11/03/2014

Pepa Gaitan, entre la Ley y el deseo

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“Los ecos del disparo descerrajado en un barrio popular de la periferia cordobesa en la madrugada de ese 7 de marzo de 2010 se dispersaron a lo largo de todo el país. Resonaron en cada colectivo de militancia lésbica, en cada activista lesbiana, en muchas lesbianas que nunca habían militado. También en muchxs otrxs que se sintieron interpeladxs, violentadxs. O que percibieron que el asesinato de la Pepa tenía algo que ver con sus propias vivencias.” Por nati ((i)). Foto: Gaston Malgieri


Cuando transcurrían los días en que se sustanciaba el juicio contra Daniel Torres, por el asesinato lesbofóbico de Natalia la pepa Gaitán, todxs teníamos la certeza de que lo que estaba en juego era mucho más que una sentencia que sellara el destino de su ejecutor.

Es que en el centro de las danzas oficialistas por el matrimonio igualitario, en el corazón de los discursos gubernamentales inclusivos o las acciones institucionales “afirmativas” y políticamente correctas de la diversidad, se alojaron también los perdigones del escopetazo que le quitó la vida a la Pepa, su vida y su existencia lesbiana.

La crudeza de estos perdigones puso en tensión todo un discurso montado sobre la aprobación de la reforma a ley de matrimonio civil que a partir de julio de 2010 permitía el matrimonio entre personas “del mismo sexo”. Más allá de la relevancia jurídica y social de este hecho -y de ser el reconocimiento estatal de una reivindicación de gran parte del movimiento lgtb de muchos años-, gran parte de la campaña mediática y oficial/ista en torno a esta ley invisibilizó las violencias y exclusiones cotidianas que persistían/persisten en la vida de las personas que no se identifican con la norma binaria y heterosexista e impuso una imagen “aceptable” de la disidencia sexual.

Esa violencia persistente, sostenida, fue la que quedó en evidencia con el asesinato de la Pepa y todos los mecanismos que le siguieron: la demora de la ambulancia, los discursos mediáticos lesbofóbicos, las declaraciones judiciales y los alegatos de los abogados, la sentencia y sus fundamentos, que al tiempo que condenaban a Torres, invisibilizaban el lesbianismo de Pepa tras la figura de la violencia de género.

Noe Gall, activista lesbiana feminista y una de las organizadoras de la Jornada de Visibilidad Lésbica en Córdoba, señalaba “La Pepa era muy visible, en su barrio, en su vida, en su cotidianeidad y esa visibilidad también fue la que le costó la vida, porque en la sociedad en la que vivimos, la visibilidad te puede costar la vida”. Es que Pepa, además de ser una lesbiana masculina visible, estaba lejos de ser una lesbiana políticamente correcta: “se intentó hacer de la Pepa una persona aceptable para la sociedad, que tenía su novia, bien, que es la imagen que se vende hoy: si vos formás una pareja, y te casás, y tenés hijos, vas a ser aceptada por la sociedad. Pero si sos lesbiana y no te querés casar ni tener hijos ni pareja monógama, quizás merecés que te maten”. Ese es el costo de la “aceptación” de la sociedad.

Los ecos del disparo descerrajado en un barrio popular de la periferia cordobesa en la madrugada de ese 7 de marzo de 2010 se dispersaron a lo largo de todo el país. Resonaron en cada colectivo de militancia lésbica, en cada activista lesbiana, en muchas lesbianas que nunca habían militado. También en muchxs otrxs que se sintieron interpeladxs, violentadxs. O que percibieron que el asesinato de la Pepa tenía algo que ver con sus propias vivencias.

En julio de 2011, durante el juicio, escribíamos: ” …como en muchos otros juicios históricos, la presión del activismo, de lxs familiares de Pepa, y de lxs muchos que se sintieron implicadxs, lograron romper el silencio, sacudir la burocracia e instalar públicamente y en los tribunales a la lesbofobia como un mecanismo generador de violencia. Fueron esas acciones, jurídicas, callejeras, mediáticas, las que plasmaron la indignación y el dolor de muchxs en el ámbito público, las que una vez más hicieron político lo que quería construirse como personal -“resolverse” entre los muros de las salas de audiencia de los tribunales-, las que pusieron nombre y adjetivo al acto perpretado por Daniel Torres el 7 de marzo de 2010″.

Ese movimiento iniciado en esta fecha, hoy señalada como el Día de la Visibilidad Lésbica, no encontró fin. Pepa Gaitan hoy es un rostro, un nombre y una consigna presente en marchas, en plazas, en banderas, o como dice La Loca de la Pluma “arriba de los bondis en las sendas peatonales sos el nombre de calles y avenidas”…

Desde esos lugares, con su ostensible lesbianismo, con su chonguez, la pepa nos recuerda que no se trata de extender los márgenes de la “aceptabilidad”. Se trata de demoler la idea de que alguien necesita ser “aceptadx” por su condición sexogeÅ„erica o por cómo vive su sexualidad.

Terminamos con unas palabras que Flavia Dezzutto nos decía en la voz de Antígona, en un texto escrito para la Jornada y leído por fabi tron y Soledad Pérez: “‘- Abandonada como me ves, sin ningún amigo, voy a entrar totalmente viva a la fosa de los muertos.’ Así es como la Pepa entró en la muerte, viva, visible, digna, con la cabeza en alto, y su hermosa sonrisa a pleno vuelo, así es como está aquí hoy y seguirá estando entre nosotras.”

Pepa Gaitán presente, ahora y siempre.

Justicia es que no vuelva a pasar.



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