16/09/2011

Jorge Julio López

lopez2-2.jpgEn este artículo, la Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos realiza un recorrido por la historia de vida de Jorge Julio López. Una reconstrucción sobre quien “ejercitó su memoria durante treinta años; no se permitió a sí mismo olvidar. Él tenía algo que hacer, que era alguna vez dar testimonio, no sólo por él, sino por aquellos que vio morir, aquellos que estuvieron con él en los diferentes centros clandestinos de detención. Aquello que no podía decir, que nadie quería escuchar, Jorge Julio Lopéz lo volcaba en cuanto papel caía en sus manos, contando desde el día del secuestro hasta su paso por la Unidad 9. Así, estos textos lo ayudaron a mantener fresca y vívida su memoria, hasta el momento en el que pudo hablar, 20 años después de su liberación”.


Los integrantes platenses de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos conocimos a Jorge Julio López en julio de 1999. Jorge, como lo llamábamos entonces, acababa de brindar su testimonio en el Juicio por la Verdad de La Plata, a pedido de la familia de Patricia Dell’Orto. A partir de allí, algunos compañeros mantuvimos contacto con él, avisándole cuando había alguna audiencia importante, yendo a alguna inspección ocular, intercambiando información sobre las causas o coordinando para presentarnos juntos a querellar por alguno de los centros clandestinos del Circuito Camps por los que habíamos pasado como detenidos-desaparecidos. Y escuchándolo, ya que no tenía otro ámbito donde pudiera hablar.

En estos años pudimos reconstruir detalles sobre gran parte de su vida, recordando conversaciones con él, reviendo sus testimonios judiciales, a través de muchas investigaciones periodísticas que medios gráficos y equipos de documentalistas realizaron durante estos cinco años.

Su vida familiar

López nació el 25 de noviembre de 1929 en General Villegas, Provincia de Buenos Aires. Sus padres fueron Eduardo López y Consuelo Rodríguez. Cuando llegó a La Plata, trabajó en algunas quintas y luego, durante más de cuarenta años, en la construcción como albañil.

En 1962 se casó con Irene Savegnago, con quien tuvo dos hijos, Rubén y Gustavo. Siempre fue fanático del fútbol. Con sus manos construyó su propia casa en la esquina de 69 y 140, de los Hornos (en las afueras de la ciudad de La Plata), y luego las de sus hijos. Su familia lo llamaba Tito, en el barrio algunos le decían Gallego.

Peronista desde joven, recién en el año ’73 se acercó a participar de las iniciativas de la nueva Unidad Básica de su barrio.

Su militancia en Los Hornos

Un grupo de jóvenes platenses decidió crear una agrupación desde la que se integraron a la Juventud Peronista y a Montoneros. En su mayoría, se conocían desde años atrás, del secundario, y vivían por la zona de plaza Castelli. Entre ellos se encontraban Ambrosio De Marco, Juan Carlos Gentile y Jorge Pastor Asuaje. En el primer lugar que encontraron un local fue en Los Hornos, en junio de 1973. Allí, en la calle 66 y 140, fundaron la Unidad Básica que llamaron “Juan Pablo Maestre”, en homenaje al militante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) secuestrado y asesinado junto a su mujer, Mirta Misetich, en julio de 1971.

Abrieron la unidad básica el 18 de junio a la tarde, se instalaron ahí, pegaron carteles toda la noche invitando a recibir a Juan Domingo Perón, y todo el 19 se la pasaron buscando colectivos para ir hasta que lograron llenar un micro. Ezeiza significó un golpe durísimo para el impulso y el entusiasmo con que se estaban viviendo esos meses.

En esa coyuntura, igual pudieron convocar a la gente del barrio para que se sumara a participar en actividades políticas y reivindicativas para el barrio, así como en actividades de recreación y asesoramiento. Uno de los primeros que se acercó, ya en esa segunda mitad del año 73, fue López. Él tenía por entonces 47 años y en un primer momento sólo se sumaba a las discusiones y actividades cuando podía, de vez en cuando, al regreso de sus largas jornadas laborales o de algunos viajes que debía hacer por algunas obras.

