del pueblo armenio bajo dominación de esta nueva entidad estatal, mientras que el resto estaba bajo el Imperio Persa. En el siglo XIX la dominación persa fue sustituida por el Imperio Zarista Ruso.

La organización socio-política del Imperio Otomano se cimentaba en el poder de la elite de musulmanes otomanos. Los grupos religiosos no musulmanes estaban organizados según sus confesiones en una estructura étnica-religiosa llamada Millet (nación o comunidad religiosa). En un imperio multiétnico, los armenios y otros pueblos eran considerados ciudadanos inferiores, y de acuerdo a la ley islámica, tenían el estatus de Dhimmi (súbditos protegidos no musulmanes de un Estado musulmán). Se ha sostenido que el Imperio era tolerante con las minorías, pero en el caso de los Dhimmi eran discriminados, pues vivían en condiciones de inferioridad con respecto a la población musulmana, carecían de derechos políticos y sociales, y eran excluidos del aparato estatal no pudiendo acceder a las fuerzas armadas, el gobierno y la administración pública. Eso llevó a que se desempeñaran en otras actividades como el comercio y la industria, llegando a tener ingresos mayores a los que hubieran tenido de ingresar al empleo estatal. Eso generó recelos entre la población otomana musulmana.

A lo largo del siglo XIX la intelectualidad laica armenia desplazó a la Iglesia de su lugar monopólico en lo cultural y lingüistico. La prensa ayudó a comunicar a las poblaciones dispersas por Europa y Asia, mientras que la literatura jugó otro rol trascendente en la concientización del pueblo armenio. En lo político influyó el renacimiento de los nacionalismos entre los diversos pueblos que componían el Imperio llevando a la independencia de Grecia entre 1821 y 1830, y las revueltas búlgaras que culminarían en la independencia de Bulgaria, Rumania, Serbia y Montenegro.

Ante esta situación el gobierno otomano inició un movimiento reformista denominado Tanzimat o Reordenamiento que se proponía reestructurar el Estado Imperial a través de la creación de un ejército moderno, cobro de impuestos en dinero y otras reformas. Una ley de 1839 declaraba la igualdad entre todas las nacionalidades y etnias del Imperio, y la de 1856 prohibía los prejuicios y discriminación contra las minorías no musulmanas. Estas medidas formaron parte de la Constitución Otomana de 1876. Animados por estas reformas y por haber sido declarados “nación leal”, el pueblo armenio comenzó a hacer llegar reclamos a la Sublime Puerta ““sede del gobierno otomano- en Constantinopla.

Los antecedentes del Genocidio deben ser rastreados ““según la historiadora Nelida Boulgourdjian– en las aspiraciones del pueblo armenio por transformar su condición de inferioridad en el marco de la estructura estatal otomana a partir de las reformas de Tanzimat y en las aspiraciones de la sociedad turca para cambiar el monopolio que en la actividad económica ejercían las minorías no-musulmanas.

La derrota del Imperio Otomano ante Rusia en la Guerra de Crimea (1853- 1856), la situación desventajosa en la que se encontraba frente a las potencias imperialistas, la internacionalización de la cuestión armenia en el Tratado de San Stéfano (1878) y el Congreso de Berlin (1885), y la creación de partidos políticos armenios (el Partido Liberal Armenagans en 1885, el Partido Social Demócrata Hentchak en 1887 y la Federación Revolucionaria Armenia Tashnak en 1890) que reclamaban mayores cuotas de autogobierno sin plantear la independencia, llevó a que el sultán Abdul Hamid II aboliera la Constitución y el Parlamento, e iniciara una campaña contra las minorías étnico-nacionales a las que consideraba culpables de las pérdidas territoriales y de ser germen de la lucha de clases.

Ante esto el pueblo armenio quedó como víctima del enfrentamiento entre potencias en una época de expansión de los imperialismos. Entre 1894-1896 se llevaron a cabo las “Masacres Hamidianas” en las que fueron asesinadas entre 200 y 300 mil personas de la comunidad armenia por parte del Ejército Otomano, bandas civiles y paralimitares kurdos. Entre 1820 y 1890 se habían llevado a cabo masacres de armenios, griegos y búlgaros en el Imperio que provocaron la muerte de 100 mil personas, pero esta se diferenció por la magnitud en que se ejecutó en un periodo tan corto de tiempo, y se utilizaron métodos de exterminio que serían aplicados en los genocidios posteriores. El investigador Vahakn Dadrian señala también que estas masacres fueron una excepción ya que se ejecutaron en tiempos de paz y no en relación a guerras inminentes o en curso, lo que constituye un antecedente a la posterior masacre de Adaná (1909) y a atrocidades ocurridas en 1900-1901 y 1903-1904 contra población rural armenia en las provincias de Bitlis y Van.

