25/10/2010

Dos demonios reloaded

aTAPAA.jpg “Su militancia en el PO contribuye, para mucha gente izquierdofóbica, a dudar de él sin decirlo (…) Comienzan a escucharse algunas preguntas que hieren y, aun sin llegar a la justificación de la patota, van en el sentido de “y bue muchachos, ustedes se la buscaron un poco también…”. (…) Lo que está ocurriendo es que nadie quiere hacerse cargo de la muerte. Y, en el afán de despegarse de los culpables, todo vale. Hasta revitalizar conceptos nefastamente perversos como la teoría de los dos demonios”, sostiene Fernando Tebele, de La Retaguardia, en un artículo que reflexiona en torno al asesinato del militante del PO. Fotos: ANRed.


Tengo el título de la nota pero me cuesta encontrar el comienzo. Las palabras se pechan en mis dedos buscando una salida ordenada. Pero parecen pasajeros intentando subirse al tren a la hora del regreso a casa. No hay lugar para el orden cuando uno está tan conmovido.
La muerte de Mariano Ferreyra me enoja. Pero también logran sacudirme algunos comentarios de estos días.

Me niego a llamarlo Mariano, así a secas. Porque no lo conocí y muchos que lo hubieran escupido y se hubieran reído irónicamente de él por su pertenencia a la militancia trotskista del Partido Obrero, hoy le dicen Mariano. Entonces prefiero llamarle de otro modo.
Sé que es fuerte hablar de una nueva teoría de los dos demonios. Conozco perfectamente de qué estoy hablando. Por eso me duele utilizar la metáfora.

¿Por qué importa tanto su filiación política? ¿Por qué si hubieran asesinado a un militante del FPV la plaza hubiera desbordado más de lo que rebalsó de gente el jueves? ¿Existen muertos propios y ajenos en estos casos; cuáles son los nuestros y cuáles los demás?
Veamos si las preguntas me ayudan a ordenar las ideas indignadas.

Su militancia en el PO contribuye, para mucha gente izquierdofóbica, a dudar de él sin decirlo. Nadie se anima, al menos por ahora, a caerle encima al muerto. Pero comienzan a escucharse algunas preguntas que hieren y, aun sin llegar a la justificación de la patota, van en el sentido de “y bue muchachos, ustedes se la buscaron un poco también…”. Un recurso bastante similar al que utilizan los dosdemonistas de los ’70 que, sin justificar a los genocidas, sostienen que la militancia de aquellos años tensó la cuerda más de lo aconsejable. Es decir: no se animan a decir abiertamente que se lo buscaron, pero dejan implícita una cuota importante de responsabilidad en las víctimas.

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Cuando Reynaldo Sietecase se pregunta “¿Por qué los dirigentes del Partido Obrero, el MRT, Quebracho y otras organizaciones impulsan a los jóvenes militantes y estudiantes a concurrir a los conflictos gremiales aun cuando saben que habrá violencia?”, está haciendo una pregunta peligrosa en este contexto. Más allá del error, seguramente de tipeo, de llamar MRT al MTR (Movimiento Teresa Rodríguez, por la víctima del primer piquete en Cutral Có 1997), Reynaldo, a quien respeto por intentar estirar los límites de la escasa libertad que los periodistas de los medios masivos tienen para opinar, se pregunta esto al mismo tiempo que cuestiona a la patota.

No digo que haya que esquivar ciertos debates; sostengo que es peligroso hacerlo en este momento. Porque desde esa pregunta hasta que alguien diga “si los dirigentes no lo hubieran mandado a Mariano a una protesta que no le incumbía, no lo habrían matado”, hay menos de dos pasos. No cabe ese debate ahora; en otro momento, despegado de este hecho, no hay ningún inconveniente. De todas formas, no puedo dejar de contradecirme para opinar ahora mismo que si las Madres de Plaza de Mayo hubieran sido sólo las madres, nunca hubiesen rondado la pirámide más de doscientas personas. Nadie se animaría a preguntar que hacía Pérez Esquivel allí si no era madre, por contraponer sólo un ejemplo a la teoría que dice que a una protesta sólo pueden ir los implicados directamente. No cabe tampoco preguntarse por qué Ferreyra, que militaba en la FUBA (Federación Universitaria de Buenos Aires), estaba en esa manifestación.

La presidenta, en la misma línea, tras unas primeras apariciones impecables repudiando el hecho, comenzó luego a igualar a los dirigentes del PO con la patota de la burocracia sindical: “Los incidentes y la muerte de Ferreyra, son producto de la violencia y de no poder sentarse a discutir las cosas como corresponde en una sociedad democrática”. Olvidó contar que los manifestantes tercerizados habían sido desoídos en sus reclamos ante el Ministerio de Trabajo durante meses.