En una de las reuniones de la Unidad Básica lo apodaron “Partido Socialista”. Jorge Pastor Asuaje siempre relata la anécdota en que López, quien era un obrero peronista desde los años “˜40, durante una de las primeras reuniones a las que se acercó planteó que: “Esos que gritan Perón, Evita, Partido Socialista, no son peronistas”. Y aunque el palo era directo para los militantes de la Juventud Peronista que allí estaban, con humor pudieron revertir esa sentencia en la relación que fueron construyendo, que concluyó con el posterior acercamiento de López a la izquierda del movimiento. Allí se fueron forjando fuertes vínculos políticos y personales, en reuniones de discusión, de formación y de organización. Jorge Pastor Asuaje relató que cuando las cosas se pusieron cada vez más dura por la represión, López siguió participando, incluso arriesgándose. Aunque no era un militante de jornada completa, aportaba, con mucha seriedad y conciencia, a las reuniones, a las pintadas y a algunas otras tareas más riesgosas cuando hacía falta.

Patricia Dell’Orto comenzó a participar en la Unidad Básica en el verano de 1974 llevando adelante muchas actividades. Entre jóvenes y adultos, algunos eventos en “la Maestre” llegaron a congregar a más de 100 vecinos. Desde 1974, la represión parapolicial comenzó a arrasar con la experiencia de los centros políticos barriales en todo el país.

La represión en Los Hornos

Julio fue secuestrado por primera vez en la noche del 27 de octubre de 1976 de su casa de calle 140 y 69, en la localidad de Los Hornos, provincia de Buenos Aires. En esos días, entre octubre y noviembre de 1976, también secuestraron a otras doce personas del mismo barrio y de la “Juan Pablo Maestre”. La unidad básica también fue acribillada y quemada. Algunos fueron liberados enseguida, la mayoría permanece desaparecida.

Aunque su señora, Irene, realizó de inmediato la denuncia en la comisaría Tercera de los Hornos (que por ese entonces era la 11°), no obtuvo ninguna respuesta. Sin contacto con otros ámbitos, y con dos hijos pequeños, de 6 y 10 años, fue poco lo que Irene pudo hacer para instalar el reclamo por la desaparición de su esposo. En esa ocasión López estuvo detenido-desaparecido durante 160 días hasta que fue “blanqueado”. Después permaneció 812 días detenido a disposición del Poder Ejecutivo Nacional.

En su declaración, él narró con muchísimo nivel de detalle cómo lo subieron en un carromato, le pusieron un pulóver encima de la cabeza y lo ataron con las mangas y con un alambre. No podía ver. En el carromato ya habían subido al ciudadano paraguayo Norberto Rodas, quien continúa desaparecido. Los llevaron a un centro de detención, con paredes descascaradas de color rosa que estaba cerca del aeropuerto. Allí estuvo dos días, escuchó a Etchecolatz decir: “Mirá, voy a felicitar al personal porque han agarrado a estos dos montoneros”. En ese lugar, López creía que estaba a cargo el personal de la Brigada de Investigaciones de la Plata.

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A Julio y a Rodas los torturaron toda la noche y después los pusieron en una celda que tenía dos ventanitas desde donde se veía el aeropuerto. A la mañana, cuando venía el viento del sur, sentían olor a chancho. El sabía que Venturino tenía un criadero de chanchos por esa zona y se dio cuenta de que estaba en el lugar donde antiguamente funcionó la División Cuatrerismo de Arana. En su declaración en el Juicio por la Verdad, López planteó que supo por distintas versiones sobre la existencia de fosas comunes, información que fue confirmada a partir del hallazgo de restos óseos en el año 2009. De Cuatrerismo de Arana recordó como compañeros de cautiverio a Raúl Bonafini y a una mujer “gorda” de Villa Elisa.

