09/09/2018

“A David lo mataron”

Hoy se cumplen dos años del crimen de David Ramallo, mecánico de la Línea 60 de colectivos, quien intentaba reparar una unidad cuando cedió el elevador y fue aplastado por el peso del colectivo. Santiago Menconi, compañero en la 60 de David, escribió una crónica sobre lo que sucedió ese día “para que nunca olvidemos por qué luchamos y para que se haga justicia”.


Es viernes 9 de septiembre en el Barrio de Barracas. El cielo está despejado y el sol rebota sobre de la cabecera de la línea 60. Los colectivos entran y salen. Los choferes también. Por la playa camina un perro y un empleado de seguridad. Todo está tranquilo. En el taller también lo está: los mecánicos terminaron su desayuno y se preparan para volver a sus puestos. David está con ellos. Tiene, delante de sí, una tarea complicada: meterse debajo de un colectivo sostenido por un elevador.

“Que nadie se meta ahí abajo, esa máquina no está habilitada”. David lo escuchó de boca de varios delegados. Pero también escuchó las amenazas del encargado: “No me vengan con pavadas, ustedes lo que no quieren es trabajar: la maquina funciona bien”.

David mira el colectivo sostenido por el elevador. Se pone los guantes, mira el taco de madera y se deja arrastrar por debajo de la unidad. Dos mecánicos bajan las escaleras cuando escuchan un ruido. Suena fuerte, como una explosión. Corren por la playa y ven que el interno 6059 está chocado. Estampado contra la galería del control. Se paralizan: escuchan los gritos de un chofer y de otro, ven que varios conductores se acercan y los siguen.

Parado frente al colectivo hay un hombre que llora. Los mecánicos se agachan, se tiran al suelo y lo ven: David tiene el cuerpo estrujado contra los fierros. Está despierto. Intentan hablarle: “David, David, aguantá, se fuerte, que te vamos a sacar”. Pero David no responde. Apenas balbucea. Alguien llama a la ambulancia y la ambulancia no llega. Los minutos se estiran. El tiempo no pasa, y David no reacciona.

Uno de los mecánicos trae un gato hidráulico, intenta levantar el colectivo. Pero no se mueve. David sigue debajo. Tiene los ojos abiertos y mira a su compañero que no para de gritar: “aguanta, por favor, aguanta”. David toma fuerzas y le habla: le dice que no puede más, que está reventado. Y le pide un último favor: “decile a mi familia que la amo”. El compañero no escucha el pedido de auxilio de los choferes. No ve a esos hombres de camisas celestes que lloran a su alrededor. Solo ve, delante de sí, unos ojos que se cierran.

Una ambulancia del SAME atravieza el portón. Trae la sirena encendida. Dos enfermeros logran sacar el cuerpo y lo trasladan hasta el hospital. Es en vano: David no llega. David está muerto. Eso mismo se repiten, sobre la playa, los hombres de camisas celestes: David está muerto. A David lo mataron.

La puerta del control nunca se abrió. Se mantuvo cerrada cuando el colectivo chocó contra la galería y cuando los trabajadores intentaron salvarle la vida. Tampoco se abrió cuando vino la ambulancia. Nadie, nunca, atravezó esa puerta. Ninguno de los encargados salió a ver que pasaba. Ni siquiera cuando fue golpeada en pedido de ayuda.

El perro, que un rato antes se paseaba tranquilo, empieza a ladrar. Los choferes, que un rato antes lloraban, se acercan al control. Pidiendo explicaciones, exigiendo que den la cara. Pero ninguno de todos esos intentos logra que la puerta se abra. Entonces, la abren ellos: primero con una patada, después con otra, y luego la puerta cede. Los jefes salen. Corren mirando al piso, con las manos sobre las cabezas, abandonan la cabecera como un rato antes abandonaron al trabajador.

El sol sigue en lo alto e Ilumina la cabecera de la 60: con su colectivo chocado, con su puerta rota, con sus choferes que lloran y con un charco de sangre en el lugar del crimen. Y todo quedará así, así, tal cual está.

Llega la policía y llegan más compañeros. El tiempo no pasa. Está detenido en ese instante. Alguien llama a una asamblea y otro pide un minuto de silencio. Todos lo respetan. Hay caras de dolor y gestos de bronca. Los compañeros hablan: dicen que esto no puede seguir y que debemos ir a un paro. Un chofer pega un alarido, y sus compañeros se vuelven a abrazarlo. Los colectivos amarillos que entraban y salían dejan de hacerlo. Los mecánicos dejan de trabajar, la línea está de paro.

En la sala de control, el televisor transmite imágenes de la cabecera: los medios titulan “trágico accidente”. Los compañeros repiten que no, que no fue accidente, que fue evitable. Alguien le pone palabras a la bronca y dice que fue un crimen, que a David lo mataron. La tele se apaga. Se arman rondas y todos charlan: cuentan historias de David, cuentan cómo era, quién fue y qué nos dejó. Así, entre charlas y rondas de mate, pasan el fin de semana.

David Ramallo

Ahora es lunes y de mañana. Los medios vuelven a hablar de nosotros: dicen que protestamos por la muerte de nuestro compañero. Que nos movilizamos al Ministerio de Trabajo exigiendo justicia. Esta vez no se equivocan. Bajo la lluvia, cantamos y protestamos. No nos atiende nadie. Nadie se hace cargo. Decidimos irnos. En Villa Dominico, bajo la lluvia, se prepara la caravana. Un auto negro traslada los restos de David. Detrás van sus familiares y siete colectivos con cientos de colectiveros. El cementerio de Avellaneda es la última parada. Allí nos detenemos. Una marea de camperas azules recorre los pasillos persiguiendo un agujero en la tierra.

Frente al cajón nos encontramos con su madre, con Eva. Eva está destrozada, ante cada palabra de aliento siempre, siempre, da la misma respuesta: “Ayúdenme a que se haga justicia”. Detrás de Eva está su esposa y su hijo, su hermana y su tío. Todos los que lo quisieron bien y que no entienden que es lo que pasó.

El cajón es de madera, tiene un cristo y alguien lo cubre con una bandera amarilla, con los colores de la línea y las insignias de la agrupación. Pese a ser muchos, hablan pocos. Un mecánico toma la palabra: lo recuerda tocando el redoblante, como solía hacer en cada marcha. Su tío también lo recuerda, llora y lo recuerda: como un excelente padre, como un gran marido y como un buen trabajador. Habla de quien fue, pero nada puede decir de lo que ya no es, de lo que no está y del dolor de su ausencia.

Bajo la lluvia, los trabajadores se agachan, toman un puñado de tierra y lo arrojan sobre el cajón. Poco a poco, el cuerpo de David, va quedando sepultado. Poco a poco, los que quedan de pie comienzan a despedirse. Gritan ¡presente! cuando nombran a su compañero y se alejan en grupos. Conversando, hablando entre sí, comprendiendo que lo que separa a la vida de la muerte puede ser una injusticia, y que solo queda lucharla: lucharla hasta el final, hasta que se haga justicia por David.

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