17/11/2014

Un nuevo sujeto que cambia todos los guiones

gestamp.jpgEl mundo sindical es uno de los menos propensos al cambio. Lo demuestran los dirigentes que se eternizan, las relaciones laborales rutinarias y la poca permeabilidad a la tecnología. Sin embargo, la irrupción de comisiones internas de izquierda, en una escena adormecida, complejizó la situación, desafió las relaciones de poder y sacó a relucir lo peor de la vieja guardia peronista. Los tradicionales administradores de la paz social en los lugares de trabajo, desorientados. Por Jorge Duarte.


El ascenso de la izquierda en el mundo sindical es un fenómeno del que se habla recurrentemente aunque con poca precisión. Es que se trata de una realidad que desorienta a propios y atrae a extraños, por lo tanto ni unos ni otros le encuentran la punta al ovillo para poder avanzar en explicaciones. La irrupción de la izquierda es una realidad, es cierto, aunque incipiente. En rigor se trata, más precisamente, de la llegada de dirigentes y activistas de base clasistas que lograron en los últimos años ganar terreno entre los delegados o en las comisiones internas. Crecen desde el pie, dicen sus referentes.

La presencia de los gremios en el lugar de trabajo es una de las principales virtudes del modelo sindical argentino y le permite a los trabajadores organizarse y disputar palmo a palmo con el capital allí donde se produce la riqueza. Las comisiones internas y los cuerpos de delegados son las ramificaciones que le permiten a los sindicatos establecer una red de vínculos para reforzar su pertenencia y su organización. Además, otorga la capacidad de pelear por condiciones de trabajo y salarios a nivel micro. En definitiva son espacios trascendentales por su potencia para que los gremios se acerquen a los obreros que representan, su verdadera esencia, y una fuente de preocupación constante para los empresarios que los “hospedan”.

Heridas de muerte por la última dictadura y tras lo que parecía ser la derrotada definitiva durante la noche de los 90´s, las comisiones internas clasistas resurgieron revitalizadas. Retomaron la iniciativa perdida o quebrada y recuperaron parte de los contenidos que les habían sido arrebatados a punta de desempleo, flexibilización laboral, tercerizaciones, contratos y ajustes.

Esta dinámica en las bases, que regresó a medida que las fábricas se poblaban en los años dorados del kirchnerismo, no encontró ni pudo conseguir un correlato en las estructuras de gremios pasivos y burocratizados, que en lugar de absorberla, la repelen. Tampoco pudo establecer espacios de dialogo y negociación con un conglomerado empresario acostumbrado a “consensuar” sus políticas con los amigos de siempre. Aunque parezca paradójico, ese tandem (vieja guardia sindical peronista y empresariado) que por su posicionamiento en la estructura productiva debieran encarnar papeles antagónicos, suman fuerzas para aislar a los “intrusos” que sueñan con democratizar la toma de decisiones que hace años le pertenece a un pequeño grupo.

Para relatar esas carencias en la inserción, también hay que hacer foco sobre los errores propios de una izquierda ortodoxa con una formación que entiende el verbo negociar como sinónimo de claudicar. Esta beligerancia, exacerbada, redunda en incapacidad de establecer salidas a los conflictos y los entrampa en desgastantes y extensas batallas que los ponen siempre al borde del abismo. Días de furia en los que se juegan el todo por el todo.

Viejas herramientas

Los grandes gremios, con direcciones que en su mayoría fueron partícipes o cómplices de las políticas neoliberales de los 90´s, no encontraron su lugar en una realidad que les exige nuevas respuestas. Como en aquellos años, las dirigencias sindicales siguen ausentes de los lugares de trabajo, encerradas en sus locales gremiales y sin capacidad de incorporar a una generación que se suma a la militancia con perspectivas de participación.

Esa retracción y confinamiento de las cúpulas se comprueba al repasar las estadísticas del mercado laboral. Actualmente sólo el 14,2% de las empresas argentinas posee algún tipo de representación gremial puertas adentro. Es decir, la gran mayoría de los establecimientos productivos (el 85,8%) no tiene ningún tipo de injerencia en los gremios en la diaria, por lo que sus empleados quedan desprotegidos y a merced de las políticas de organización del empleo decididas unilateralmente desde la patronal. Estos datos serían todavía más estrepitosos si se considerasen en la estadística las empresas pequeñas, con menos de 10 empleados, ya que por razones metodológicas las cifras se estiman en lugares con 10 o más trabajadores.