El 29 de octubre, los llevaron en un Torino de la policía a un centro de detención que luego reconoció como la estancia “La armonía”, ubicada en 137 y 640 (Pozo de Arana). López identificó todo el recorrido y la zona porque había trabajado en la construcción y arreglos de todos esos lugares a comienzos de los “˜60. Julio y Rodas fueron picaneados nuevamente. Al día siguiente llevaron a Alejandro Sánchez (quien también continúa desaparecido), muy lastimado, y los volvieron a torturar. Esta vez, juntos. Al otro día llevaron al mismo lugar a Efraín Guillermo Cano, un chico de 18 o 19 años, aunque lo mantuvieron separado de ellos. El 1 de noviembre llegó Etchecolatz con un grupo de torturadores; Julio reconoció a algunos de ellos: Garachico, Aguiar, Urcola y Manopla Gómez, quien los pateaba ferozmente. Los volvieron a torturar.

El 3 de noviembre lo llevaron a una celda y lo dejaron tirado en el suelo. Allí pudo ver a una mujer alta y gorda a quien, mientras torturaban, le preguntaban por monseñor Antonio Plaza, quien la había entregado. El día 4 llevaron a otros chicos secuestrados y el 5, a eso de las 11 o 12 de la mañana, a Patricia Dell`Orto con el marido, Ambrosio De Marco. López recordó que Patricia estaba muy lastimada y la siguieron torturando los días siguientes, interrogándola sobre las actividades de la Unidad Básica.

En la noche del 9 de noviembre, día en que estalló una bomba en el Departamento Central de Policía, llegó toda la patota al mando de un represor de hablar gangoso, que gritaba. Pusieron en su misma celda a Patricia y a Ambrosio. Patricia le pidió a Julio que, si salía, fuera a su casa y le avisara a su familia dónde estaba, y que le dijera a su hijita cuánto la quería. Oyó a uno de la patota que decía: “Por cada soldado que muera van a morir cinco de ustedes”. Esa noche lo sacaron a Rodas de la celda y pudo escuchar el tiro con el que el Gangoso lo fusilaba. Un rato más tarde se llevaron a Patricia y la oyó cuando pedía que no la mataran porque quería criar a su hijita. Por un agujerito pudo ver cómo la fusilaban. También sacaron Ambrosio y lo mataron. Entre los represores de ese centro de detención Julio también menciona a Rudi Calvo, y entre los detenidos a Francisco López Muntaner (continúa desaparecido), a quien identifica como el chico de los boletos, y dice que parecía estar enfermo y muy lastimado; a un muchacho cordobés, que, según el reconocimiento fotográfico, era Guillermo Williams.

En otro lugar de ese mismo centro de detención, Julio vio a Sánchez, que era también albañil de los Hornos; a Efraín Guillermo Cano; al soldado José David Aleksoski (continúa desaparecido); a Julio Mayor y su esposa, María Hebelia Sanz; y a un conocido suyo de apellido Casagrande. También recordó a un compañero al que le decían Miguita porque juntaba las migas de pan que se les caían en el piso, para comerlas.

Aproximadamente el 15 de noviembre, les dieron de comer albóndigas a las que cree que le pusieron algo porque se quedaron todos dormidos. Al día siguiente, despertaron en la Comisaría Quinta de La Plata. Casagrande, que no había comido albóndigas, les contó que la noche anterior habían ido unos soldados y los habían cargado en un camión volcador y que al llegar a la Comisaría Quinta levantaron la caja y fueron cayendo todos. Julio identificó inmediatamente el lugar por una palmera que había en una casa que está enfrente, donde había hecho unos trabajos y conocía al dueño. Allí reconocían los ruidos de Guanzetti, y las campanas de la iglesia que está enfrente. Estuvieron con cólicos varios días. Era un lugar de 3 x 4 metros. Comían muy poco y todos debían hacer sus necesidades en el mismo lugar. Allí, nuevamente, vio a Cano y a la señora de un tal Julio que luego fue trasladada con ellos a la comisaría Octava. El 10 u 11 de diciembre, llegó la patota y lo llevaron a él y a Cano a la terraza para torturarlos. Oyó a Etchecolatz que, refiriéndose a la picana, decía: “Dale, dale, subila un poco más que la de allá era floja”. Esa tortura lo dejó deshecho.