Pequeño olvido al fin, sí habían intentado sentarse a discutir donde correspondía y, ante la negativa a ser incorporados, planificaron un corte en las vías cercanas a la Estación Avellaneda para hacer notar su reclamo.”No quiero vivir más en una sociedad donde se sale a manifestar con palos y con armas de fuego”, agregó Cristina Kirchner. No hubo, en los últimos 30 años, al menos que recuerde y permito que se me corrija por supuesto, ninguna movilización de fuerzas de izquierda en las que se evidenciara que alguien portara armas de fuego; sí palos. Pero no es lo mismo. Aunque uno pudiera no compartir ese tipo de manifestaciones, igualarlas con los que van a romperlas con armas de fuego, en este instante, es la teoría de los dos demonios recargada. Es equiparable a las declaraciones que se refieren a los ’70 como una “época de violencia política”. Así, sin más, sin ninguna distinción entre la guerrilla y las fuerzas del Estado como organizador y perpetrador de un genocidio. La presidenta, con acierto, rechazaría declaraciones de ese estilo. Por la misma razón, no debería referirse al asesinato de Ferreyra con frases que todo lo abarcan e igualan. No todo es igual. No todos son lo mismo.

En realidad lo que está ocurriendo es que nadie quiere hacerse cargo de la muerte. Y, en el afán de despegarse de los culpables, todo vale. Hasta revitalizar conceptos nefastamente perversos como la teoría de los dos demonios.

De todas maneras, habrá que marcar en este punto que, hasta ahora, no da para vincular al gobierno con la muerte de Ferreyra; tampoco a Duhalde, como intentaron instalar algunos medios y dirigentes afines al gobierno. Quizá nunca conozcamos la punta más alta de la pirámide. Tal vez esa punta no sea tan alta como varios apuntan. O sí. Yo no lo sé. Y prefiero la cautela en estos casos.

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Sí tenemos algunos datos: hubo barrabravas integrando la patota asesina. No conozco barras trotskistas. Tampoco grupos de izquierda que utilicen barras como fuerza de choque. Está el testimonio de un trabajador asegurando que, durante una asamblea de los tercerizados realizada hace un par de meses, un grupo de gente se presentó como “barras de Lafe”. Les dijeron que ya tenían un arreglo con el otro sector pero que si les ponían más dinero se pasaban de bando. Los rechazaron. No todos son lo mismo.
Cuando se habla de “enfrentamiento sindical”, ¿a qué nos referimos? Aquí hubo un grupo que fue a manifestarse.

Decidieron cortar las vías. Cuando los agredieron se defendieron y rápidamente se replegaron. Los asesinos los fueron a buscar desde Avellaneda hasta Barracas y, finalmente, allí les dispararon, ¿eso es un enfrentamiento o un grupo saliendo a cazar a otro? Igual que en los `70, salvando las diferencias más que obvias, es un grupo jugando a la cacería.

La CGT (Confederación General del Trabajo, qué loco que no se denomine Confederación General de Trabajadores) está integrada, en tanto la reunión de sindicatos más popular del país, por la mayoría de los gremios. Allí, uno suele encontrarse con que los secretarios generales apenas han trabajado de trabajadores y en algunos casos hasta han heredado el poder de sus padres. Pero no sólo eso: han convertido a los sindicatos en empresas y, al mismo tiempo que prestan servicios sociales a sus afiliados, son socios en empresas que nada tienen que ver con la actividad de ese gremio (es emblemático el caso de la sociedad Camioneros-Macri en el ferrocarril Belgrano Cargas). En ese contexto, algunos partidos de izquierda, a quienes muchas veces consideramos torpes en la construcción política, han realizado un importante y acertado trabajo sindical, organizando a trabajadores de base abandonados por sus gremios y con la necesidad de encontrar nuevos representantes.

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Muchas veces les hemos marcado con bronca esas falencias que los aíslan en el juego electoral; desde ese mismo lugar habrá que marcarles como un acierto todas las movidas que intentan romper con casi medio siglo de burocracia sindical. Ese buen trabajo no lo notamos sólo nosotros. Por eso la patota se preocupa. También por eso no reparan en los métodos: UPCN contra ATE en el Indec ; la UTA contra los Metrodelegados del subte; la UTA, otra vez, contra la nueva agremiación de conductores de micros. Y podríamos seguir. Siempre los agresores pertenecen al mismo sector y los agredidos son quienes intentan quebrar estas lógicas matonas con organizaciones más de base.

Carlos Chile, el recientemente electo Secretario General de la CTA (Central de Trabajadores Argentinos), Seccional Capital, nos dijo la tarde del asesinato que: “este muerto es por la falta de libertad sindical”. Tiene razón.

Ya resulta inadmisible que un trabajador no pueda elegir por quién desea ser representado. Por eso, además de la reincorporación de los despedidos tercerizados que se anunció la tarde siguiente al crimen, el anuncio que estamos esperando, para no considerar vana la muerte de Mariano Ferreyra, es el reconocimiento sindical para la CTA y el encarcelamiento inmediato de aquellos que recurran a este tipo de aprietes, haya muertos o no.

Sin avales políticos, las patotas se desarman solas. Quienes merodeamos el fútbol lo sabemos mejor que nadie.



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