En 1908 un movimiento revolucionario liderado por los Jóvenes Turcos, un grupo de oficiales e intelectuales nucleados en el Comite Ittihad ve Terakki (Unión y Progreso), derrocó al sultán Abdul Hamid, restauró la Constitución y el Parlamento, y dictó una Ley Electoral que permitía la representación de todas las naciones del Imperio (aunque el número de diputados turcos era abrumadoramente superior a su proporción en la población).

Los partidos políticos armenios adhirieron en un primer momento a la ideología liberal de los Jóvenes Turcos. Pero pronto quedó demostrado que su verdadero objetivo era culminar el proceso de “turquificación” que el régimen débil y corrupto de Abdul Hamid no podía llevar a cabo. La doctrina del Otomanismo, que proponía una “nueva nacionalidad” fundada en la fusión entre los pueblos cristianos (eslavos, griegos, asirios, armenios) y musulmanes (turcos, kurdos, árabes, kazajos, tártaros, chechenos) que componían el Imperio, fue desplazada por el Panturquismo o Panturanismo, que proponía la unión de todos los turcos desde el Bósforo hasta China eliminando a pueblos como el armenio que representaban un obstáculo a este objetivo.

Para Grabriel Sivrinian estas explosiones de ideas nacionalistas pueden ser explicadas a partir de la inserción dependiente del Imperio en la economía capitalista mundial en su fase imperialista y al papel subordinado de las clases dominantes otomanas, que manejaban los factores productivos (tierra, trabajo) respecto a los capitales europeos.

En 1909 se llevaron a cabo las “Masacres de Adaná”, en la provincia de Cilicia, en donde fueron asesinadas más de 25 mil personas de la comunidad armenia y otras minorías. El Gobierno Otomano se desligó rápidamente de estos crímenes mandando a ejecutar a quienes consideró responsables de “atentar contra una nación leal como la armenia” y también a varios armenios para calmar a los fundamentalistas islámicos. No obstante las masacres no se podrían haber llevado a cabo sin la complicidad y participación de fuerzas estatales. También hubo una complicidad de potencias imperialistas que tenían apostadas naves y tropas en las costas de Cilicia, pero no actuaron para impedir las matanzas.

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En 1913, como consecuencia de la Guerra de los Balcanes, se produjo un golpe de estado por parte de la fracción ultranacionalista de los Jóvenes Turcos liderada por los Pashá Djemal, Enver y Talaat. Las pérdidas territoriales en Europa orientaron el panturquismo en dirección a Asia, con la consiguiente persecución de las minorías que no entraran en este proyecto. Este fue el sector que llevó a cabo el Genocidio Armenio ocurrido durante la Primera Guerra Mundial (1914- 1918) así como los genocidios de los griegos pónticos, los asirios, los yazidies y otras minorías, que se cobraron alrededor de 3 millones de víctimas.

No obstante es necesario señalar que estos genocidios cometidos por el Imperio Otomano no se debían a enfrentamientos entre cristianos y musulmanes, como se ha querido hacer aparecer en algunos textos. Si bien al momento de ingresar a la guerra el gobierno otomano proclamó la Yihad o Guerra Santa, los principales aliados de Constantinopla eran estados cristianos (el II Reich Alemán, el Imperio Austro-Húngaro) y su principal enemigo (el Imperio Británico) era aliado de los pueblos árabes musulmanes. Las autoridades otomanas también persiguieron a pueblos musulmanes como los árabes de Palestina y más tarde cometerían genocidio contra los kurdos. Esto explica la buena predisposición de las comunidades árabes para recibir a población armenia, asiria, griega o búlgara. Muchos perseguidos cristianos fueron escondidos y rescatados por civiles turcos, kurdos, sirios y libaneses. Los genocidios cometidos por el Imperio Otomano no obedecieron a factores religiosos sino geopolíticos de un Estado en decadencia como resultado de sus propias patologías.

El Imperio Otomano ingresó en la Primera Guerra Mundial el 29 de octubre de 1914. A finales de ese año, el gobierno aprobó el servicio militar obligatorio, según el cual todos los hombres adultos menores de 45 años que no pudieran pagar el impuesto especial para no ser incluidos. Esto incluyó a los armenios que debieron incorporarse al Ejército Otomano. Mientras tanto el Imperio Zarista hizo lo mismo con los armenios rusos que se incorporaron como exploradores en los frentes europeos.

