02/04/2015

Glifosato y soberanía tóxica

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La Organización Mundial de la Salud ““a través de la Agencia para la Investigación sobre el Cáncer (IARC)- ha declarado al glifosato potencialmente cancerígeno. A 19 años de la introducción brutal de la soja de transgénesis en la Argentina, cuando ya tienen 20 los primeros niños salpicados por el veneno que sólo deja en pie al cereal mutante que, desde hace dos décadas, ha arrasado con la tierra, los montes, los pájaros, las vacas y la gente de los suelos más feraces del país. Por Silvana Melo para APe / foto: Pablo Piovano


A casi dos décadas de la generosidad rural que implantó la soja solidaria cuando un bife era de oro puro y nadie podía acceder a él si no era un terrateniente. Cuando llenaban las bolsas de la semilla y las dejaban en las puertas del pobrerío. Y era morirse de hambre o hacerlas puré. Con una transformación genética de cuyas consecuencias en los cuerpos en desarrollo nadie tenía noticias.

Y fue el doctor Darío Gianfelici, en las periferias de Paraná, quien comenzó a observar que la gente se enfermaba distinto. Que las nenas tenían menstruaciones tempranas. Y a los niños les crecían las mamas.

Junto a la soja con mutación genética llegó el veneno que secaba toda vida de los alrededores, menos la planta verde que agotaba la tierra y, con una cotización fenomenal, se embarcaba para alimentar los cerdos chinos, entre otros destinos.

Las malformaciones, el cáncer, la diabetes y las graves afecciones de piel (ictiosis, niños de cristal) se multiplicaron a partir del avance aluvional de los plantíos. Las fotos de Pablo Piovano, que recorrió la ruralidad de Entre Ríos, Chaco y Misiones, son un pantallazo de 6.000 kilómetros de pueblos fumigados, del desamparo y la intemperie, de las más de 13 millones de personas expuestas, directa e indirectamente, a las lluvias intermitentes de glifosato, de los 370 millones de litros de agroquímicos que sólo en 2012 se volcaron en 21 millones de hectáreas (el 60 % de la superficie cultivada del país) y de los que derivaron sobre la piel, los pulmones y la tierra pisada por el 80 por ciento de los alumnos rurales de Entre Ríos; sobre los niños de Bovril; sobre los de San Salvador; sobre los correntinos de Lavalle. Y la lluvia tóxica que Fabián Tomasi cargó y bombeó durante años para la aplicación de venenos que, de a poco, irían consumiéndole el cuerpo y la vida a él mismo. A él, que en Basavilbaso, sobrevive ahora con una polineuropatía severa y atrofia muscular generalizada que lo inmoviliza cada vez más.

La Red de Acción en Plaguicidas de América Latina (Rapal) exige la aplicación de la legislación que prevé el “principio precautorio” que permite limitar el uso del glifosato a partir de la sola sospecha de que pueda ser dañino para la salud. En el paíspatasarriba el principio precautorio se aplica al revés: una mezcla de Constitución, Código Penal, soja y glifosato cocina un caldo caprichoso donde todo veneno es inocente hasta que demuestre lo contrario.

La disposición de la OMS es tardía y, a la vez, vio la luz en la marginalidad: los grandes medios ignoraron la noticia, que sólo corre por abajo, en las venas ocultas del otro país. Monsanto, la multinacional que creó el monstruo y su veneno, se exaltó un poco a partir del dictamen: “Monsanto está en contra de la ciencia basura”, comunicó, entre otras diatribas.

Así fue catalogado Andrés Carrasco, en 2009, cuando se atrevió por primera vez, desde el Conicet, a publicar los daños que producía el veneno en los embriones anfibios. Incluso en dosis muy inferiores (entre 1.500 y 300.000 veces menores) a las que aplican los fumigadores. “Los resultados comprobados en laboratorio son compatibles con malformaciones observadas en humanos expuestos a glifosato durante el embarazo”, sostuvo la revista estadounidense Chemical Research in Toxicology al publicar la investigación de Carrasco un año y medio después. Durante ese período el poder político y el poder económico (abrazados en la misma orilla) buscaron destruir personal y científicamente a Carrasco. Fue una campaña atroz. Murió por un cáncer, en 2014.

Nunca pudo saber que la OMS terminaría dándole la razón después de tanta ignominia.

Después de tanta voz en la intemperie, de tanto (o de tan poco) médico que desde el coraje se plantó frente a la compañía y a sus propios vecinos, atados de pies y manos a la soja y su veneno.

Después de Medardo Avila Vázquez, de Darío Gianfelici, de Damián Verzeñassi, tan médicos y tan solos frente a las malformaciones congénitas, a los abortos espontáneos, a los cánceres más frecuentes.

Después de tantos niños que la enfermera Mercedes Méndez vio pasar y morir por el Garrahan, de pueblitos perdidos, con tanta infancia en vuelo hacia otros páramos, más respirables.

Después de José Rivero (4 años), Nicolás Arévalo (4 años) envenenados en Lavalle, de Ezequiel Ferreyra (7 años) intoxicado en un establecimiento agrícola.
Después de los primos Portillo, del 70% de los niños nacidos alrededor de las tabacaleras de Misiones, con malformaciones y piel de cristal, de los pibes que juegan y comen tierra cerca de las tomateras de Lavalle, los muertos de cáncer y los 114 niños contaminados en Barrio Ituzaingó.

Después de Joan Franco, de Leila Derudder, de Pablo González, en San Salvador, Entre Ríos. Muertos de leucemia y de cáncer a la edad en que la vida empieza a bailar y a despuntar alguna felicidad. A la edad en que se vive, no se muere.

Después de tanta lucha y tanto quebranto, la OMS determinó que el glifosato era posiblemente cancerígeno. Pero nadie se enteró mucho. Monsanto hizo berrinche. Los grandes medios enmudecieron detrás de la mordaza publicitaria.

Y el Estado festejó que ya se produzca en la Argentina la potasa cáustica, insumo básico del glifosato.

Para que el veneno comience a ser industria nacional. Y se declare la soberanía tóxica.

fuente: Agencoa Pelota de Trapo



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