Los días siguientes estuvieron un poco más tranquilos hasta que el 20 o 21 de diciembre lo llevaron, junto con Mayor, a la Comisaría Octava de La Plata. Los recibió el oficial Peralta quien al ver el aspecto que tenían, dijo: “¿De dónde los trajeron, del cementerio?”, porque estaban embarrados y rotosos. Un oficial, de apellido Gigena, le dijo a Julio: “Te salvaste, Gallego”. Lo conocía porque la hermana vivía a tres cuadras de su casa. De la seccional Octava recordó compartir cautiverio con un ciudadano peruano llamado Atacama, a un señor llamado Rodríguez Muller; el mismo chico Cano, a un tal Julio y su señora, a quienes había visto antes en la Quinta. También se acordaba de una chica de apellido Martínez y que era oriunda de la localidad bonaerense de Rojas. Era flaca, con el pelo ondulado, tirando a rubia. Esta chica tuvo un bebé en la comisaría Octava, coloradito, pecoso, que decían que era producto de la violación de un milico en el Pozo de Arana. Hasta donde él sabe, fue liberada porque se comunicó con Julio después de 1979.

El oficial Peralta le dijo a otro policía, de apellido Recalde, que lo llevara a bañarse, que le diera ropa buena, una manta y un peine. Le decía que daba asco, porque tenía las zapatillas llenas de hongos y sangre. Después trajeron un colchón donde pudieron dormir por turnos.

El 26 de marzo le dieron la noticia de que lo habían puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN). El 4 de abril los cargaron en un camión del Servicio Penitenciario y los llevaron a la cárcel de Olmos, donde dejaron a las mujeres. El que manejaba el camión era el mismo que manejó el carromato que sacó a Julio de su casa, de nombre Jorge Ponce, a quien conocía porque vivía en el barrio. Los trasladaron así a la Unidad 9, donde los tuvieron primero en el pabellón 16 y después en una zona donde estaban las celdas de castigo. En ese lugar escuchó hablar a el gangoso, el mismo que mató a Patricia Dell`Orto, a su marido Ambrosio de Marco y a Rodas. De aquellos que compartieron detención con él en la Unidad Penal 9, Julio recordó a: Sotelo; Mazza; Galán, doctor; un mendocino apellidado Sánchez; Juan Graiver y otras 60 personas. Allí permaneció hasta recuperar su libertad el 25 de junio del año 1979.

Con las declaraciones de Jorge Julio López quedaron involucrados gran cantidad de represores en las causas que están abiertas en La Plata por las víctimas y centros pertenecientes al “Circuito Camps”. En sus testimonios identificó a genocidas como Ramón Camps, Miguel Osvaldo Etchecolatz, Hugo Guallama. Del Destacamento de Arana (Cuatrerismo) recordó dos apodos, “Pancho” y “Doctor Metralleta”, del Pozo de Arana, a Francisco Joaquín Urcola y Carlos Ramón “Manopla” Gómez; de la Comisaría Quinta, Julio César Garachico; y de la Comisaría Octava identificó al Comisario Acosta, Agente Gigena, Agente Vargas y Agente López. Sobre su detención en la Unidad 9 recordaba a un teniente coronel, Calderón Montero, que lo entrevistaba allí y que luego reconoció en un diario como del Regimiento de Patricios, aunque luego quedó cierta duda sobre si era efectivamente ese el apellido.

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López no se permitió olvidar: “Los argentinos tienen que saber”

Después de su salida de la cárcel, Julio comenzó otra etapa. Con dos hijos adolescentes que criar, en el barrio humilde de donde lo habían sacado, en plena dictadura todavía, volvió a hacer lo que sabía: changas de albañil, manteniendo el silencio sobre lo que había vivido. Silencio dentro y fuera de su casa. Así, en estas condiciones, este albañil, con mínima instrucción (había llegado a segundo grado de la escuela primaria), empezó a escribir. Al principio fueron papeles escritos a escondidas, dictados por la memoria del horror. Cualquier tarde podía echar mano al reverso de una publicidad, una servilleta o un trozo de bolsa de cal para plasmar con su lápiz de albañil cualquier recuerdo que brotara.

De Arana, salió con una promesa hecha a Patricia Dell’Orto: si él salía, le diría a su beba, Mariana, que la mamá la quería. Y esa promesa a Patricia fue lo que lo motivó a aguantar todo lo que aguantó, dándole la tranquilidad necesaria para sobrellevar las frustraciones por la sensación de impunidad reinante hasta llegar a la instancia del juicio a Etchecolatz.