En invierno de 1914 el general Enver atacó la ciudad rusa de Kars con el III Ejército y fue derrotado en la Batalla de Sarikamish, a comienzos de 1915. Su ejército de 90.000 hombres fue diezmado a 15.000. Las fuerzas zaristas avanzaron entonces sobre el territorio turco de Anatolia Oriental, en donde existían organizaciones nacionalistas armenias que reclamaban la constitución de un Estado independiente. Ante la posibilidad de que los reclutas armenios se unieran a los rusos, el general Enver ordenó que fueran despojados de sus armas, desmovilizados y destinados a la construcción de caminos en grupos de 500 a 1000 hombres. Allí fueron sistemáticamente ejecutados o esclavizados.

El 20 de abril, ante la inminencia de la llegada del Ejército ruso, los armenios de la ciudad de Van se rebelaron contra los turcos y proclamaron una breve República Armenia independiente. Cuatro días después de la sublevación, el gobierno de los Jóvenes Turcos consideró que afrontaba una sublevación nacionalista y ordenó las deportaciones masivas hacia el sudeste de la península de Anatolia. Entre el 24 y el 25 de abril se procedió a la eliminación de la mayor parte de la intelectualidad armenia: 650 escritores, abogados, profesores, sacerdotes, políticos y jefes militares fueron apresados, deportados y asesinados.

A partir del 24 de abril ““fecha simbólica del comienzo del genocidio- el gobierno ordenó la deportación de los armenios de las provincias orientales de Trebizonda, Erzerúm, Bitlis, Diarbekir, Jarput y Sivás. El plan era ejecutado por la “Organización Especial” (OS) que estaba bajo las órdenes directas de Constantinopla y con poder para remover a funcionarios y gendarmes opositores. En cada ciudad se anunciaba la deportación y se daba dos días a las familias para juntar sus efectos personales, antes de ser deportados en convoyes. A los notables, sacerdotes, militantes políticos y jóvenes se les hacía firmar una declaración falsa y eran ejecutados inmediatamente. En las aldeas pequeñas las familias eran masacradas y sus casas quemadas u ocupadas.

Decenas de miles de hombres fueron asesinados por gendarmes turcos y kurdos, mientras que muchas mujeres, niñas y niños armenios fueron violados y muertos brutalmente en los desiertos del norte de Siria. Miles también fueron asfixiados en cavernas subterráneas, lo que constituyó un antecedente a las cámaras de gas del III Reich alemán.

Ante una denuncia realizada por Gran Bretaña, Rusia y Francia, el gobierno otomano declaró al pueblo armenio como culpable de traición, sabotaje y terrorismo, y oficializó las deportaciones. El hambre, la sed y las ejecuciones diezmaron a los más resistentes. Los cadáveres se amontonaban en los caminos, de los árboles y postes telegráficos colgaban cuerpos ahorcados, decenas de embarcaciones cargadas de víctimas eran hundidas en el Mar Muerto. De los 1.200.000 de armenios de las provincias orientales solo 300.000 huyeron al Cáucaso y sobrevivieron. 200.000 hombres, mujeres y niños fueron secuestrados y solo una cuarta parte logró escapar.

El general venezolano Rafael de Nogales Méndez, que sirvió como mercenario en el Ejército Otomano, escribió en su libro Cuatro años bajo la Media Luna, que “las provincias de Van y Bitlis, Diarbekir y en parte la de Mamouret-El-Asis, fueron las únicas en que se celebraron matanzas en el verdadero sentido de la palabra. En los restantes vilayatos del imperio se cristalizó la persecución en forma de deportaciones en masa, que dieron casi el mismo resultado, pues de las innumerables caravanas de millares y docenas de millares de deportados que salían de las regiones costeras del Mar Negro y del centro y oeste de Anatolia, con rumbo a los desiertos de Siria y Mesopotamia, tres cuartas partes, y en ocasiones quizás el 90 o 95% de sus tripulaciones, solían sucumbir en el camino a causa del tifus y de las privaciones. (“¦)Yo he visto en las márgenes del Eufrates los cuerpos carcomidos de decenas y quizás hasta centenares de niños y mujeres armenios sirviendo de pasto a los buitres y chacales”.