Está claro que este abandono de la comisión interna como herramienta, punto nodal del modelo sindical argentino, no es producto de una sola causa. Evidentemente para que esto suceda se combinaron la desidia, la incapacidad, la derrota cultural, la carencia de iniciativas y, fundamentalmente, la decisión estratégica de muchos dirigentes de pactar con las patronales la no intervención en los lugares donde se genera la riqueza. Es decir, la democracia que se puede ejercer en cualquier espacio de la vida pública está vedada en aquellos puntos donde el capital genera valor.

Esa herramienta abandonada y despreciada por sindicatos que no consultan nunca a sus bases, fue la que levantó el activismo clasista que, paulatinamente, comenzó a intervenir en la vida interna de los lugares de trabajo y a ocupar los espacios vacantes. Como el poder tiene horror al vacío, y las relaciones laborales implican relaciones de poder, la izquierda pasó a ser una alternativa tangible en los establecimientos en los que la vieja guardia sindical peronista era intangible por definición. El clasismo que parecía extinto retornó, entonces, gracias a los resquicios que le abrió el sindicalismo burocratizado. Mientras los popes sindicales se concentraban en la rosca desde arriba, abajo se les movía el piso.

Los hijos rebeldes

Los delegados clasistas son hijos de un mercado laboral potente, con baja desocupación y creación de puestos de trabajo. Lo paradójico es que el fenómeno, que tiene epicentro en los gremios industriales, es hijo del 2001, pero fundamentalmente del kirchnerismo al cual hoy se enfrentan. En una situación de virtual pleno empleo y crecimiento a tasas chinas, la militancia de izquierda encontró el contexto económico propicio para obtener los frutos de lo que fue una decisión estratégica: ganar terreno entre los obreros.

La grieta abierta entre gremios con viejos dirigentes y viejas políticas y empresas con nuevos trabajadores que exigen nuevas respuestas, representó un desafío que muchos de los dirigentes sindicales no estuvieron a la altura de afrontar. Según el Ministerio de Trabajo, los cinco millones de puestos de trabajo creados en la etapa kirchnerista están en la franja entre 25 y 40 años. Las cúpulas gremiales, que en promedio superan los 25 años en el ejercicio de conducción, no son capaces de saldar esa distancia generacional. Otros discursos, otras realidades, otras expectativas, otras exigencias.

Estos obreros, que en su mayoría se incorporaron al mercado laboral con buenos salarios y perspectivas de crecimiento, son sus emergentes rebeldes y hoy uno de los problemas ante la merma de la actividad, los despidos y las suspensiones. Es que los delegados clasistas, imposibilitados por los múltiples obstáculos existentes para disputar la conducción de las estructuras sindicales, centran su atención en pelear el liderazgo de los conflictos que enfrentan en conjunto con sus compañeros de trabajo.

Ante los renovados ajustes, las viejas conducciones gremiales suelen responder con salidas tradicionales: inacción, complicidad o falta de determinación. Es ahí cuando la izquierda gana terreno porque, al menos, presenta un camino posible ante la crisis. Con prácticas que se oponen al tradicional verticalismo burocrático, una propensión por el abuso de las asambleas, pero con el foco centrado en la participación, los activistas clasistas suelen encabezar la resistencia ante el ajuste que se comienza a cernir. Es en esa contradicción -obvia- que presentan los gremios, que son más comprensivos con las patronales que con sus obreros, donde el clasismo encuentra su tierra más fértil.

Suena a paradójico, pero el mundo donde todos los actores pactaron para mantener el status quo, se convirtió en el caldo de cultivo inmejorable para el nacimiento de un nuevo sujeto que desacomodó todas las relaciones previas. Es que esa paz social sellada de hecho entre la vieja guardia sindical, el empresariado y un gobierno que decidió no interferir en la vida gremial, fue la que los adormeció y habilitó la rebelión de los de abajo que se cansaron de que los de arriba no se acuerden que existen gracias a ellos.

Fuente: Escritos de Clase



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