Jorge ejercitó su memoria durante treinta años; no se permitió a sí mismo olvidar. El tenía algo que hacer, que era alguna vez dar testimonio, no sólo por él, sino por aquellos que vio morir, aquellos que estuvieron con él en los diferentes centros clandestinos de detención. Aquello que no podía decir, que nadie quería escuchar, Jorge Julio Lopéz lo volcaba en cuanto papel caía en sus manos, contando desde el día del secuestro hasta su paso por la Unidad 9. Así, estos textos lo ayudaron a mantener fresca y vívida su memoria, hasta el momento en el que pudo hablar, 20 años después de su liberación.

Las palabras de Patricia en Arana eran para él como un encargo ineludible. El acercamiento en 1999 a la familia de Patricia Dell’Orto lo liberó de una pesada carga. Después de eso sintió la fuerza necesaria para empezar a hablar. Aunque para él nunca fue fácil este tema. Su familia recién se enteró de su carpeta con escritos y dibujos cuando testificó en el juicio contra Etchecolatz.

Sus testimonios judiciales: “Todas las preguntas y cooperación que necesiten”

Ante los tribunales López no fue sólo López. Fue él y cada uno de aquellos que compartieron su cautiverio, la cárcel y su militancia previa a la caída. Es decir, aquellos que compartieron los ideales de un albañil que quiso edificar un futuro distinto para sus hijos, para él, para todos.

Cuando declaró por primera vez, el 7 de julio de 1999, en las audiencias del Juicio por la Verdad de La Plata, López ya tenía 69 años. Se presentó para atestiguar sobre lo ocurrido con Patricia y Ambrosio, a solicitud de la familia de Patricia. López había visto con sus propios ojos, a través de una mirilla, la crueldad con la que los fusilaron, igual que a Rodas.

Ocultó a su familia estas primeras declaraciones. Tras el inicio de la causa contra Miguel Osvaldo Etchecolatz, en 2001, se presentó junto a Nilda Eloy como querellante. En el año 2006, cuando la Causa Etchecolatz llegó a juicio oral, participó como querellante y volvió a declarar. El día de su declaración, López estaba acompañado por sus dos hijos, su sobrino y su nuera. Por la ansiedad llegó media hora antes. Nilda Eloy recuerda que la compañía de su familia lo puso completamente contento.

Tras declarar ante los jueces Rozanski, Lorenzo e Insaurralde durante tres horas, el presidente el tribunal le agradeció: “Bueno, ahora vaya a descansar. Muy amable, señor López”. Ante eso él respondió: “Todas las preguntas y cooperación que necesiten, un servidor”. Desde el público estallamos en aplausos.

Después de atestiguar, fue a su casa y siguió hablando. Participó también en dos inspecciones oculares en el mes de agosto y en otras actividades vinculadas al juicio. Sus hijos contaron en diferentes entrevistas lo fuerte que fue para ellos escucharlo declarar en 2006, conocer lo que sufrió, lo que vio sufrir a otras personas, y verlo con la valentía para contarlo y exigir justicia.

López gozaba de una excelente salud mental y no estaba bajo ningún tratamiento médico por el temblor de sus manos. Planificaba festejar su cumpleaños y la condena a Etchecolatz con una gran comida a la canasta, reuniendo familia y compañeros.

Su testimonio permitió no sólo condenar a Miguel Osvaldo Etchecolatz por su caso particular, sino también por el asesinato de Patricia Dell’Orto y Ambrosio De Marco, aún cuando los represores hayan hecho desaparecer sus cuerpos. A López le impidieron ir al tramo final del juicio para ver a Etchecolatz a la cara cuando fuera condenado por los crímenes que cometió en el marco del genocidio perpetrado en la Argentina.

El 18 de septiembre de 2006 fue secuestrado por segunda vez y aún permanece desaparecido.


Este artículo forma parte del número especial “Julio López” de la revista Tantas Voces… Tantas Vidas de la Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos, editada en septiembre de 2011.



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