Más adelante deja en claro que el genocidio fue parte de un plan del estado otomano cuando relata en su encuentro con el gobernador Reshid Bey este le comentó que las órdenes para ejecutar deportaciones y masacres vinieron desde el Ministerio del Interior que dirigía Talaat Pashá.

A fines de julio las deportaciones continuaron en Anatolia. En las zonas alejadas del frente, donde los armenios no podían representar una amenaza, se procedió a una transferencia de población hacia el sur para ser ejecutados durante el trayecto. Desde Alepo los sobrevivientes fueron conducidos hacia el desierto de Siria en el Sur, o la Mesopotamia en el Sudeste. Se ha documentado la existencia de 26 campos de concentración en las fronteras con Siria e Irak para confinar a la población armenia, aunque algunos de ellos pudieron haber sido únicamente lugares de emplazamiento de fosas comunes y otros lugares de confinamiento donde morían de hambre o epidemias. Entre marzo y agosto de 1916, el gobierno de Constantinopla ordenó la ejecución de los últimos sobrevivientes reunidos en los campos de concentración a lo largo del ferrocarril y las orillas del Eufrates.

A lo largo de todo el Imperio cientos de familias armenias fueron rescatadas por misiones humanitarias. En muchos casos algunos armenios se salvaron gracias a la intervención de algún funcionario turco, o pudieron ocultarse entre amigos turcos o kurdos. En Urfa, Shabbin Karahisar y Musa Dagh (que el escritor Franz Werfel narró en Los cuarenta días de Msa Dagh) fue la resistencia armada lo que les permitió salvar sus vidas.

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En total, tomando los datos de los refugiados en Rusia y otras fuentes, se calcula que el número total de armenios asesinados en la Península de Anatolia en 1 millón y medio de personas. También se dio el caso de niñas y mujeres que fueron víctimas de trata para ser recluidas en harenes, y la apropiación de niños pequeños para ser criados en la cultura turca.

La aplastante derrota sufrida en octubre de 1918 por los turcos y sus principales aliados (Alemania y el Imperio Austro- Húngaro) puso de manifiesto la siniestra realidad del genocidio armenio. Las presiones internacionales hacia la derrotada Turquía para que condenara a los culpables de la masacre, llevó a que el 11 de junio de 1919 el primer ministro otomano Damad Férid reconociera los hechos en la Conferencia de Paz de París y el 15 de junio del mismo año, Talaat (en ausencia), Enver, Djemar y otros responsables del genocidio fueron condenados a muerte. Pero cuando una nueva fracción de los Jóvenes Turcos, liderada por Mustafá Kemar, tomó el poder en 1921, el llamado Tribunal de la Independencia anuló estas condenas y en 1923 se extendió la impunidad a todos los responsables. No obstante, uno de ellos Talaat fue ajusticiado por el joven armenio Soghomon Tehlirian en 1921 en Berlín donde era huésped del gobierno alemán. Otros genocidas fueron ejecutados en diferentes partes del mundo por parte de la “Operación Némesis”, que dirigía la Federación Revolucionaria Armenia.

El 29 de octubre de 1923 se proclamó la República de Turquía como heredera directa del Imperio Otomano, bajo el liderazgo de Mustafá Kemal “Atatürk”, que ejerció el poder hasta su muerte en 1938. En el artículo 1°, inciso 3, de sus Principios y Propósitos, Kemal habla de “respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión”. Sin embargo durante su gobierno se llevó a cabo la etapa final del genocidio material y el comienzo del genocidio simbólico a través de la política negacionista (del pasado) y la turcalización (con miras al futuro) compulsiva de aquellos grupos socio-culturales de origen diverso. A través de discursos políticos y dispositivos legales relativamente exitosos, se logró la homogeneización de la población turco a través de un aparato estatal al servicio de la ideología nacionalista dominante.

Esto hizo que durante muchos años los manuales escolares turcos omitieron los acontecimientos de comienzos del siglo XX. Cuando debieron incluirse tras la internacionalización de la Cuestión Armenia con el reconocimiento del genocidio por parte de la ONU en 1985, se hizo para justificar su accionar diciendo que los armenios eran culpables de terrorismo contra las poblaciones musulmanas. En la actualidad el Estado Turco habla de masacres debidas a luchas interétnicas, pero sin aceptar que fue un genocidio sistemático. A pesar de la tesis oficial, la mayoría de los investigadores turcos opinan que los hechos encajan en la definición actual de genocidio.

El negacionismo turco del genocidio armenio contó desde un primer momento con la complicidad de los países imperialistas que se sirvieron de las estructuras del estado genocida. Desde la firma del Tratado de Lausana el 24 de julio de 1923, en donde los países aliados reconocían las actuales fronteras de Turquía, estas potencias han contribuido al silenciamiento sistemático del genocidio, que continúa hasta nuestros días. Es importante destacar que Turquía cumplió un destacado papel como aliada estratégica de Estados Unidos y miembro de la OTAN, ya que desde su territorio se vigila eficazmente a Rusia (como antes a la URSS), se monitorea el Mediterráneo oriental y se controlan los altamente enclaves petroleros del Medio Oriente. Durante las últimas décadas la “ayuda militar” que recibió de Estados Unidos solo fue superada por Israel y Egipto. En marzo de 2006 el embajador estadounidense en Armenia John Evans fue obligado por la Secretaria de Estado Condoleezza Rice a rectificar sus declaraciones formuladas en la Universidad de Berkeley reconociendo que las matanzas de 1915-1923 se encuadraban en la definición de genocidio de las Naciones Unidas. Este reconocimiento histórico le valió su desplazamiento de su cargo.

El negacionismo de un genocidio es la última fase un plan de exterminio que consta de tres pasos: Planificación, Ejecución y Negación. Esto da un manto de impunidad que permite que se cometan nuevos genocidios. En 1939, cuando Adolf Hitler planificaba la invasión a Polonia, justificaba la matanza que se iba a producir con la frase “¿Quién se acuerda todavía de los armenios?”.

En este sentido la novelista de origen turco Elif Shafak, una de las voces que luchan contra el silenciamiento oficial, declaró en 2006: “Si hubiéramos sido capaces de reconocer las atrocidades cometidas contra los armenios habría sido mucho más difícil para el gobierno turco cometer nuevas atrocidades contra los kurdos”. El escritor turco ganador del Premio Nobel de Literatura Orhan Pamuk también sufrió persecuciones por poner en debate los genocidios armenio y kurdo. En enero de 2007 fue asesinado de cuatro balazos en la puerta de su casa el periodista turco-armenio Hrant Dink -director del semanario Agos- por intentar fomentar el diálogo entre ambas naciones y encontrar una narrativa común sobre el genocidio armenio, crimen por el que se acusó y condenó a un joven turco de 17 años.

Como consecuencia de la lucha de numerosas organizaciones de armenios en la diáspora (se calcula que hay alrededor de 12 millones en todo el mundo, de los cuales solo 3,2 millones residen en Armenia), el genocidio fue reconocido por los gobiernos de 20 países. El primer país en reconocer el genocidio fue Uruguay a partir de la Ley Nº 13.326 de 1965. En la actualidad los países que han reconocido oficialmente el genocidio armenio son: Argentina, Armenia, Bélgica, Canadá, Chile, Chipre, Francia (que tiene penalizado el negacionismo), Grecia, Italia, Líbano, Lituania, Holanda, Polonia, Rusia, Eslovaquia, Suecia, Suiza, Uruguay, El Vaticano y Venezuela.

Estados Unidos, Israel, Reino Unido y el Estado Español no reconocen la figura de Genocidio para referirse a la masacre que sufrió el pueblo armenio. No obstante las regiones de Escocia, Irlanda del Norte y Gales en el Reino Unido, el País Vasco y Cataluña en el Estado Español, y 42 estados y cientos de municipios en los Estados Unidos reconocen el genocidio.

También es reconocido por las regiones de Ontario y Quebec en Canadá, Australia Meridional y Nueva Gales del Sur en Australia, la República Autónoma de Crimea (en disputa entre Ucrania y Rusia), los estados de Ceará y São Paulo en Brasil, el Parlamento de Kurdistan en el exilio y el Parlamento del Mercosur.

Frente a esto debemos apoyar la lucha de las organizaciones armenias para lograr el reconocimiento del genocidio negado y las reparaciones a las víctimas que incluyan las devoluciones del territorio de la Armenia Occidental que sigue bajo ocupación turca. Es a través de la solidaridad de los pueblos del mundo que lograremos romper el cerco de impunidad que pretenden alzar los ejecutores de uno de los peores genocidios de la historia. Esto es fundamental en una época en donde otros genocidios se están llevando a cabo (como el del pueblo palestino por parte del Estado de Israel, la nación saharaui por el Reino de Marruecos o las numerosas masacres que comete el Estado Islámico) ante la complicidad de los grandes medios y de las mismas potencias imperialistas que ayudaron al Imperio Otomano a silenciar la masacre del pueblo armenio.



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